Espectro

Espectro” es un cuento envolvente y atroz. En sus líneas, la subjetividad forma construcciones mentales que mantienen vivas las arbitrariedades y la voluntad del cuerpo. El asombro final al que nos enfrenta es menos trascendente que la acumulación de detalles: la necesidad de proteger y de ser amado como un acto egoísta y enfermizo del que muchos llegamos a enorgullecernos.   

Heráclita

 

Tenía muchos amigos, pero cada uno era especial. Vivían felices en mi casa y me hacían compañía. Como Bernardo era mi favorito, siempre estábamos juntos. Su aspecto era descuidado: con sobrepeso, todo el cuerpo cubierto de pelaje, siempre camisa a cuadros y ropa vieja y apestosa. Aun así, era feliz en compañía suya. Acostumbrábamos a desayunar y a revisar el diario cada fin de semana, él siempre junto a mis pies mientras yo le contaba las noticias en voz alta. Él no podía leer.

Un domingo, mientras le leía el periódico, en un segundo nuestro buen humor se convirtió en pavor al enterarnos de que habían ocurrido varios asesinatos en los últimos días cerca de donde vivíamos. Sin embargo, esto no impidió que lleváramos a cabo nuestra rutina de ir al parque después del almuerzo. Era un día especialmente soleado, y después de media hora de juegos, volvimos a la casa. Al llegar al hogar, nos pusimos de acuerdo en que lo ayudaría a bañarse. Una que otra vez llegó a morderme la mano e intentar escapar, pero cuando yo empezaba a ponerle el shampoo en la cabeza y el cuerpo se estaba quieto, pues sabía que de otra forma habría castigo. Nada me complacía más que ver cumplida mi labor. Al terminar nuestros fines de semana, nos dirigíamos a la cama y hacía dormir a Bernardo en el piso de mi habitación.

«Univers magique» - Roland Devolder
«Univers magique» – Roland Devolder

El tema de los asesinatos me tuvo algo aturdido aquella noche. Al día siguiente de que leímos la noticia en el periódico, me preparé para ir a trabajar con un sentimiento extraño. Pero al despedirme de Bernardo y mimarlo con una caricia, quedé tranquilo de saber que mi fiel amigo estaría ahí cuando regresara y salí para la oficina con una sonrisa en la cara.

A pesar de todo, los problemas continuaron ese día. A poco de que terminara el horario de trabajo, me sentía frustrado por unas cuentas importantes que no habían salido bien. Decidí quedarme horas extra, pero antes dormí un rato para despejar mi mente. En el breve sueño que tuve, me veía a mí mismo en el parque, buscando a alguien sin saber por qué. Miraba a mi alrededor y estaba solo; entonces notaba que mi mano tenía sangre y, sin comprender nada, un sonido ensordecedor hacía que tomara mi cabeza y que cayera al suelo. La pesadilla fue interrumpida de pronto por mi jefe, que dejó caer sobre el escritorio una pila de folders. Me levanté por instinto y quedé completamente erguido.

—¡Termínalo! —Me espetó en tono molesto.

Bajé la mirada hacia los documentos y respondí:

—Claro.

Me dejé llevar por la rutina. Intentaba terminar lo antes posible. Pero luego de una hora, recibí una llamada de la policía, diciéndome que había ocurrido un evento extraño en mi residencia. Intentaron describirme lo que había pasado, pero la llamada se cortó de repente. Tomé las llaves del auto, y sin despedirme de mis compañeros ni acabar el trabajo, arranqué a toda prisa.

Al llegar al lugar, pasé desapercibido sobre los agentes. Pensé en buscar a mi amigo; era lo único que me preocupaba. Al recorrer cada habitación, pude observar la sangre por todos lados. Un ataque brutal había ocurrido en mi domicilio. De pronto, caí al piso con un fuerte dolor en el cuello. Había sido golpeado por uno de los policías que estaban en mi casa.

Desde el piso, vi el frasco de mis medicinas y las pastillas esparcidas a mi alrededor. ¿Las había tomado esa mañana? La memoria me fallaba. Un recuerdo de mis sueños en el parque me vino a la mente: tenía un cuchillo y sangre en la mano. Volví en mí cuando me levantaron del suelo con las manos esposadas. Entre los dichos de los policías, me acusaban de asesinato. Aunque los escuchaba claramente, me sentía desorientado por un olor putrefacto del que no había sido consciente. Me forzaron a salir de la casa. Pude ver en el trayecto un sinfín de cadáveres adornando los pasillos y habitaciones. Cuando llegué a la puerta y salí al patio, escuché el bullicio de los vecinos que se amontonaban afuera. Una persona se acercó a mí, y al encontrarnos frente a frente me gritó:

—¡Muérete, maldito! No tenías que tratarnos así ¿Quién es el perro ahora? —Juntó saliva y me escupió la cara.

Al verlo detenidamente, noté que era uno de mis amigos y traté de buscar a mi favorito, Bernardo, entre la multitud. Allá estaba, lejos de mí. No podía creer la traición. Su aspecto me hizo recordar los sueños que tenía sobre mi persona. Entonces lo observé por unos segundos, y con una mueca retorcida, le sonreí para luego lanzar una carcajada que no pude controlar.

 

L'heure magique - Roland Devolder
«L’heure magique» – Roland Devolder

Heráclita

Docente, investigadora y escritora radicada en Argentina. Entre mis intereses están
el Software Libre, la Historia, la Poesía y la música experimental. Actualmente escribo mis memorias en El Devenir Perpetuo y la Lucha de Opuestos. Soy integrante de Armstrong Liberado (MX) y Cultura Libre (Arg.). Contacto: heraclitaefesa@riseup.net

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