Piedad filial

Clyo Mendoza

 

Siempre he llorado. Nací llorando. Antes de nacer lloré a través de mi madre. Ella lloraba porque llovía o porque el sol le calentaba el vientre. Conforme fui creciendo dejó de consolarme. Dejamos de llorar, pero seguíamos creyendo en la tristeza.

 

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Camino todo el tiempo junto al acantilado
con el deseo cardinal de nunca dejar a mi cuerpo profundamente solo
Quiero dar ese paso y caer
que la caída sea tan natural como mi marcha

 

Dijo Joseph Goebbels a su amigo Adolfo Hitler una noche en que tomaban juntos y hablaban de amor. Le dijo también que una mentira dicha mil veces se convierte en una gran verdad.
Así me lo contó mi padre.

 

. Clyo Mendoza - Malabar

 

Una mañana mientras mi padre me hacía resolver un mapa cartesiano decidí que ya no quería acertar las cruces de sus planos, trazar cuadrantes, adivinar valores de letras postreras.
Abandoné su incomprensible notación matricial y quise salir al encuentro de mi perro.
Mi padre me detuvo de la manga
—Ojalá te enamores —me dijo serio y luego lanzó su risa y su puño sobre la mesa.
 
Descubrió esa, la más brutal de las maldiciones gitanas, siendo niño, en una revista Reader’s digest como aprendió a matar calandrias con sus puños galgos.
—Ojalá te enamores.
Mi muerte sigue la pauta de su puño en la madera.

 

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Quise hundirme,
caer en el acantilado amar a alguien hundirme.
Amar en serio.
Como los héroes en las habitaciones oscuras o como las aves que nunca se separan.

 

Tuve un tío que viajaba a ver a la gente que nadie reconoce.
Quiso ser candidato a presidente del pueblo.
Se dice que era querido, noble, honesto.
Lo asesinaron.
Eso aseguró a gritos mi abuela.
Lavó ella misma su cuerpo, 
como si fuera aún el niño de pecho.
Lo miraba como al hijo que odias porque no deja de llorar,
como al muerto al que se le reclama pero no vuelve.

Recogió las mantas de su campaña,
las tendió como sábanas en todas las camas
y convirtió su casa en un hostal.
Una casa para qué.
Sus hijos, se dio cuenta, no volverían nunca.
Quise amar a alguien así: hundirme por hacerle justicia en cada uno de mis actos.

Clyo Mendoza - Malabar

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Tratamos de curar su suerte
devolverle la obsesión vital
pero la víctima ya estaba reservada

 

Fue una de las frases que se le escuchó a Ricardo Klement en una gélida playa argentina, cuando contaba a su mujer, en Alemania, acerca de su intento de rescatar a un perro.
Así me lo contó mi padre.

 

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Pienso que mi madre desea caer en el mismo acantilado. Lo creo porque sus ojos rezuman agua. Rezuman agua como todas las cosas que llevan corriente. Creo que mi madre está luchando, pero sueña el mismo acantilado que yo.  Mi madre vio en mí el miedo. Mi madre vio las alas que me sostenían titilando como cadena de oro. Por eso debe ser que cuando nos mirábamos largamente ambas empezábamos a llorar en abundancia.
Evito a mi madre. Mi madre me evita a mí.

 

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Una de esas cosas extrañas que hizo mi padre fue regalarme una navaja que tenía brújula, tijeras
y una linterna con pilas de reloj.
Los regalos de mi padre consistían en tener todo para no extraviarme.

El día que me mataron llevaba la navaja.
Balas
Me  hubiera gustado tener balas.
Pero me dije: está bien, mira, todo va a estar bien,
que es lo que me decía cuando estaba siendo cobarde.

Igual sucedió, no pude evitarlo
y caí
con la boca reluciendo un agua nueva.
La palomilla tronó junto al foco,
mi padre arrancó las flores de mi ventana
y cuando terminó con su largo silencio
me enseñó a disparar.

De este lado, en el vacío, todo se cumple.

Colgó cartones como objetivos en los árboles
donde nuevos mapas cartesianos se resuelven cada que él dispara
pretendiendo que mi mano es su mano
que su vida es mi vida.

Padre: tu sangre no dibujó el plano para mi derrumbe, le digo.
Pero no me escucha.

Clyo Mendoza - Malabar

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No quiero ser yo quien sepulte a nuestro hija muerta
no quiero ponerla a tus pies
                                                        ni quiero dormir cubriéndome de pena

Lo poco que quiero, vida mía
es asistir a este espectáculo sin rabia

Repetirme que hay en el mundo niños vagabundos
conquistando escombros

y que ésta, nuestra hija,
aunque no venció
hubiera sido sin ti un ser sin resistencia

 

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Eichmann juntó diez mil gitanos
y los sembró de llamas
-Ojalá te enamores
gritaban las masas antes de caer en el lecho deslumbrante

Eichmann miró hasta que el fuego estuvo en reposo.
Sobre las venas mutadas en ceniza se leía:
-ojalá te enamores
la más cruel de las maldiciones gitanas.
Ay, qué inútiles son los juramentos de los nómadas,
se dijo Eichmann.

Volvió a su casa donde su mujer
resolvió cambiarle el nombre
para que la maldición no lo alcanzara:

Ricardo Klement, el nuevo Eichmann,
huyó semanas después
perdidamente enamorado de su causa.
Por ella, años más tarde, lo ahorcaron
en un país al que habían volado las cenizas nómadas
de aquellos gitanos.

 

Así me lo contó mi padre.

 


Clyo Mendoza - Malabar

 


Clyo Mendoza (Oaxaca, 1993)

Ha colaborado en revistas como Crítica y Círculo de poesía. Sus textos aparecen en varias antologías, entre ellas Poetas parricidas y Los reyes subterráneos. Veinte poetas jóvenes de México. Es autora del libro Anamnesis (Cuadrivio, 2016) y Silencio (Fondo editorial del Estado de México, 2019), por el cual obtuvo el Premio Internacional de Poesía Sor Juan Inés de la Cruz.).

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