Pero algún día también el brillo claro (relato de la despedida de mi padre, Gerd Jansen)

Dorte Jansen ha escrito un relato valiente y directo: sus ornamentos, sus símbolos y metáforas, son los que la propia vida nos pone delante, demasiado tarde para aprender algo de ellos. Al leer esta narración, confirmamos que recordar es una acción poética en sí misma. 

 

Dorte Jansen

 

La primera vez en mi vida que conocí a un muerto, me hubiera gustado que no fueras tú. Aún eras muy joven. Y yo también. Ahora no estarás en mi graduación, ni en mi boda. Ya no conocerás a tus nietos ni ellos a ti. No estaba preparada para eso; creo que uno nunca está preparado para eso. ¿Cómo te habrás sentido en los últimos momentos de tu vida? Me gustaría saberlo; paso tiempo pensando en ello. Hoy, sentada sobre el césped que te rodea, entre rosas y yedra, te quiero contar cómo viví tu muerte.

Elegiste un lunes, el 27 de octubre de 2003. Era un día escolar normal, pero mi clase empezaba a las nueve en lugar de las ocho. Klaudia iba a regresar en la tarde de su excursión del fin de semana. Mario ya se había ido a la escuela y tú, quizás recuerdes, estabas ausente porque llevabas varias semanas en el hospital para gente que no piensa como los demás. Me encontraba sola en la cocina, desayunando y leyendo el periódico, cuando sonó el teléfono. “¿Tan temprano?” Contesté y escuché una voz femenina: “¡Buenos días! Estoy llamando desde el hospital psiquiátrico de Ilten”. Me asusté. Pensé: “han tenido que alejarlo del techo porque quería volar.” No era normal que nos llamaran. Seguramente te había pasado algo.

—¿Está la señora de la casa?

—No, no está. Estoy sola. Soy la hija. ¿Ha pasado algo?

—Lo siento mucho. Tengo que decirle que su padre ha tenido un paro cardíaco.

—¿Qué dice? ¿Cómo está?

—Dije que tuvo un infarto y queremos saber si ustedes van a llamar a la funeraria o si desean que lo hagamos nosotros.

¿Muerto? ¿Mi papá? ¡No era posible, si ayer había hablado con él y estaba todavía muy vivo! Se trataba solamente de una confusión.

—¿Hola? ¿Está allí? Necesito saber si usted se encargará de llamar a la funeraria o si prefiere que lo hagamos nosotros.

—No lo sé… No lo sé…

Mi voz temblaba y mi mano también. Era difícil mantener el teléfono.

—¿Está usted bien? ¿Hay alguien cerca que le pueda ayudar?

—Sí, está mi abuela.

—Siento mucho que sea usted la primera en enterarse. ¡Que tenga un buen día!

¿Buen día? ¡AYUDA!

Bajé las escaleras lo más rápido posible. Toqué el timbre de mi abuela. “¡Abre! ¡Abre ya!” Abrió. “¡Dios mío, hija! ¿Qué te pasa?” “Abuela, papá está muerto.” “¿Muerto? ¿Cómo?” “Sí, abuela. ¡Muerto! Me llamaron del psiquiátrico. Tuvo un infarto. Se le paró el corazón.” “¿Qué dices? ¿Es posible? ¡Ay, pobrecita! ¡Entra a la casa!” Cerramos la puerta. Abuela actuó rápido: me sentó en el sofá, fue por un vaso de agua, regresó, se sentó, tomó mi mano, la dejó, se levantó, fue al baño y regresó.

—Tienes que ser muy fuerte. ¿A quién podemos llamar? —me preguntó.

—No lo sé, tal vez a su mejor amiga, Claudia.

(Por casualidad, se llamaba igual que mamá, pero con “c” en vez de “k”. Eso siempre causaba confusión en la casa. Klaudia no estuvo menos sorprendida y confundida por la noticia).

—Papá ha muerto —le dije.

—¿Quién? ¿Mi papá?

No reconoció mi voz.

—No, mi papá. Soy Dorte.

—¿Dorte? Pensé en el primer momento que eras mi madre y que mi padre estaba muerto. ¡Santo cielo! No es posible. ¿Gerd? ¿Mi querido Gerd? ¿Dónde estás?

—Con mi abuela.  

—Voy para allá.

Colgó. No tardó ni quince minutos en llegar. Me tomó en los brazos: “Ay Dorte, ¿qué vamos a hacer sin tu papá? ¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos? Quiero estar cerca de él. Deberíamos ir a verle.” Tu suegra se interpuso: “No creo que sea buena idea. Usted no es su esposa. Le toca a mi hija ir primero.” ¡A quién le importaba eso ahora! ¿Qué caso avivarían ahora esas hostilidades? Había muerto mi padre. Yo era tu hija y también quería ir a verte.

Sin pensarlo más, nos fuimos. Llegamos al lugar de la desventura. Sentía por todos lados las miradas compasivas: “¡Ahí va la pobre que perdió a su papá!” Claudia y yo buscamos primero tu cuarto, pero ya no estabas. En vez de ti nos topamos con tu compañero Rainer. Me dio la mano diciéndome “mis condolencias”. ¿Así que era verdad? Alguien más ya lo sabía. Quise retirar mi mano como si de esa manera pudiera esquivar una vez más la realidad.

Apesadumbrado, Rainer empezó a contar: “Yo pasé con Gerd sus últimos momentos. Untitled designComo a las tres de la mañana me despertó un ruido extraño. Cuando vi que era Gerd y que no podía respirar, llamé inmediatamente al personal y ellos a la ambulancia. Empezaron con la reanimación aquí en el cuarto, en esta cama. Hicieron todo lo posible, pero ya era tarde. Al parecer, el infarto fue fulminante. Lo bueno es que así no tuvo que sufrir tanto. Tal vez sea un consuelo para ti, aquí está una foto reciente de tu papá. Ayer me la enseñó orgullosamente. Me comentó que había ido a un fotógrafo profesional solamente por su hija.”

Tomé la foto en mi mano y eras tú como yo te quería recordar: sonriente y positivo, con el dedo pulgar hacia arriba. Llevabas el gorro que un día habíamos encontrado en una silla de McDonald’s y también la playera que te había traído de mi viaje a Londres. En ella decía: “My daughter went to London and all I got was this lousy t-shirt.” Dejaste esos recuerdos tuyos ¡como si lo hubieras sabido!

En tu mesa de noche estaba tu diario. Escribías maniáticamente. Querías escribir un libro y compartir con el mundo entero cómo se sentía vivir con tu enfermedad. Ya no pudiste cumplir ese deseo. Pero sí tuviste dos hijos y plantaste muchos árboles. Te encantaba el jardín, nuestro jardín, donde me hiciste pasar una infancia feliz rodeada de flores y árboles. Gracias a ti aprendí a apreciar la naturaleza y la literatura. En el momento en que quise adueñarme de tu libro inconcluso, entró la directora del psiquiátrico diciéndome las mismas palabras que Rainer: “Mis condolencias”. Y luego: “Me imagino que vinieron a ver el cadáver. Es mejor para aceptar la ausencia del muerto.” Ella lo tenía que saber, ella era “la especialista”.

Nos llevó a otro cuarto donde yacías tú en una camilla, cubierto por una sábana blanca. Perdóname si me asusté al verte, pero eras el primer ser humano muerto que veía. En tu cara resaltaba la impronta de las mangueras empleadas por los paramédicos en su intento por resucitarte; tus ojos estaban cerrados y tu boca abierta; tu pecho estaba quieto y el resto de tu cuerpo inerte, seguramente frío. No me atreví a tocarte, no quería hacerte daño. Lo sentía. La imagen de tu cuerpo muerto me dolía de una manera imposible de narrar.  

Regresamos a la casa. La noticia ya se había divulgado. Klaudia había vuelto del viaje y al verme se me acercó para reprocharme: “¿Por qué no me avisaste antes?” ¿Acaso no se me ocurrió? Pero, ¿qué demonios esperaba? ¿Que, aun sabiendo que había salido de viaje con su nuevo novio, la llamara para anunciarle la muerte de su marido? No tenía ánimos de ser hipócrita.   

¡Deberías haberla visto! Esa noche lloró como nunca, pero no por tu muerte, sino porque pudo mirar una verdad terrible: se enfrentó a la pregunta “¿quién llorará por mí cuando esté muerta? ¿Quién me quiere a mí?” Esa misma noche me abrazó demasiado fuerte como si así se pudieran recuperar los años sin expresiones de afecto. “Te quiero”, me dijo y me apretó más. “¡Recuerda todo lo bonito que hemos vivido juntas, tú y yo!” La empujé violentamente: “¡No, no recuerdo nada, Klaudia!” Le dolió escuchar su nombre. “¡Quiero a mi papá! ¡Quiero que regrese él!” ¿Por qué tenías que haber muerto tú?

Al día siguiente, tu esposa me dijo: “Ahora tenemos que limpiar mucho. Seguramente llegarán más visitas.” La limpieza era su mayor preocupación, como si con eso se pudieran borrar los remordimientos. ¡La odiaba! Tenía la facilidad de organizar tu funeral como si fuera una fiesta de cumpleaños. ¡Odiaba al mundo injusto! ¿Por qué los buenos siempre se iban primero? Quería gritar y me volvía injustamente más agresiva contra ella. Intentaba ganarme preparando mis platos preferidos, y usurpaba esa tarea que había sido tuya. Pero la comida estaba quemada y además yo no tenía apetito. Ella intentaba reconciliarse conmigo al incluirme en las decisiones de tu entierro. Yo no quería pensar en eso, sólo quería estar contigo. Finalmente accedí y escogí el color de tu urna y las canciones del velorio. Más tarde, me volvió la responsable de tu tumba, de tu lecho eterno.  

Era un día gris de principios de noviembre. Era el día y la época ideal para un entierro. Por este detalle sé que viviste un verano feliz en nuestro jardín y te ahorraste el programa triste de la tele en invierno. De camino al cementerio tuve que compartir el coche con Klaudia y Mario. Me sentía más sola que nunca. Era como si me dirigiera a mi propio entierro. En la familia nadie compartía mi tristeza porque para la mayoría sólo eras un loco que por fin había sido liberado de su enfermedad. No podía creer que hasta Mario lo hubiese dicho: “Mi padre sólo era un loco.” Cuando al fin llegamos a la pequeña parroquia, la gente nos saludaba con las palabras metálicas de antes: “mis condolencias”. Esas mismas palabras sonaban como hojas de cuchillos asestándote los últimos golpes mortales. Yo te defendía: “No, mi padre no está muerto.” Quería huir de aquel evento tan triste que para Klaudia parecía ser un divorcio alegre. Ya no necesitaba ocultar la relación con su nuevo amor. ¡Al fin estaba libre! ¿Y yo? Yo tenía ganas de llorar, pero no podía porque mis ojos ya estaban cansados.

Entraron todos en la sala adornada: velas en todas partes; en medio, un altar con tu foto ampliada al lado de unos girasoles, y luego, junto a la salida, el ataúd de roble que contenía tu cuerpo. (Te quedaban bien los girasoles porque son flores robustas cuyas semillas son nutritivas y útiles. Te gustaba hacer regalos pragmáticos). Había dos grupos de bancos separados por un pasillo. La familia completa ya se había sentado del lado derecho y los bancos estaban repletos. Nadie me había guardado un lugar, ni mi mamá. Entonces me tuve que sentar en un banco vacío de la izquierda. Me consolaba el hecho de estar en frente de tu foto y de ti. Claudia, quién más, se sentó a mi lado para acompañarme y compartir conmigo la pena. Mi abuela, que había observado la escena, se sentó en seguida al lado derecho para marcar una vez más el territorio familiar. La ceremonia comenzó y tocaron nuestra canción. Pensaba que ya no tenía ni una lágrima, pero al escuchar las primeras notas de Peter Maffay, volvieron a brotar. Todavía ahora, cada vez que  escucho las tres canciones, tengo un escalofrío y se me mojan los ojos. Me hacen verte con más claridad:

Über sieben Brücken musst Du gehn
sieben dunkle Jahre überstehn
sieben mal wirst Du die Asche sein
aber einmal auch der helle Schein
Siete puentes tienes que atravesar, 

Siete años de oscuridad que aguantar,

Siete veces serás ceniza

Pero algún día también el brillo claro.

 

Siempre decías que no eran siete puentes los que teníamos que atravesar sino mil. ¡Tan pesada y difícil te parecía la vida cuando tenías una depresión! Estabas encerrado en un callejón sin salida y tus ojos reflejaban ese gran vacío. La segunda de ellas es una canción popular alemana del siglo XIX:

 

Die Gedanken sind frei

Wer kann sie erraten?

Sie rauschen vorbei

Wie nächtliche Schatten.

Kein Mensch kann sie wissen,

Kein Jäger sie schießen.

Es bleibet dabei:

Die Gedanken sind frei!

Los pensamientos están libres

¿Quién los puede adivinar?

Pasan volando tan rápido

Como sombras nocturnas

Ningún hombre puede saberlos

Ningún cazador dispararles.

Es como hemos dicho:

Los pensamientos están libres.

Hoy, igual que antes, si una persona dice algo que no está de acuerdo con las normas, le ponen el nombre de loco. ¿No está más loca aquella persona que dice que no lo está? La última canción de las tres es de R. Kelly y la tocaron cuando la gente se estaba despidiendo de ti y ya iban saliendo de la parroquia:

I believe I can fly
I believe I can touch the sky
I think about it every night and day
Spread my wings and fly away
I believe I can soar
I see me running through that open door
I believe I can fly
Creo que puedo volar
Creo que puedo tocar el cielo
Pienso en ello cada noche y día
Extenderé mis alas y volaré lejos
Creo que puedo elevarme
Me veo corriendo a través de la puerta abierta
Creo que puedo volar

Siempre querías volar y tocar el cielo. Al fin pudiste liberarte de tu enfermedad. Nos dejaste solos a Malte, a mamá y a mí. Allí, al lado de tu cuerpo muerto, por primera vez, los tres unidos, nos abrazamos como nunca antes y como nunca después se volvería a repetir. Sentíamos un gran peso; más que nada en ese instante, sentíamos la gravedad de tu muerte.

¡Papá! Pero sólo son lágrimas que se van a secar. No te preocupes por mí, estoy bien. Afortunadamente, lo más importante me lo enseñaste antes de irte: me enseñaste lo que significa la palabra “familia”. ¡Si sólo no te extrañara tanto! ¿Recuerdas que antes te traía playeras de mis viajes? ¡Mira! Esta vez te traje una piedra desde Italia. ¿No es bonita? Sabía que te gustaría. Es el único favor que te puedo hacer ahora. ¡Mira! También le puse tu nombre: Gerd Jansen. Aunque no estás, te siento cerca. Sé que mientras te recuerde no morirás.

Relato - Dorte Jansen

 


Dorte Jansen (Hannover, Baja Sajonia)

Investigadora de teatro, dramaturga y traductora. Actualmente estudia el doctorado en Letras Mexicanas en la UNAM con una tesis sobre dramaturgas mexicanas. Ha escrito obras de teatro para niños y adultos.

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