El séptimo mandamiento: ensayo de un crimen

Laura Sofía Rivero nos comparte un ensayo audaz a partir del arte del despojo. Leerlo es convertirse en cómplice de los ladrones que aparecen en él, ya sean célebres o anónimos, y participar de la acumulación cleptomaníaca de la literatura.

Laura Sofía Rivero

 

I

Antes de ser fusilado, Miguel Hidalgo no imaginó ni remotamente que se convertiría en la estatua más replicada en las plazas públicas de nuestro país. La terquedad de homenajear a los héroes haciendo de ellos momias de bronce envuelve una absurda contradicción: al ser inauguradas, las estatuas se regodean en su gallardía y soberbia; pero no pasa mucho tiempo para que el polvo se convierta en su pátina perpetua, se tornen hogar y sanitario de palomas, y la ofrenda más dulce que reciban sean los cálidos orines de los borrachos.

Dos razones explican su existencia: justificar los desfalcos al erario y sostener a los escultores, sobre todo cuando son malos en su quehacer. No toda efigie asombra por su perfección sino por ser magistral ejemplo de cómo pueden aniquilarse los rasgos de los héroes. El artesano inepto es capaz de equiparar mediante su cincel al padre de la patria con el hombre elefante. Escultor inflador de cachetes, ciego de toda proporción, demoledor de pómulos.

Mejor ejemplo no existe que el Benito Juárez dispuesto en la plaza de Tlalnepantla de Baz. Parece no haber sido labrado por la mano hábil sino por el machete salvaje que le rajó la cara como si de un tronco de olmo se tratase. El artista hizo del Benemérito de las Américas una bestia del más horrible cuento de ciencia ficción, Golem perverso. Yo sé que llegará el día de la resurrección de las estatuas y ese Júarez terrible agotará su ira en quienes se atrevan a leer las letras de su placa. Parece que de sus ojos metálicos y toscos la sed de venganza hará brotar un rayo exterminador que retiemble en sus centros la tierra.

Detrás de él, se erige la rotonda a los próceres de la patria, monumento infaltable en todo pueblo bicicletero que pedalea con fuerza para dejar de serlo. La primera vez que pasé frente a él, vislumbré a la distancia los quince torsos flotantes que dispusieron en semicírculo por los festejos del 2010. Como si no hubiera sido suficiente el escarmiento de la alhóndiga de Granaditas, del lado derecho instalaron las cabezas de los independentistas y del izquierdo, a revolucionarios y coetáneos de la Reforma. Me paré frente a los torsos y, como en el juego Adivina quién, intenté descifrar su identidad basándome en sus prendas representativas: ¿Tu personaje tiene un pañuelo en la cabeza? Fácil, es Morelos. ¿Su prominente calva se acompaña de un estandarte? Inconfundible, se trata de Hidalgo. ¿Tu personaje tiene un bigote tan ancho como las alas de su sombrero? No hay duda, es Emiliano Zapata. Así, recorrí cada uno de los héroes hasta llegar a un absurdo sujeto que podría ser ignorado por su falta de elemento representativo. En un primer momento decidí seguir mi camino, ignorando al insulso. Pero la estatua continuaba viéndome con su gesto insípido, su identidad nulificada, su rostro de Juan Pérez.

Mi terquedad hizo detenerme a pensar quién podría ser aquel hombre soso. Di dos pasos hacia al frente tratando de adivinarle su carita redonda y cachetona, sin bigote, sin sombrero, sin ninguna pista. Cuando leí en la inscripción el nombre de quien engalana los billetes de quinientos pesos, no pude sino preguntarme porqué el General había asistido al monumento sin los lentes que nos hacen reconocerlo con tanto gusto en la quincena. Pensé que quizá sería un capricho del artista que le dio la vida eterna, Dios es inconstante como veleta al viento; pero al detenerme a pocos centímetros de la estatua vi que, en las sienes de Zaragoza, justo por encima de la oreja, se veía la marca delatora del robo de sus anteojos.

El ladrón huyó con unos gramos de bronce bien modelado que seguramente vendió en la chatarra, pero también desapareció con la última pizca de honra de una patria ultrajada, con la dioptría exacta de un héroe que ahora se sabe miope y condenado a ver borrosas las figuras durante otro centenario.

Veo las marcas en las sienes de Zaragoza y quisiera resolver el crimen. Más que preguntarme por la identidad del ladrón, me cuestiono por qué se invierte tiempo y esfuerzo en un robo tan mínimo como absurdo, cómo se decide privar de la vista a un general de división ahora indefenso y mudo, pero, sobre todas estas interrogantes irracionales, me reclamo e interpelo: ¿por qué no se me ocurrió a mí robarlos primero?

Laura Sofía Rivero Ensayo 2

II

El robo se encuentra a caballo entre el vicio y la virtud. En él no solamente existe un acto puro de maldad sino también el torcido camino que han tomado la valentía y la inteligencia. Muchas veces me he preguntado por qué el ladrón no utiliza esa misma creatividad portentosa para fines no ilegales. El robo no solamente consiste en un arrebato violento de cartera y celular, o en la intimidante pistola que amenaza con su boca abierta; también existe un acto de sustracción que se presenta como juego mental, como una oportunidad de salir en traje de luces a pavonear la destreza en el ruedo.

No sorprende que algunos ladrones hayan decidido cambiar la cárcel por los escenarios y ahora sean conocidos por desaparecer objetos mediante un abracadabra. Si en el gran catálogo del Ilusionismo existe la figura del mago-carterista es por una sencilla razón: ladrones y prestidigitadores, ambos son especialistas del timo. Quizá los lentes de Zaragoza flotan en la oscuridad junto a cartas, conejos y pañuelos. Nada asombra más al hombre que dejarse engañar por otro, por eso el ladrón nimio persigue el mismo efecto del acto de magia: disimular las huellas, desaparecer detrás del telón y dejar tras sus pasos invisibles un raudal de preguntas sin respuesta.

El gran golpe pocas veces nace del azar, pues requiere de una organización exquisita, arquitectura criminal cuya logística no permite ninguna equivocación. El ladrón se comporta como un dios, narrador omnisciente que observa a los demás y los mueve en su tablero como fichas. Es un observador preciso que aprovecha la tediosa rutina para insertarse en los puntos ciegos de la trama. Albert Spaggiari da justa razón de este perfil de ladrón ajedrecista. El francés se propuso atracar el banco de la Sociedad General en Niza. Para ello, hizo ejercicio de la mayor paciencia y meticulosidad pues durante un año reunió a veinte especialistas en distintos rubros (un conocedor de joyas, un maestro de obras) y los convenció de apoyar su plan: construir un túnel en el alcantarillado de la ciudad que llegara hasta la bóveda central del banco. Así, luego de la preparación exhaustiva, el grupo comandado por Spaggiari cavó el túnel durante tres meses. Con disciplina napoleónica los hombres hicieron su trabajo hasta que el viernes 16 de julio de 1976 llegaron a una pared de concreto que llevaba justo a la cámara principal. Spaggiari fue cauteloso y esperó a que el lugar quedara vacío. Sin la sospecha de ningún trabajador, él y sus seguidores llegaron al corazón de la fortuna y desangraron los ahorros durante tres días. Su meditado plan les permitió hacer un tranquilo picnic con paté y vino dentro de la sucursal aprovechando el fin de semana. El lunes por la mañana, justo al amanecer y minutos antes de la llegada de los primeros empleados, Spaggiari escribió en una pared la frase que daba cuenta de su poética criminal: “Sin armas, sin violencia, sin odio”. La banda fue descubierta debido a los celos de la esposa de uno de los miembros. Al notar la ausencia de su marido de viernes a domingo, llamó a la policía pidiendo señas de él. Así los detectives pudieron atar los cabos sueltos y dar con el paradero de Spaggiari.

Durante el juicio por el que se le acusó de robar 60 millones de francos, el hábil bandido entregó una prueba confusa al juez. Éste, contrariado, se detuvo a observarla detenidamente. Aprovechando su descuido, Spaggiari se lanzó por una ventana, cayó en el toldo de un coche estacionado y huyó en una motocicleta que fue a buscarle premeditadamente. Fue condenado a cadena perpetua, pero jamás cumplió con la sanción. Años antes de su muerte logró ser contactado para publicar su autobiografía y dar una breve entrevista con la promesa de mantenerse en el anonimato. Al cuestionarle sobre el destino del botín robado que jamás pudo ser rastreado por la policía, simplemente respondió: “No robé el Banco de Niza por el dinero, sino por el desafío: mi interés no era la ganancia sino lograr lo que ningún otro hubiera podido conseguir”.

Laura Sofía Rivero ensayo 3

III

¿Dónde está el límite que separa al robo de un simple abuso? Quienes pagan algunas noches de hotel entienden el contrato como una completa libertad para tomar jaboncitos y papel de baño con el fin de exprimir los beneficios hasta obtener la última gota de jugo. Para otros, el hecho de haber pagado un servicio los acredita a empacar toallas, sábanas y hasta la Biblia de cajón en sus respectivas maletas. El robo hormiga es el hermano pequeño del gran golpe. Pareciera que nuestro radar ético se aturdiera al contacto con los objetos pequeños. Hay un detector de valor que llevamos internamente y es quien dicta que lo mínimo de tamaño no tiene trascendencia ni cuantía. Por eso, muchos no juzgan mal el comer algunas uvas del supermercado, como tampoco ven falta en tomar un puño de clips en su empleo o en negarse a devolver una pluma prestada. La lógica del robo hormiga dicta que las pertenencias diminutas son colectivas tan sólo por su tamaño y, por ello, carecen de importancia. Ningún ladrón de lo ínfimo se preocupará por comprar un cartón de leche para la oficina si puede servirse un vaso entero al combinar cinco chorritos provenientes de distintos empaques comprados por otros. Robar lo diminuto y pasar desapercibido no pareciera provocar vergüenza alguna. Resulta evidente cuando, en las casas, cada cenicero tiene inscrito el nombre de un restaurante diferente y las cenizas ardientes caen legitimando su uso.

La frontera entre el robo y el obsequio fidedigno es más laxa de lo que parece. Evidentemente, tomar una muestra de comida en el supermercado no comporta ningún abuso, pero pasar diez veces por el mismo pasillo hasta hacer de las pruebas el desayuno dominical es un acto tan sospechoso como satisfactorio. Nos regocijamos quizá por la conciencia de que las cadenas de tiendas departamentales no son sino engendros que mastican nuestro salario y lo tragan sin saliva. Fariseos rudos que no se conforman con la ganancia desorbitante y bautizan al robo con el nombre de un redondeo donde los centavos se multiplican como panes y peces.

No culpo al ladrón de los lentes de Zaragoza. El límite entre lo público y lo privado es borroso. Cuando un algo se sabe de todos, muchos pueden incurrir en el error de creerlo propio. La idea de la comunidad es difícil de asentar en nuestra dinámica que se basa en la posesión, en apropiarse de la mayor cantidad de bienes posibles y ser eterna competencia del otro. ¿Para qué compartir —piensan algunos— si siempre existe un ganón último?

Laura Sofía Rivero ensayo

IV

En sus orígenes la palabra cleptómana no tenía versión masculina. Los psicólogos de la Francia del siglo XIX la acuñaron para explicar un fenómeno que les pareció excepcional. Con la llegada de los grandes almacenes que dejaban atrás las tiendas especializadas y conjuntaban un sinfín de objetos en un mismo lugar, la manera de comprar cambió radicalmente: por primera vez el cliente tenía contacto directo con la mercancía. A su disposición estaba la suavidad de una tela o el brillo de las joyas. Muchas mujeres fueron detenidas por intentos de robo o por hurtos logrados. Los psicólogos determinaron como causa principal era esa debilidad característica de la mujer que, como Eva, se deja vencer por la tentación del fruto prohibido. Apuntan también en sus estudios que hormonalmente son más proclives al robo aquellas féminas embarazadas, menopáusicas o que se encuentran en su ciclo menstrual.

A ningún psicólogo se le ocurrió pensar en que acaso el cambio de la relación entre cliente y mercancía había generado esa ola delictiva. El tacto es auriga del deseo. Si decidimos quedarnos con un bolígrafo que no era nuestro usualmente es por el contacto: la relación íntima entre los dedos y el plástico cilindro, por el gozo de una tinta que fluye. Una pequeña sensación puede ser móvil del crimen.

En la actualidad, cleptómanos y cleptómanas son tratados por igual. Su compulsión por el robo no deja de resultar intrigante. ¿Qué lleva a los artistas pop a apropiarse de lo ajeno si es evidente que no tienen necesidad de hacerlo? Consabido es que Britney Spears ha sido captada en varias ocasiones robando chicles y dulces en gasolineras. Tampoco es un misterio que Katy Perry tenga una colección de almohadones sustraídos de los hoteles donde se hospeda. No obstante, Winona Ryder ─Atenea del robo─ podría dar una cátedra de cómo elegir los objetos más absurdos e innecesarios. El robo es más que la apropiación, es el triunfo del ego que busca llevar la delantera.

Laura Sofía Rivero - Ensayo

V

Si yo hubiera robado los lentes de Ignacio Zaragoza pensaría dos veces el lugar que ocuparían en mi casa. Bien podrían situarse en la sala, justo por encima del televisor, como cabeza de ciervo o diploma de licenciatura. Definitivamente serían el certificado que avalara mi graduación en la carrera de lo absurdo. Los colgaría con orgullo. Sin embargo, algo me dice que tenerlos en mano me llevaría a guardarlos en el fondo del cajón de mi mesita de noche. Saberlos íntimos y protegidos, lejos de las miradas ajenas.

Seguramente los anteojos de Zaragoza ya no son más que metal fundido, vendido y usado nuevamente. Me pregunto por el paradero de esos objetos que se hurtan y no son parte de un gran botín ni del robo hormiga, sino de una sustracción irracional cuyo valor no está dado por el saqueo mismo sino por la demostración de la valentía. En el 2009, el espectáculo Caminando con dinosaurios llegó a México y, tras una función en Guadalajara, los empleados descubrieron que una de las crías mecánicas había sido robada. Algo semejante pasó con la exposición Cow Parade donde varios artistas plásticos intervinieron estatuas de vacas en fibra de vidrio con las mismas dimensiones del animal real. Una treintena se expuso sobre Paseo de la Reforma y tres bovinos fueron hurtados a lo largo de los días. Los policías capturaron a uno de los ladrones porque, al pasar por la zona de Santa Fe, vieron sobresalir de la ventana de un séptimo piso a una res colorida e inmóvil.

El valor no es intrínseco a los objetos. Una acción puede aquilatarse por el ingenio, soberbia u osadía. Ese es el verdadero precio que el raptor ve en la antorcha olímpica que intenta robar en pleno recorrido[1], o en la llama del circo que es sustraída porque en la borrachera parecía gracioso[2]. Quienes se ufanan de robar ejemplares de las librerías no perciben que su acto es una doble apropiación: la replicación de las obsesiones de los infrarrealistas, es decir, un robo de ideas, intelectual. El hurto es tan cotidiano como el aburrimiento y la cultura no es más que una serie de rapiñas recicladas. ¿En verdad puede saberse quién es el propietario de una idea? Las palabras, como las estatuas, le pertenecen a todos y a nadie a la vez. La literatura es un robo constante, un parásito que se escuda en las comillas. Es cauteloso engaño del sentido. El escritor intenta hacer lo mismo que quien robó los lentes de Zaragoza, apropiarse de lo ajeno aunque después se funda en una aleación tan distinta que él jamás podrá reconocer.

Laura Sofía Rivero ensayo


Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993)

Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Fue ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven “José Luis Martínez” 2020, el IX Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” 2017 de ensayo por el libro Tomografía de lo ínfimo y el Premio Dolores Castro 2016 en ensayo por el libro Retóricas del presente que fue editado en un libro colectivo por el IMAC. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del programa Jóvenes Creadores del Fonca.

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