Ahí estaba

El presente texto de Mateo Mansilla-Moya transita —como un hechizo— por el relato, el cuento fantástico y la poesía. Durante la lectura, nos sumergimos en un misterio que se resuelve no sólo al descubrir “la verdad”, sino gracias al efecto emocional que consigue para nosotros. 

 Mateo Mansilla-Moya

Ahí estaba, parado en la oscuridad frente a mí mismo. Y aunque supiera que la silueta que estaba ante mí tan solo era un reflejo, era indiscutible que estaba tan viva como pensaba estarlo yo. Al cabo de unos minutos –en los que me miré a lo que suponía que eran mis ojos, que se vislumbraban entre titilantes sombras–, una explosión de luz apagó la oscuridad… y a mi otro yo con ella. Las puertas del vagón se abrieron de par en par y apareció, justo frente a mí, en el lugar de mi reflejo, una chica cuya mirada indiferente, cabello de otoño y olor a triste, me eran familiares. No nos movimos. Las puertas del vagón se cerraron. La chica desapareció de la estación y reapareció en mi memoria. Mateo Mansilla Moya - Literatura

Había visto a la chica, recordé, por entre las grietas de la madera podrida de un viejo bote en el que me escondí la tarde de un domingo para evitar que me descubriera. Ella buscaba, ante mi escondida mirada, a la orilla del lago, al niño que –según los titulares de algunos periódicos locales amarillistas– había muerto ahogado horas después de la escena que se trazaba en mi mente. El chico, como podía leerse en las notas de los diarios, se había ocultado de su madrina –con quien su madre lo había dejado años antes prometiendo que volvería– en un bote. Cuando quiso volver a casa se enredó con redes que sumergieron los pescadores, dueños de la lancha en la que se encontraba, para recoger el producto de su pesca al día siguiente. Mateo Mansilla Moya - Literatura

Nos volvimos a adentrar en el túnel de parpadeantes momentos de luz, y mi reflejo reapareció en la ventana del vagón. Pero algo había cambiado en él. Me aferré a la agarradera que estaba a mi lado mientras la máquina aceleraba su marcha. Mi mano sudaba frío al hacer contacto con el metal. Me observé en la ventana, pálido, triste, distante, con olor a muerto. Desapareció mi reflejo nuevamente al llegar a la siguiente estación, la última del recorrido. Las puertas se abrieron. No había nadie allí. No había nadie a mi alrededor. Al cabo de cinco minutos, las puertas volvieron a cerrarse. El encierro se tornó en bochorno, el bochorno olió a dulce, el aire se pintó de agua y las ventanas se tiñeron de azul. Afuera, por entre los mojados mecates en los que había peces enredados, aparecieron pescadores lamentándose y rodeando un cuerpo. El tren –abandonado por mamá hacía tiempo y hundiéndose ahora en mi infortunio– emprendió otra vez la marcha. Y la luz se desvaneció.

* * *

 

Mateo Mansilla Moya - Literatura


Mateo Mansilla-Moya (CDMX, 1994)

Ha publicado dos libros de poesía: De sueños rotos, promesas olvidadas y un final feliz (Acribus Editorial, 2016) y La temporada de ballet clásico ha terminado (Buenos Aires Poetry, 2019). Es director general de Cardenal Revista Literaria y miembro de Colectiva Ololiuqui. Estudia Derecho en el Colegio de Derechos Humanos y Gestión de Paz de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

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