Los caballeros se quedan a descansar

En manos de Mariana Orantes, el ensayo toma formas al mismo tiempo arriesgadas y profundas. A partir de un crimen atípico que (de no haber ocurrido en México) podría rayar en el absurdo, la autora nos muestra los oscuros pasajes de la justicia y la cultura popular mexicanas.

Mariana Orantes

Proemio

De 1523 a 1786, la corte española contó con una lista de más o menos 126 enanos y locos, algunos de ellos las dos cosas: Magdalena Hernández: loca de la princesa; Francisco de Basconcillos: enano negro[1]; el Nicolasito: enano y loco. Ellos eran la sana diversión de la clase alta española, servían como espectáculo ambulante, cosificados por cuestiones que no estaban en su poder ni control; seres nebulosos de los cuales no sabemos nada más.

Así, como primera consideración, tenemos que el gusto por ese tipo de espectáculo extravagante nunca ha cedido; desde los graciosos Munchkins del Mago de Oz, pasando por los Oompa Loompas de Charlie y la fábrica de chocolates, hasta el Mini-Me de Austin Powers. Por supuesto que la lucha libre mexicana también guarda un apartado especial: las mini estrellas del ring. Ésta rama de lucha libre profesional inició a mediados de la década de 1970, y se consolidó a finales de 1980, cuando se introdujo a los mini guerreros, mascotas o patiños de los luchadores estrella que adoptaban sus nombres en diminutivo: Mascarita sagrada, Octagoncito, Pierrothito, Cicloncito Ramírez, Espectrito, Parkita.

La segunda consideración remite a la frase “Las grandes hazañas del robo pasaban en otro tiempo por heroísmo” puesta por el Marqués de Sade en boca del encantador Dorval —quien es uno de los más distinguidos y excéntricos ladrones de París—, en la famosa obra donde Juliette es invitada por Fatime a compartir la proeza del desfalco.

Con estas dos premisas guardadas en la memoria podemos comenzar:

Respetable público, lucharán a muerte,

Máscara contra Cabellera, sin límite de tiempo…

En esta esquina Espectrito Jr. y La Parkita…

Y en esta otra La Tía y La Gorda…

Mariana Orantes - Ensayo

“Los caballeros se quedan a descansar”[2] fue lo último que dijo La Tía a la recepcionista del hotel. La Gorda la siguió con paso incierto, pero antes de irse y dejarlos a su suerte, escucharon que alguien gritó: “vengan acá hijas de su pinche madre, putas rateras”.

Por entonces, Espectrito Jr. y La Parkita vivían juntos en el hotel San Simón de la colonia Obrera. Ese día hubo una pelea en Cuajimalpa y de ahí se fueron a Garibaldi a celebrar, pese a que los dos estaban “jurados”.

Alberto y Alejandro Pérez Jiménez, gemelos no idénticos (cuates, como decimos en México), hijos de María Jiménez Bautista, madre soltera de Ciudad Neza, sólo cursaron la primaria. Su hermano mayor, Mario (Espectrito I), los alentó a que practicaran la lucha libre, deporte en el cual él mismo había incursionado con éxito y así comenzaron a luchar bajo el apelativo de los Gemelitos Diablo.

Cuando el licenciado Antonio Peña abandonó la CMLL y fundó la Triple A, varios luchadores se fueron con él, incluidos Alberto y Alejandro quienes cambiaron sus nombres a Espectrito Jr. y la Parkita, respectivamente.

Tras la muerte de sus dos hijos, la madre de los luchadores, sentenció: “juntos llegaron y así, juntos, se fueron”[3].

Mariana Orantes - Ensayo

Estela González, La Tía, de 65 años era prostituta en Garibaldi. ¿Cuánto podía ganar considerando su edad? Trabajaba viernes, sábados y muy rara vez, domingos, con una ganancia máxima de 300 pesos por día. Al mes, ganaba más o menos tres mil pesos. Con tres mil pesos una persona apenas si cubre la canasta básica, pensando en que no mantiene a nadie más, no paga renta ni servicios, no se enferma nunca y no usa el transporte público.

¿Por qué a sus 65 años una mujer tendría que seguir trabajando como prostituta y robarle a sus clientes? Porque no hay otra opción o como el mismo Dorval en la obra del Marqués de Sade, observa con ética ambigua: “aquel que sólo tiene lo que le hace falta para sus necesidades no puede llamarse feliz, es pobre”.

Por su parte María de los Ángeles, La Gorda, de 44 años era comerciante de relojes en un tianguis de Ciudad Neza. Su familia no sabía que por las noches se dedicaba a la prostitución. Por entonces, tenía pareja estable y cinco hijos que rondaban entre los 20 y 25 años, dos de ellos condenados a prisión por robo.

 

La arena estaba de bote en bote,

la gente loca de la emoción

en el ring luchaban los cuatro rudos

ídolos de la afición

 

Espectrito Jr. y La Parkita caminan sobre Eje Central, a la altura de Donceles y Tacuba, donde se encuentra la antigua casa de Ignacio Manuel Altamirano, convertida hoy día en un Sanborns de bar cursilón con música de piano.

            Con la vista en dirección a la Catedral, hacia el cuadrante derecho de la avenida, se extienden las diversiones de la parte más conocida del centro histórico: Bellas Artes, el Jockey club, el bar Don Ramiro, el teatro Fru Fru. Hacia el lado izquierdo continua el camino: república de Cuba y sobre Eje central, bares y cantinas que encaminan el rumbo a Garibaldi; pero no el ahora aburrido Garibaldi donde situado en medio de la plaza está un museo parecido a una gigantesca caja de cereal con magueyes pintados en las paredes (síntoma de mal gusto institucional) que no le hace justicia ni al mezcal ni al tequila. Sino el Garibaldi donde podías comprar tragos baratos, micheladas de un litro en cualquier tienda, recorrer la plaza sin dirección fija, y después, como a las dos de la mañana, cuando el hambre aprieta, ir al mercado a comer en alguna fonda chiquita. Ese Garibaldi retacado de gringos pululantes, listos para sufrir una estafa o de muchachos optimistas que desean entrar y tomarse una copa en El Tenampa, para saborear el sentido de una desfigurada pertenencia nacional.

Los mini luchadores compraron micheladas en Las Chelas Locas y fueron al bar La Nueva Revancha, donde salen con un par de “mozas del partido” que los habían calado de entrada. Caminan entre los vendedores de huevo cocido y carne seca, los de la cajita de toques, vagabundos y poetas que quieren sentirse malditos o de perdis, escritores que quieren arreglar al país. Después de unos tragos, deciden continuar la convivencia pero en la intimidad. Y conducidos por las “muchachas de la vida galante”, entran al hotel Moderno.

Mariana Orantes - Ensayo

La palabra ‘burundanga’ es una deformación de ‘morondanga’, pues se pronuncia de esa manera en las Antillas y quiere decir ‘cosa inútil’. Esta palabra llegó a designar a las sustancias utilizadas para cometer algún delito. Hoy en día, el término se refiere a la ‘escopolamina’, hipnógeno fuertísimo que incluso puede contaminar miel libada de las flores de las solanáceas, planta de donde se extrae el potente narcótico.

Algunas prostitutas colocan una dosis regular de la droga en las bebidas de sus clientes y  al poco tiempo, el granítico semental cae en sueño profundo y ellas aprovechan para robar. En México a las mujeres que practican este método —de un tiempo acá—, se les llama Goteras, debido a una banda que operaba en células en bares de la Ciudad de México y que utilizaba gotas oftálmicas para drogar a sus víctimas.

Para tumbar a un hombre de estatura normal bastan tres gotas, cuatro para un animalazo y eso ya es peligroso. Así que la mujer de “moral relajada” debe calcular la dosis luego de calar la resistencia de la víctima, y diagnosticar con precisión de cirujano: una gota o dos, diminutas, “que ya está muy pedo.”

Mariana Orantes - Ensayo

En la obra del Marques de Sade, el plan consiste en lisonjear a los comensales, luego darles una bebida que los deje inconscientes por más de ocho horas y así, aprovechar para robarlos. Después las prostitutas tendrán que regresar hasta el último objeto de valor conseguido en la campaña: a cada una le corresponde la cuarta parte del botín. Dorval, su maestro, desde otro cuarto, vigila que primero Juliette y luego Fatime, roben a los amantes; así el degenerado ladrón utiliza la excitación del robo para masturbarse y copular con Juliette y Fatime. El Marqués de Sade retrata la decadencia de un hombre que usa la estafa como forma de excitación sexual, mientras que da un discurso sobre la desigualdad y la necesidad del robo; pone en ridículo la banalidad del hombre de alcurnia, donde su propia necesidad parte de intereses perversos que no son sancionados: aquellos que tienen privilegios desean conservar los privilegios. Las leyes morales impuestas, tanto religiosas como seculares, y los razonamientos filosóficos, de tipo naturalista, manipulados con astucia, pueden servir para conservar privilegios de la clase dominante de un país.

El peligro del discurso de Dorval, en apariencia radical, estriba en que siempre debe tomarse en cuenta quién lo dice: un hombre acomodado, de la alta sociedad, que justifica una parafilia (cleptolagnia). Es decir, Dorval no aboga por que los débiles tengan derecho a robar a los ricos, sino que los ricos aprovechen el despojo: no existe crimen si se comete bajo el derecho natural. No existe crimen ni de los más débiles que lo cometen (porque es justo) ni de los fuertes que lo aplican (porque es natural). Es sólo cuando la moral burguesa llega al poder que a este derecho natural se le pone el nombre de progreso.

            Fatime y Juliette, como prostitutas, no están arriesgando nada: la dosis está calculada y la llevan sirvientes en copas de cristal finísimo; Dorval vigila que los hombres no las lastimen y hasta los engañados parecen aceptar el juego con humildad bovina.

En cambio, La Tía ya en el hotel Moderno, parte de la zona roja de Garibaldi, al administrar las burundangas calculó mal y la dosis fue letal para las mini estrellas del ring.

 

Métele la Wilson, métele la Nelson,

la quebradora y el tirabuzón.

Quítale el candado, pícale los ojos,

jálale los pelos… ¡sácalo del ring!

 

“Que Dios te bendiga”, dijo La Tía al otro lado del teléfono y colgó. La Gorda estaba segura de su inocencia: ella dejó vivos a los luchadores, ella no colocó las gotas en las bebidas, ella sólo quería sacar algo; unos tragos, un par de cervezas, un reloj.

Después de unos días vio en el periódico que la buscaban por el asesinato de Alejandro y Alberto Pérez Jiménez. Pensó en huir, justo como le había dicho por teléfono La Tía y se fue primero a una casa en Ecatepec. Pero cuando detuvieron a su cómplice, le entró el miedo y huyó a Hidalgo con su hermana. Ahí, La Gorda se tiñó y cortó el cabello, se depiló las cejas hasta desaparecerlas; pintó en su lugar líneas negras, arqueadas y finas, que cambiaban por completo el aspecto de su rostro. Dejó de salir, excepto para las labores necesarias, después de todo tenía que ayudar con el gasto ¿quién iba a regalarles cualquier cosa? Pasó poco tiempo y La Tía, en su propia Noche de la amnesia, se volvió contra su aliada y la delató. Era cuestión de tiempo para que la atraparan.

Mariana Orantes - Ensayo

Con el pretexto del personaje de Dorval, el Marqués de Sade expone a continuación del crimen, el castigo: Fatime y Juliette asisten a un falso juicio, otro juego perverso de Dorval. Al señor de la alta sociedad le excita ver cómo dos de sus títeres roban sin compasión y le excita condenar a los mismos títeres a la horca. El modo de actuar de Dorval, por su parte, ejemplifica el concepto que Sade nos quiere dar a entender. Como diríamos en jerga común: la clase dominante se hace una puñeta con la violencia que cometen los súbditos entre ellos y se hace otra puñeta con los castigos que les impone.

No creo que las prostitutas hayan querido asesinar a las mini estrellas del ring, sin embargo, estas dos mujeres cometieron homicidio imprudencial y su pena debió ser de 8 a 20 años máximo, con el agravante del robo; en cambio fueron sentenciadas a 50 años en prisión, prácticamente una cadena perpetua para las prostitutas de edad avanzada.  La Gorda, de 44 años, católica, después de la sentencia declaró que prefería el suicidio a pasar 50 años encerrada.

La tragedia radica en que los cuatro involucrados tenían su propio drama: ninguno era un exquisito personaje del Marqués de Sade, ninguno era mejor ni excelente, por cuna o por mérito propio, sino que cada cual estaba estigmatizado por su propio entorno. Cada uno interpretó un papel y cada uno fue un fenómeno en sus dominios: cuatro personajes para la sana diversión de la sociedad mexicana.

 

Señoras y señores, aquí termina la culminación de una fuerte rivalidad…

La caída de gladiadores de otro nivel…

Aquí se gana y se pierde…

¡Fuerte la ovación!

Mariana Orantes - Ensayo


[1] José Moreno Villa, Locos, enanos, negros y niños palaciegos. Gente de placer que tuvieron los Austrias en la Corte española desde 1563 a 1700, México, La Casa de España en México, Editorial Presencia, 1939, edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, España, 2006, disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc3r154 [consulta: febrero 2017]

[2] Alejandro Cruz y César Arellano, “Arrestan a una de las implicadas en muerte de los luchadores Parkita y Espectrito Jr”, La Jornada, 22 de julio de 2009, p. 36.

[3] Erika Carpio, “Juntos nacieron y juntos se fueron”, El Universal, 2 de julio de 2009.


Mariana Orantes (Ciudad de México, 1986)

Su ensayo Visita guiada al mundo de los muertos se publicará próximamente en Malabar Editorial. Ha sido becaria del programa Jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Es autora del libro para niños Érase una vez en Los Beatos (CONAFE, 2011), los libros de poesía El día del diente de leche (Cascada de palabras cartonera, 2016) y La casa vertebrada (Editorial Montea, 2017); así como los libros de ensayo Huérfanos (BUAP, 2015), La pulga de Satán (FETA, 2017) y Los caballeros se quedan a descansar (ISIC, 2018).

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