Dos poemas

Carlos Ávila Villamar

 

la fortuna errante

De haberme fijado más habría notado

que el rugido noble del mar era

el de un sueño. Las sombras seguían

a los objetos, caminaban obedientes bajo los objetos

pero en aquel cielo azul cromado

no había una luz que fuera su causa.

 

Cuando me daba la vuelta las crestas llameantes

acróbatas de las olas hacían dibujos ridículos

pero ya me había dado la vuelta

y no podía verlos.

 

Fabricamos tanta realidad

como nuestros sentidos son capaces de atender

y nunca atendemos demasiado.

 

La arena estaba despiadadamente cubierta

por un piso de tablas que se mojaban y se secaban

y se mojaban saladas

hasta el infinito hipotético del sueño

Había mucho espacio entre las tablas

recuerdo, y con la marea alta se veía

el agua clara entre las tablas y el fondo

tembloroso por el frescor del agua

el fondo

nítido

coronado por perlas de espuma

que se acumulaban en los pliegues

transparentes del agua

entre las tablas.

 

Miraba hacia abajo y el cielo desprotegido se borraba

sobre mí, pero se podía distinguir el rosado

de algunas partículas caprichosas de arena

que se veían en el fondo, afiladas por el tiempo.

En el sueño era posible distinguirlas

en el fondo tembloroso.

 

Y pude ver a un niño en el sueño

que rebuscaba en la arena

había encontrado algo.

 

Unas piezas metálicas de vajilla

largas y antiguas, como venidas

del lujo señorial de otro siglo.

El niño las sacaba ansioso

y las dejaba mojadas y brillosas

doblemente brillantes

a su lado

sobre las oscuras tablas.

Nadie lo veía, solo yo.

 

Y miré hacia abajo y vi más piezas

bajo el agua, largas

como si las manos de sus viejos dueños

hubieran sido más largas y frágiles

que las mías.

 

Había juguetes de madera, tan antiguos y raros

que no parecían juguetes, y cofres de nácar

tallados a mano, abiertos e indefensos, y peines y alfileres

y dedales y un gran candelabro sin velas, pero sobre todo

había cuchillos y tenedores y platos blancos

con bordes que parecían diestros tejidos de oro.

Algunos de los platos no tenían una sola rotura

una sola grieta, estaban medio enterrados

en la arena, y uno podía sacarlos con una mano

en una sola pieza.

 

Así que me apresuré y seguí rebuscando

en el agua casi invisible.

Confirmé la presencia del agua

con mi mano, con el cambio de temperatura

con su mansa resistencia al avance de mi mano

y por los pliegues de brillo en su superficie

alrededor de mi mano.

El agua era el suave tacto del agua

en mi mano, y poco más.

 

Seguía caminando sobre las oscuras tablas

y seguía encontrando piezas errantes.

El macizo péndulo de un reloj de pared

que nunca existió

como tampoco existieron las tazas

de las que no aparecían más que los brazos

blancos e incompletos anillos de porcelana.

 

Acumulaba piezas, tantas como podía

no sé en el sueño cuántas cabían

en mis manos.

 

Tenía cinco tenedores y cuatro cuchillos

y yo quería cinco cuchillos, para completar el juego

pero luego aparecía otro tenedor

y otro, y solo había encontrado tres cucharas

de sopa, en el la locura de mi sueño

necesitaba encontrar todavía cuatro.

 

Ninguna cantidad satisfacía mi codicia.

Hay algo en la codicia muy cercano

a nuestro deseo de ordenar

y catalogar cosas.

 

El viejo codicioso cuenta monedas

no solo para saber cuántas tiene

sino cuántas le faltan.

 

Una voz me pidió que me detuviera

olvidé cómo era la voz en el sueño.

 

No me detuve, sabía que algo no estaba bien

y aún así no me detuve. Desperté

a los pocos segundos

y lo perdí todo.


 

el talento 

Yo tenía once años y era el más joven de la clase

siempre he sido el más joven de todo, es decir

el más inexperto

el más ingenuo.

 

Hecho de una promesa de talento y nada más.

El talento es el nombre de la inexperiencia

de los que tienen

buenos padres.

 

Todo niño con un buen par de padres ha sido talentoso.

Me pregunto quién no ha sido el niño prodigio

de una familia

de pueblo pequeño.

 

Si pudieran saber los buenos padres qué pasa

con sus niños prodigio

cuando crecen y no dan frutos

cuando entienden la generosidad de la mentira

que el mundo una vez les dijo.

 

Yo tenía once años e iba a mis clases de dibujo

mi profesor había sido profesor de mi padre.

Todas las mañanas una naturaleza muerta

regresaba a mi casa copiada en papel

y se la mostraba feliz a mi padre y a mi madre.

Cuánto talento tenía.

 

Recuerdo por dónde le llegaba la luz

a los viejos objetos de aquellas

naturalezas muertas

hasta dónde

se estiraban las sombras, las líneas imaginarias

que las sombras nunca llegaban a tocar.

 

Recuerdo el lado gastado del grafito

plano y metálico, entre más usado

más diligente. Mi mano torpe apoyada en el blanco

temerosa de no empañar el dibujo.

Recuerdo cómo coger el lápiz para imitar

la madera opaca, el brillo invisible del cristal

la textura gastada de los paños.

 

Nunca cometí la vulgaridad de hacer un brillo

con una goma de borrar, el blanco de mi papel

siempre había sido blanco.

 

Todo cuanto tiene el dibujante es su integridad

y yo estaba orgulloso de la mía.

 

Dejé de dibujar a los doce años y ahora

no puedo trazar una línea decente

sin la ayuda de una regla. Mucho menos

hacer un retrato.

 

El profesor se sentaba penumbroso y sonriente

en una esquina, era lo que mi abuela llama

un viejo zorro. Cuánto extraño

a ese viejo zorro.

 

Había tanto silencio que se escuchaba el grafito

contra el papel, veinte grafitos copiando

una naturaleza muerta, que variaba cada día

pero que de algún modo

era siempre la misma. Misteriosa

intransferible. Veinte grafitos tratando

de que el blanco siempre hubiera sido blanco.

Veinte grafitos.

Veinte talentos en el aula.

 

Ha pasado mucho tiempo y he olvidado

el olor singular de aquella aula

pronto dejaré de ser el más joven.

la fortuna errante


Carlos Ávila Villamar (Holguín, 1995)

Graduado de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana en 2019. Acaba de publicar, de manera independiente en Amazon, el relato largo “Urnales” y el primer volumen de su libro Fabulario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s