No se trata del hambre

Mediante un andar vertiginoso por el espacio fronterizo y por la incertidumbre del futuro, Josué Sánchez perfila un relato de agilidad, ansiedad y complejidad humanas. “No se trata del hambre” aborda la felicidad con matices satíricos, pero también las pérdidas constantes, que se revelan aquí en la materialidad del alimento transformado en oráculo.

 

Josué Sánchez

 

Arturo Arteaga podía leer su futuro en la comida rápida. Cada 1 de enero tomaba su primera comida del año en McDonald’s, Carl’s Jr. o Burger King, y una vez que saboreaba la carne, el pan, pepinillos, salsa y refresco, sabía qué tipo de año sería aquel. Por ejemplo, en 1999, la McPollo Bacon en su presentación crispy, refresco grande y dos órdenes de papas hash brown con queso cheddar y ensalada, le anunció que en un par de semanas conocería a Bianca Corona, su futura esposa. En el 2000, el sabor ahumado de la Original Six Dollar Thick Burger, acompañada de aros de cebolla, papas crisscut, un helado Oreo y Pepsi Light, le advirtió que dentro de poco perdería su trabajo como profesor de inglés en la preparatoria Franklin y que, sólo hasta inicios de diciembre, conseguiría un par de clases tan bien pagadas que le permitirían reponerse de la bancarrota. Y el año 2001 fue terrible, porque, gracias a los dos pisos de carne de la Big King, tres vasos de Seven Up, una orden con cuatro dedos de queso, otra de cinco Jalapeño Poppers y una rebanada de Pay Hershey’s que ni siquiera se terminó, supo que Linda Landa, su madre, moriría.

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¿Cómo se enteraba de todo aquello? No podía explicarlo del mismo modo que la gramática o la pronunciación del inglés en sus clases. Ningún arte adivinatoria, como la cartomancia, la piroscopia o la lectura de los posos del café, le servían de referente. Sólo le quedaba claro que la comida rápida tenía un lenguaje secreto que se le revelaba una vez que tocaba su lengua y ésta, como una adivina ciega, dictaba a su cerebro lo escrito en los sabores que percibía.

Tenía, sin embargo, una estrategia para asegurarse de qué restaurante debía visitar: guardaba un ayuno de doce horas en plena vigilia. Así, quien sepa lo difícil que es evitar la cena de Nochevieja y ver pasar la madrugada con el estómago vacío, puede imaginarse lo que sentía Arteaga cuando se sentaba descalzo al pie de su cama y se esforzaba por visualizar los arcos dorados de McDonald’s, la estrella sonriente de Carl’s Jr. o la hamburguesa bicolor de Burger King. Por lo regular, al filo del alba se enteraba dónde tenía que comer, le decía a Bianca que iría a la primera misa del año y salía de casa.

Pero durante la madrugada del primero de enero del 2005, recostado junto a Bianca, notó que algo extraño sucedía a su don. Era la primera vez que recibía el Año Nuevo en la casa de sus suegros, en El Paso y, a pesar de que había cumplido con su ayuno como en los años anteriores, no podía concentrarse sobre dónde debía ir a comer.

Poco después de las tres de la mañana se preguntó si quizá la diferencia horaria que había entre aquella ciudad y San Luis Potosí interfería con los logos, o si tendría que cruzar hasta Juárez y meterse a un restaurante de comida rápida de su país, o si acaso debería evitar ese año su ritual y reanudarlo el siguiente de manera idéntica para no estropearlo durante el resto de su vida. Se quedó pensando en la última opción, y al final la descartó porque enfrentar el año sin saber qué sucedería representaba demasiados riesgos: la hipoteca de su casa aumentaría a partir de enero, se acercaba el primer pago programado de su coche y además, poco a poco, su esposa y él se hacían a la idea de tener un hijo.

Abrió bien los ojos y permaneció atento al ruido del viento que provenía del desierto hasta que amaneció.

A eso de las ocho, su esposa sintió cómo se incorporaba en la cama y le dijo que por ahí no había ninguna iglesia cerca. Él le aclaró que sólo daría un paseo.

–¿Con este frío?

Arteaga asintió. Aún no sabía a qué maldito restaurante tenía que ir.

 

Josué Sánchez - No se trata del hambre 2

Caminó cincuenta minutos desde Nordstrom hasta el Desert Boulevard North y cuando atravesó los cuatro carriles de la interestatal 10 se le ocurrió que debía de parecer un vagabundo o un suicida a los ojos de los conductores que pasaban zumbando junto a él. Pero no le importó, porque a medida que se acercaba al centro comercial Maverick, lo obsesionaba la idea de que aquel vacío que sustituía a los logotipos de hamburguesas se trataba de otro tipo de augurio que aún no llegaba a comprender. De todos modos, si en ese momento alguien le hubiera advertido que, a partir de ese día, cada detalle que conociera de su futuro lo pagaría con creces, no lo hubiera creído.

Cuando cruzaba el estacionamiento del centro comercial, la ansiedad por no saber a dónde ir lo distrajo lo suficiente como para que casi lo embistiera una Silverado. Aunque fue esa cercanía con la muerte, el rechinido de las pesadas llantas a menos de un metro de él, los pitidos del claxon y los gritos del conductor lo que hizo aparecer en su mente la estrella de Carl’s Jr.

Se sintió aliviado e ignoró al gringo de la camioneta que seguía gritando mientras se alejaba, y se dijo que era su día de suerte cuando descubrió la estrella de bordes rojos elevándose al otro lado del centro comercial.

Al entrar al restaurante notó un tufo mezcla de cloro, grasa, cerveza y sudor, y trató de evitar la mirada de los demás clientes dispersos entre los gabinetes y las mesas. A medida que avanzaba, supuso que más de uno había recibido el Año Nuevo dentro del lugar.

En el mostrador pidió una Western Bacon Cheeseburger, unas papas crisscut con tocino cubiertas de salsa de queso y cerveza Budweiser y una orden de zucchini frito acompañada de una Fanta de fresa grande. Un anciano detrás de él dejó escapar un silbido y le preguntó si en realidad pensaba comer todo eso.

Arteaga se volvió y le pidió que por favor repitiera lo que había dicho. No entendía tal comentario de otra persona que también comía en Carl’s Jr. El anciano carraspeó, repitió la pregunta y continuó en español:

–No es asunto mío, pero no es cosa de diario que alguien pida ese tipo de órdenes. –Se excusó por un momento y pagó un café al dependiente–. ¿Para qué quieres saber tu futuro?

Arteaga sintió una especie de escalofrío al escuchar esta última frase. ¿Qué sabía de él aquel viejo? Nadie podía deducir el propósito de su orden con sólo verla.

El anciano notó su reacción y, anticipándose a las siguientes preguntas como si estuviera harto de escuchar- las, lo invitó a sentarse en una mesa cercana.

–El precio. Nunca sabes cuál será.

Arteaga no estaba seguro de qué responder y buscó al dependiente con la mirada para que, con alguna seña o gesto, le confirmara que el tipo aquel estaba loco.

El anciano se dio cuenta de esto también.

–Míralo tú.

Extendió su mano izquierda sobre la mesa y la giró despacio para que Arteaga apreciara el detalle con el que había sido moldeada la palma de propileno.

–Después de un tiempo es difícil saber dónde debes comer, ¿verdad? Es una advertencia. Yo una vez, por ejemplo, forcé tanto las visiones que me confundí y terminé en un Whataburguer, ¡un Whataburguer! –Se inclinó sobre la mesa esperando una risa, pero al ver que Arteaga no entendía el chiste, agregó–: Eso que te dejaba saber tu futuro comienza a cobrarte. Nunca sabes qué te quitará.

Alargó la mano buena para tomar el café y el muchacho notó cómo asía el vaso con el dedo pulgar y el índice, los únicos que conservaba.

En cuanto llegó la orden, el anciano se despidió con un movimiento de cabeza y salió del Carl’s Jr.

Arteaga intentó comer, pero no podía hacer a un lado las advertencias que acababa de escuchar. Se miró las manos y las sustituyó en su cabeza por un par de muñones. Al instante chasqueó la lengua porque, pensándolo bien, el viejo podía ser uno de esos veteranos de guerra que había visto en las películas y que, por alguna razón, iban por ahí perturbados y soltándole cosas terribles a la gente.

Respiró hondo, mordió su Western Bacon y se concentró en el sabor.

Josué Sánchez - No se trata del hambre 3

 

Al año siguiente, durante la madrugada del primero de enero de 2006, Arteaga se mantenía despierto lavando los platos de la cena de Año Nuevo.

Había vuelto a guardar ayuno y un hilo de sudor frío le recorría la espalda.

Volvió a escuchar la voz del anciano que conoció en la frontera, «nunca sabes qué te quitará», y no pudo evitar el recuerdo de la noche de hacía seis meses, cuando un doctor le informó que su esposa acababa de perder el producto. «El producto», así lo había dicho ese hombre acorazado tras su bata blanca. De pronto, se sorprendió dándole vueltas una vez más a la idea de que el aborto había sido el precio por enterarse de que tendría que vender su Clío si no quería retrasarse más con los pagos de la hipoteca.

Se dejó caer en una silla y trató de imaginar qué pasaría si ese año renunciaba a saber su futuro. Durante su juventud, antes de que descubriera su don, se había dejado sorprender por el día en que su padre los abandonó, la ruptura con su prometida y una larga temporada de desempleo que lo obligó a volver a casa de su madre. Si el resto de la gente iba por la vida sin conocer su suerte, no veía por qué él no podía vivir así otra vez.

Observó los restos de un pastel de frutas dispuesto sobre la mesa de la cocina. Sólo tenía que probarlo para romper el ayuno. Alargó la mano, se sorprendió sonriendo y, antes de rozar el postre, pensó en Bianca. No podía arriesgarla a ella.

Horas después, llegó al crucero de la avenida Muñoz y avanzó por los carriles con los ojos cerrados. Justo como esperaba, el ruido de un claxon, el calor de la parrilla de un autobús a poco más de un palmo de su cara y los gritos del conductor le mostraron la imagen de un par de arcos dorados.

Después de comer en McDonald’s se arrepintió: el sabor acaramelado de la cebolla, la cubierta crujiente de las papas y los doscientos gramos de lo que pasaba por carne untada de mayonesa y mostaza, le revelaron que ese año, en algún momento, su esposa lo iba a abandonar.

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Hasta inicios de febrero la revelación le pareció inconcebible. Se dijo que quizá no había entendido bien lo que leyó en los sabores de la hamburguesa. No había más. Aunque la duda seguía ahí y se convirtió en un sueño recurrente donde su esposa aparecía durmiendo sobre la punta de un alfiler.

Cuando Arteaga tenía aquellos sueños, despertaba envuelto en una calma que lo hacía sentir culpable. ¿Por qué no podía, al menos, llorar la inminente partida de su esposa? Y aún quedaba el asunto de cómo pagaría el saber que lo iba a abandonar.

Aquel año habría resultado más fácil si, desde el principio, hubiera sabido que ese algo o alguien que le revelaba su futuro le había jugado una broma y que la muerte de Bianca era, al mismo tiempo, el pago por saber que lo dejaría.

Los meses siguientes, Arteaga siguió dando sus clases de inglés y su esposa continuó con sus trabajos freelance desde casa. A medida que avanzaban los días, él sentía la necesidad de convencerse de que Bianca seguía ahí, en su estudio, en la habitación que compartían, en la sala. Pero la sensación que comenzaba a crecerle dentro del pecho no cedió: a cada hora que tenía la conciencia de que seguían juntos, el abandono tomaba la forma de una membrana que se esparcía como un cáncer, echando raíces, nódulos, linfomas, hasta habitar su cuerpo entero.

Creyó que un viaje podría contener aquella sensación y lo último que recordó de su esposa antes del accidente del 30 de noviembre, se fincó en la semana que pasaron en Mazatlán y en cada tarde que comieron en aquellos pequeños restaurantes de Olas Altas, a sólo unos metros del Pacífico.

Los días que siguieron al funeral hasta la noche del 31 de diciembre Arteaga los pasó como contemplándose desde otro lugar. De aquel mes, sólo logró retener un poco de las últimas conversaciones con los padres de Bianca. Aunque enseguida, aquellas palabras de consuelo que venían de El Paso se deslavaron y dejaron al descubierto su responsabilidad en la muerte de su esposa desde el día en que él se enteró lo que costaba saber su futuro.

 

La mañana del primero de enero del 2007 se dirigió al Burger King del centro de la ciudad.

Recibió su orden en el mostrador y se sentó en una mesa que daba a Plaza Fundadores.

Por última vez volvió a escuchar en su cabeza las palabras del viejo que conoció en la frontera: «Nunca sabes qué te quitará».

Más allá del ventanal, la explanada de la plaza estaba llena de basura de la noche anterior: vasos con restos de cerveza, botellas rotas, envolturas de comida, un rastro de confeti.

Qué sabía aquel gringo sobre perder cosas.

Mordió la hamburguesa, se concentró en la ráfaga de sabores y se vio a sí mismo desnudo entrando por aquella boca invisible que se abría cada primero de enero y escuchó las palabras que se desprendieron de sus huesos, sangre y músculos mientras eran triturados.

Y al saber que iba a morir, sonrió y le dio otra mordida a su Whooper Angry Rodeo Burger con aros de cebolla, jitomate, salsa BBQ, tiras de tocino, mostaza, cátsup, mayonesa, jalapeños y pan de ajonjolí.

*     *     *

 

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Josué Sánchez (Córdoba, 1989)

Ha publicado el libro de cuentos En el pabellón de las dieciséis cuerdas (FETA, 2015) y diversos relatos en revistas mexicanas. Participó en el programa «¡Al ruedo: Ocho talentos mexicanos!», en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018. El presente cuento es parte del libro No se trata del hambre (Edhasa-Castalia, 2019), ganador del XXIX PREMIO TIFLOS DE CUENTO.

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