Tres poemas

Estos poemas tienen su raíz en el anonimato de lo doméstico, en esas vidas que fluyen transparentes y ajenas al tumulto: precisamente donde no esperamos el milagro, ahí la poesía se vuelve más deslumbrante.

Mariana Minutti


SÉ QUE ESCRIBO MUCHO SOBRE MIS TRASTES

y sobre mis manos hundidas
en el agua caliente. 

Me conmueve
cómo la grasa densa
abandona
los sartenes despostillados, 

pero no estoy segura
de que esto sea un poema, 

no sé si esta violencia
encuentre en la metáfora
una acequia más liviana. 

Sólo sé

que dos gemas azules
me observan
al fondo de una pecera hendida
con la paciencia mineral
de quien se queda. 

Mis manos mojadas
como peces lacerados
se debaten
bajo la espuma del lavadero. 

El agua corre.
Se va. 

Por eso
lavar los trastes
es una tregua
un retorno
a la memoria
de las branquias.


La pared

De vez en cuando
miro desde aquí
el reloj de pared
que colgaste
en la última mudanza 

circunferencia gris
sin vocación ni hora. 

Me levanto de la silla
—único enser mío en esta casa—
y trazo con los dedos
las agujas abatidas 

de cara a la pared
estamos
mi sombra y yo. 

Al cabo de un instante
retrocede el segundero 

me quedo aquí
en el letargo de las horas
en el acecho de los días
la luz poniente
entra
y barniza las ventanas. 

La casa:
una caja roja, 
árida y templada. 

Crujen
las paredes
me pican
los ojos
y andan
en mi espalda
pisadas de gato. 

Salgo del letargo
la perra me mira con ojos menguantes
y un peluche viejo colgando del hocico
me siento
la abrazo
jugamos 

y el reloj
lento
lento
avanza
de nuevo
avanza
al día
cero


Desde hace una par de meses

Rosita viene cada miércoles
a hacer la limpieza de la casa. 

¿Dónde tienes el detergente?
¿Usas pino del que huele?
¿Esto ya lo tiro? 

Me pregunta 

mientras sostiene
restos verdes
de algo que alguna vez
pudo llamarse carne, 

un puño de arroz agrio,
hortalizas ya deshechas,
cáscaras de frutas,
la cebolla,
y el cilantro. 

Rosita vino a recordarme
algo que yo ya sabía. 

Ella conoce los rincones
donde yo misma me tropiezo. 

Sabe de aquello
que dio fruto
y ahora se pudre
al fondo del refrigerador, 

de todo aquello que compré
con la intención de cocinar. 

En mi papel de buena señora
insisto: 

que agarre una guayaba,
que se siente un momento,
que se tome un café conmigo, que comparta la mesa. 

Pero Rosita ya me tomó la medida. 

Me pregunta qué voy a guisar. Si a
mi marido le gustan las lentejas. Si
no se desespera
cuando paso tantos días
sin salir de casa. 

Hoy es jueves
y la casa sigue limpia. 

Él,
contrario a mí,
madruga,
trabaja,
paga, 

regresa cansado.
Quiero decir, 

mi marido me encuentra
en pijama,
con dos libros en las
manos. 

Hoy tampoco hice la sopa.
La carne sigue congelada. 

Al menos no tendremos hijos, 

me ha dicho alguna vez,
en esos momentos
en que el cansancio
deja decir 

aquello que normalmente
se piensa.



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