La ofrenda

El presente relato, escrito por Patricia Brand, resultó ganador del XX Concurso de Cuento 2026 «Murmullos en la llanura». Es un enorme gusto compartirlo con nuestros lectores.

Patricia Brand


Gregorio se levantó con el alba. Silencioso como si no supiera que Josefina simulaba dormir. Hirvió agua para el nescafé. Eso no es café de verdad, papá. Las burbujas se aferraban a las paredes del pocillo como él se aferraba a los breves comentarios que hacía su Marianita. Tomó el asa con la mano desnuda, el calor penetraba en estocadas por su piel callosa, segundos de un placer incomprendido en los que podía controlar el dolor a su antojo.

Josefina llevó la leche y el azúcar a la mesa. Hoy es el día, viejo. Hoy es el día, vieja. Juntos movieron el pesado trinchador de cedro hacia la sala. Hace años había construido Gregorio un comedor precioso para seis personas. Había seleccionado la madera con el mismo cariño que sentía por su mujer y así se lo hizo saber amueblándole la casa, adornándole la esperanza, sosteniéndole la fe. ¿Te acuerdas cuando armamos la cuna que le hice a Marianita?

Arrejuntaron el sillón y los sofás de dos y tres plazas con la mesita del centro. La cristalería y las vajillas las fueron regalando a vecinos y parientes lejanos. La taza de las mariposas no, esa le gustaba a Mariana desde que estaba chiquita.

Josefina barrió con ahínco las migajas de una pared gastada. Gregorio exprimió con fuerza el trapeador, saboreando el entumecimiento de los dedos. Empujaron el comedor hasta incrustarlo y lo tallaron hasta sacarle brillo.

Josefina extendió un amplísimo mantel blanco. Yo voy poniendo las cajas, viejo, vete yendo al mercado. Con un bulto por cuerpo, Josefina asentó huacales y cajones para formar tres escalones. Los cubrió con sábanas y cortinas deteniéndose a plisar por aquí y alisar por allá. Era la falda del uniforme de Mariana la tela que Josefina acomodaba.

Su primer día de preescolar: la faldita minúscula, una ternura inigualable le inflaba el pecho, tantas posibilidades en la carita redonda de su niña, en su pelo negro, en la risa tan densa que tenía.

Su último año de preparatoria: la faldita minúscula, una ansiedad insostenible le agudizaba la voz, tantas probabilidades en la piel morena de su hija, en sus anchas piernas, en la fuerza tan tibia que exhibía. Tal vez si hubiera insistido, si la hubiera obligado. ¿Cuántos centímetros habrían bastado?

Mientras volvía Gregorio, Josefina lavó y desvenó anchos, guajillos y puyas. Mira mamá, este chile tiene cara de enojado. Con la sonrisa incompleta los dejó en remojo. Troceó la carne y la puso a cocer. A Mariana le gustaba el churipo con las papas coloradas. Son como meteoritos, mamá. Preparó la masa para las corundas metiéndose entera en la arena de nixtamal y manteca. Mariana empanizada cuando la llevaron por primera vez a Playa Azul, la de los cien azules. A Mariana no le incomodaba ensuciarse, era una niña despierta. No le gustaban las sirenas. No pueden patinar, mamá. Sacó las hojas de caña de maíz del congelador. Picó las zanahorias, los chayotes, las calabazas. Repollo no, a Mariana le caía pesado.

Gregorio fue y vino desde el Independencia hasta el Nicolás Bravo y llegó a La Guarecita por un café de especialidad para su Marianita. Se aseguró de tachar todo lo de la lista antes de enfilarse de regreso hacia su casa. Caminaba apretando el paso como lo hacían los hombres jóvenes. Sentía los muslos reclamarle y los chamorros protestar. Los dedos se le escapaban del huarache. Las bolsas de plástico le araban las palmas y las muñecas. El sofoco le daba cuerda.

Justo a tiempo, viejo, apenas voy a rellenarlas. Gregorio dejó lo comprado sobre la mesa y se lavó las manos como su Marianita le había enseñado. Y eso que no le tocó la pandemia, ¿eh? ¡Cómo nos hubiera regañado! 

Josefina le mostró como definir una esfera, con las palmas irla redondeando. Mariana decía que así había hecho dios los planetas. Hacemos un huequito así, como el que traigo en el vientre. Le echamos la salsa de molcajete. Sellaron con más masa para que no se escaparan los sentimientos. Envolvieron los astros recién formados con las delgadas láminas verdes. Aplastando, apretando, moldeando suavemente hasta formar una pirámide. Josefina echó agua a la vaporera. ¿Separaditas, vieja? Sí, pa que esponjen.

Gregorio dividió las flores en pequeños ramos, cortó los tallos que habían crecido demasiado y arrancó las hojas escurridas. El olor a cempasúchil se le impregnó en las uñas, en los ojos, en los años.

Josefina echó el licuado de chiles al caldo y se sentó junto a su marido a despegar el papel picado. Ya tendría veintiséis años. ¿A qué se hubiera dedicado? 

Hicieron una cruz de aserrín al centro, la enmarcaron con semillas de girasol y la salpicaron de pétalos. Un tapete para embarrar las culpas que se llevan en los zapatos.

Colorearon el lienzo con las calaveras de papel de china. El aire se pintó de rosas y morados, también de verdes y naranjas y amarillos.

Gregorio planchó dos de los mantelitos que eligió su Marianita cuando fueron a Janitzio. Los colocaron uno a cada lado de la cruz. Intentaban recuperar la simetría que a Josefina le habían robado de la cara.

Sirvieron las corundas en el único plato de barro que no estaba resquebrajado, las bañaron con crema y queso cotija. También llevaron el churipo en un plato hondo y lo acomodaron detrás del frutero.

Del otro lado, un cántaro con agua, la botella de charanda, el café de verdad en la taza de las mariposas. ¿Y las carnitas, viejo? Quedaron de traerlas en una hora. ¿De Los Reyes? Sí, ya sabes que a Marianita le daban risa las de Quiroga. Cómo se ponía, viejo, ¡ay, sí, ahora todos son Don Carmelo! ¡Trampa de turistas, diría mi Marianita! Y, de pronto, se encontraban riendo.

Acomodaron el pan de muerto. Pusieron también un Gatorade de uva. Ambos recordaban a su hija bebiendo siempre de la botella de plástico. Hubiera seguido patinando, viejo, hubiera seguido patinando.

Gregorio desempolvó los patines, con una toalla húmeda terminó de lustrarlos. ¡Naranjas, papá, quiero que tengan las llantitas naranjas! Los piececitos de su hija cupieron ambos en una sola de sus manos, las mismas manos que la ayudaron a atarse los cordones de los zapatos que luego ella convirtió en patines. Mariana volaba sobre ocho ruedas, era mariposa sobre la pista desplegando sus alas de atardecer, de verano, de mandarina. ¿Vas a ir a verme, papá, cuándo esté en las Ovejas Negras?

Josefina recostó las coderas, muñequeras y rodilleras en el segundo escalón. El casco al centro. Hubiera entrado, viejo, si hubiera alcanzado a ir a las visorías.

En cantaritos y jarrones repartieron los ramos rellenando espacios con las flores de veinte flores y millones de pétalos. Insertaron las velas en candelabros de barro. Las veladoras de vaso con la Virgen de Guadalupe anticipaban cada esquina. Cráneos de dulce los observaban con ojos de lentejuelas.

Entre decisiones y ejecuciones, Gregorio besaba el hombro de Josefina que le quedaba más cerca. Josefina suspiraba con la mitad de la cara y le devolvía la paciencia acariciándole las canas. Voy a bañarme, viejo, ¿tú recibes lo que falta? Así habían vivido una vida truncada: ella arrastrando los pies, él cuidándole la espalda.

Gregorio instaló las galletas de carbón dentro del incensario. Llegó el pedido y dispuso también el salsero y el tortillero. No comas tantas tortillas, papá, acuérdate que mi abuelito tenía diabetes.

Escuchó a su mujer salir del baño. La puerta lo sorprendió con el mismo crujido que hacía la de la fiscalía. Todos los padres dicen lo mismo. No, pero es que mi hija no se fue de fiesta. Ningún padre quiere creer que su hija es una cualquiera. No, pero si le estoy diciendo que así no era. Mire, yo que usted me esperaba a ver si regresa. No, señora, vengo a denunciar y no me voy hasta que me levante la denuncia. Reprimiendo la ira bajo la silla, ahí empezó Gregorio a hacerse daño apretando los puños hasta encajarse las uñas.

Josefina se engalanó con un vestido negro, se recogió el cabello en un moño y se enchinó las últimas de sus pestañas. Los pendientes de oro le estiraban las orejas. ¡Qué guapa, vieja! Ya báñate, viejo. Para Josefina la belleza era un insulto, la propia la había abandonado, la de Mariana la había condenado. Un párpado inmóvil, el ceño fosilizado, una comisura de sus labios que jalaba hacia abajo. La boca apenas más seca que su maternidad fallida. Un desierto abrasador emergía de su útero inútil y sacudía su nuca en sudoraciones y espasmos.

Se volvió piedra frente al alhajero. Mamá, cuando me case, ¿me vas a dar el anillo en el que guardas las mariposas? ¿Cuál anillo, Mariana? Este, el naranja. Arrodillado, Gregorio le había explicado que era ópalo de fuego. Significa que esto es amor verdadero. Josefina había dejado de usarlo el día que identificaron el cuerpo.

Gregorio se abotonó la camisa almidonada que Josefina le había dejado sobre la cama. Se peinó los cabellos plateados hacia un lado. Papá, te peinaste como Benito Juárez. Terminó de anudarse la corbata anaranjada que había comprado para la graduación de su Marianita. Te ves muy bien, viejo. Josefina le resaltó las solapas del traje. Vamos poniendo las fotografías. Gregorio asintió con un beso.

Habían elegido cada quien sus favoritas: Josefina con la bebé en brazos; la niña de seis años sentada frente al mar; la Navidad en la que desenvolvía sus primeros patines; de la fiesta de quince años, aquella en la que se le asomaban las rueditas por debajo del vestido; Mariana en la reserva de las monarcas con los brazos abiertos; una donde salían los tres abrazados y sonriendo. Centrada en el marco más grande colocaron un retrato de estudio. La misma que eligieron para los carteles de búsqueda. Tal vez ya tendríamos nietos. No pienses en eso, vieja. Es lo único que pienso.

Trajeron también la playera de astronautas que su hija no se cansaba de usar. El collar de mariposa monarca. Su teléfono celular, los audífonos. ¡Cuánta cosa que hay ahora que Marianita no pudo conocer! Ya, viejo, ya le contaremos nosotros cuando la volvamos a ver. Josefina dejó su anillo de compromiso frente al retrato. No te casaste, Mariana, pero te lo regalo.

Gregorio hizo montoncitos de sal entre los platillos. Josefina prendió el carbón y las velas. Juntos dejaron caer el copal. Abrazados caminaron hacia atrás para evaluar el resultado. Apagaron las luces para apreciar la danza del fuego. Quedó bonito, viejo. Muy bonito, vieja.

El naranja de las flores trazaba un camino. La comida brillaba y empalidecía. El copal dibujaba espirales aromáticos por toda la sala. Los ojos de lentejuela les susurraban consuelo. Delgados papeles coloridos se mecían con un viento inexistente. Del pan de muerto centelleaban cristales de azúcar. El fuego subía y bajaba acariciando las pertenencias de Mariana. Ahí estaba toda su hija: lo que disfrutaba, lo que quería, lo que amaba. Y a la vez era ella la que faltaba.

La encontraron después de seis semanas dentro de una bolsa negra. Entraron de la mano a identificar el cuerpo: piezas sueltas de un rompecabezas de carne que alguien había armado sin entenderlo.

Con un llanto añejo se dejaron hechizar por las llamas. ¿Estás segura, vieja? Como nunca, viejo. Gregorio sirvió dos vasos de charanda. Josefina juntó en la mano izquierda las pastillas que le dieron para los dolores en la cara y en la derecha, las que ocultaban cómo se le partía el alma. Con piernas temblorosas se las repartieron. ¡Salud, vieja! ¡Por Mariana, viejo!

Se dejaron ungir por las resinas consumidas y los aromas llenaron sus últimos aires. Cuando se cansaron de mirar los bailes anaranjados del altar, se acompañaron al cuarto. Se durmieron entrelazados sin destender la cama.

Esa noche hizo frío.

Más tarde llegó Mariana para disfrutar su ofrenda. Devoró las carnitas, el churipo y las corundas. Saboreó el café. Mordió una manzana. Se echó dos tragos de charanda.

Acarició las ruedas de sus patines y se detuvo a contemplar su retrato con extrañeza.

Un siseo la sacó del trance. Venía de la habitación de sus padres. Se deslizó quedamente hacia ellos. Cubrió sus cuerpos con una cobija. Besó sus frentes.

Las velas se consumieron, las resinas se agotaron, las flores se marchitaron.

Igual suerte corrieron los cuerpos.

Las gentes se enteraron, las cosas se vendieron, las habitaciones se ocuparon.

Mariana esperó.

Cuando llegaron, Josefina y Gregorio se sentaron con ella, uno a cada lado.

Juntos, otra vez, abrazados y sonriendo.


Deja un comentario