El doctor

El cuento de Eduardo Cerdán es un recorrido por los mágicos territorios del México profundo. Al introducirse en sus paisajes rurales, descritos con precisión y lirismo, el lector se sumerge también en una elocuente visión del mundo donde nuestras nociones de lo bueno y lo malo son completamente estériles y ajenas.


Eduardo Cerdán

A mis padres

 

Ayer fui con el doctor Rodolfo porque sin querer me macheteé un pedazo de dedo mientras estaba en la milpa. Por acá la siembra parece elevarse casi al ras de las nubes, que están siempre esponjadas y amarillas como el elote. Uno que es chaparro se siente bien poquita cosa cuando ve para arriba. A veces sueño que me quedo atrapado ahí de noche: estoy busque y busque la salida, pero nomás no la hallo. Veo hacia arriba y pura sombra, pura siembra crecida como un ejército de monstruos. A lo lejos se ve un circulito insignificante: es el cielo negro, negro, con algunas estrellas salpicadas. Grito para ver quién me ayuda y nada que me oyen. Ando con la angustia atravesada en el cogote y me arde la panza como si trajera adentro al infierno con todo y diablos. En eso me despierto empapado de sudor, oliendo feo. Y como me muevo mucho, mi mujer me regaña, «¡Indalecio!», y me manda a cambiarme la playera.

Pero el caso es que ayer venía abriéndome paso con el machete porque no había por donde caminar. Tengo la mala maña de mover mucho las manos: mientras con la derecha sacudía el machete, movía la izquierda formando círculos en el aire como si llevara un escudo de mentiritas. Así venía yo de pendejo y en eso, quién sabe cómo le hice, me di un guamazo con el filo del machete en el índice de la izquierda. Comenzó a arderme y sentí caliente, caliente. Bajé la mirada al piso y ahí estaba el cacho de dedo pintado de rojo. A mí me da hartos nervios la sangre, así que en cuanto vi aquello se me empezó a nublar la vista. Como sentí que me iba a caer, le grité a mi cuate el Toño:

—¡Compa! —le digo—. Véngase a ayudarme, que ya me chingué el dedo.

Y aquél, bien buena gente, fue a ayudarme luego luego. Después de amarrarme el dedo con una de sus agujetas, me llevó a la clínica en una troca que nos prestaron los patrones, en la que me senté con la mano salida por la ventana para que no fuera yo a embadurnar el interior de rojo.

Cuento Eduardo Cerdán

Antes de llegar a la clínica, Toño le pidió a una señora de las que venden jugos una bolsa de plástico para que me la amarrara yo en la muñeca. Todo lo que sangrara se iba a quedar ahí adentro.

Entramos con el doctor. Me recibió pronto porque era una emergencia, no me fuera a dar el supiritaco por desangramiento. El doctor Rodolfo es bien a todo dar. Hay quienes dicen que es muy alzado, que ve a los demás para abajo como sintiéndose mucho, pero a lo que soy yo nunca me ha hecho ninguna grosería; al contrario: siempre se ha portado amable y hasta me ha llegado a pedir consejos.

—¿Y la otra parte del dedo? —me preguntó.

—Híjole, doctor. Se quedó allá en el maizal. Si quiere la mando traer, pero nada más le aviso que va a tardar sus horas.

Se rió, me dijo que no y se puso a curarme. Tiene mano suave, lo bueno. Siento que me estima porque, lo que sea de cada quien, mi mujer y yo siempre lo hemos ayudado para las cosas que no enseñan en ninguna escuela de la ciudad. Y cómo no, si desde chico he estado tocado por lo que no todos alcanzan a entender porque mi mamá fue bruja, pero de las buenas. ¡Le di una lata…! Desde antes de nacer le saqué canas verdes las cuatro veces que me desaparecí de su vientre. Ella era muy de ir a misa y toda la cosa. Una vez hasta ayudó en el exorcismo de un muchacho que se retorcía peor que una lagartija. Palabra que sí, yo mismo lo vi. Y por si eso fuera poco, me casé con la Chepa, que es muy conocida por sus curadas de espanto y de empacho; pero, más que por eso, la conocen porque ella ve cosas que uno no ve. Por eso me casé con ella: porque sabe lo que soy y me entiende, no me juzga.

Cuando conocimos al doctor Rodolfo, íbamos los dos: Chepa y un servidor. Estaba él dando consulta, por lo de nuestro bebé, y en eso Chepa lo interrumpió:

—Ay, perdóneme, doc, pero es que por la niña no me puedo concentrar en lo que usted dice.

—Ah, caray. ¿A poco ya sabe que va a ser niña?

—¡Bueno fuera! No, digo de la que me está hablando ahorita.

—No la entiendo, doña Chepa. ¿Escucha voces?

—Sí, doctor.

—¿Muy seguido?

—Sí, doctor.

—¿Y qué le dicen?

—Pues muchas cosas.

—Necesito que me diga lo que recuerde. Es importante porque puede tratarse de esquizofrenia.

—¡Ya ni chinga usted, doctor!… Con todo respeto. ¿Me está usted diciendo loca?

—Oiga, no sea grosera. Y no, no le estoy diciendo loca. Nada más quiero que me cuente qué le dicen esas voces. Total que ya ni me dijo de qué niña hablaba.

—¡Ay, doc! ¡Pues de Alina!

El doctor se puso blanco, blanco. Casi me pongo a echarle aire. Resulta que esa tal Alina era la hija del doctor, la hija suya que nació muerta hace siete años y a la que mi Chepa veía como de carne y hueso, crecida del vuelo de una niña de primaria y encaramada en la silla de su papá.Cuento fantástico

A partir de esa vez nos volvimos más unidos. También nos unió la desgracia porque él, ¿pues quién más?, fue el que atendió a Chepa cuando perdió al bebé. Ahora somos sus únicos amigos de toda la zona, que abarca cinco comunidades. El doctor Rodolfo es de la capital: allá tiene su casa y todo, pero nada más está con su esposa los fines de semana porque de lunes a viernes se queda a dormir en el cuarto de la clínica, con el gato latoso que adoptó y que intenta protegerlo en las noches.

La cosa se puso mejor a los pocos meses, cuando nos visitó bien preocupado para contarnos que, una noche, él venía en un caminito que está bien solo y de pronto oyó pasos pegaditos a los de él que sonaban al mismo tiempo que los suyos. Si se detenía, se dejaban de oír; si seguía, aquéllos también.

Yo, chitón. La Chepa le dijo que eso le pasaba porque no lo habían curado de espanto. El doctor se echó la gran carcajada porque él, tan leído, no creía en eso. Pero mi mujer es rebuena para convencer a las personas, ¡no digo si no! Cuando vi, ya lo tenía sentado y estaba haciéndole un montón de cosas. Agarró dos frascos: tomó un poquito del menjurje de uno de ellos y lo untó en los pulsos del doctor. Bebió otro poco de la segunda botella y se lo escupió en el cuello. Después lo tomó de las muñecas y, jalándolo hacia ella con fuerza, le gritaba al oído:

—¡Rodolfo, ven!

Cerraba los ojos, parecía loca.

—¡Rodolfo, ven!

El pobre doctor nada más la veía.

Chepa repitió esto dos veces más y luego lo dejó en paz. Le regaló un té y le recomendó que no se bañara hasta el otro día, para que en la noche sudara el espanto. Váyase a saber si hizo caso…

Ayer, después de que ya estaba yo curado, el Toño se regresó para la milpa.

—Bueno, muchachos. Yo los dejo porque hay que chambear. Con su con permiso.

Ya a solas, el doctor aprovechó para hablarme de sus novedades:

—Mire, Indalecio, le voy a contar lo que ha estado pasando. Se me hace que voy a necesitar de usted y de su esposa. Fíjese: desde hace unas noches hay algo que viene a mi cuarto de la clínica. No sé qué es y la verdad me da mucho miedo. Llega en las madrugadas, justo a las tres y media de la mañana.

—A ver, a ver… Ya me perdí. ¿Cómo que algo lo visita? ¿Qué es o qué?

—No sé, Indalecio, no sé. Voy a describírselo porque le tengo confianza y porque ya sé que no me va a tirar a loco. Con esa familia suya…

—¡Eso es todo, mi doc! Conmigo nada de vergüenzas.

—Pues es una cosa bien rara. Haga de cuenta un chango. Un chango chaparro que me ha de llegar por acá, mire, más o menos. Nunca alcanzo a verle la cara porque me pongo helado de miedo, pero sí he visto su mirada roja y brillante. Tiene una cola larga, enroscada, y todo él es negro, muy negro, y gordo: parece que está panzón de pura calamidad. Lo peor de todo es que lo veo ¡adentro de mi cuarto! Imagínese usted que de pronto está durmiendo muy quitado de la pena en su recámara, se despierta y ve en el rincón, en medio de las sombras, a semejante cosa. Para morirse del miedo, ¿no? El gato de la clínica, que duerme sobre mi cama, quiere echarle bronca, pero le gana el miedo. No sé qué sea, Indalecio. ¿Usted qué cree?

Le di la vuelta y quedé en que le diría a Chepa para ver qué recomienda. La verdad es que desde ayer eso me tiene muy mal, ni siquiera el dedo macheteado me trae tanta pena. También me siento culpable porque pude haberle ahorrado la zarandiza por la curada de espanto, pero no me atreví a decirle a Chepa. Ella tampoco sospechó, a lo mejor no me cree capaz de ir por él.

No me gusta ser yo quien le ocasione tanto susto al doctor. Dice él que lo visita un chango. ¡Ora chango! Me han dicho de todo desde que me volví nahual, pero ¿chango? Lo he seguido varias noches a partir de que lo conocí, para conocer su rutina, y desde hace tres madrugadas entro a la clínica porque no puede uno llegar de buenas a primeras y escabechearse a la gente nomás así. Todo tiene su método, ¡ni que fuéramos qué! A mí no me hace gracia eso de echarme al doctor, pero uno, para cubrir la cuota, tiene que hacer de tripas corazón. A mí el doctor se me hace un alma muy, muy buena. Mi mamá decía que el que pierde a un hijo antes de arrullarlo se gana tantito cielo. Yo ya me condené, ¿verdad?, y no voy a alcanzar nada de eso, pero me consuela que él sí. Palabra que lo estimo, por eso me va a costar trabajo darle cuello. Pero ni modo: es lo que me toca. Nada más espero que al rato, cuando dé la hora, el doctor no reconozca mi dedo mocho en la oscuridad.

Abril de 2015

 

Cuento Eduardo Cerdán


*Este cuento forma parte del libro Pasos en la casa vacía (en prensa). Una versión anterior se publicó en Punto en Línea, núm. 57, agosto-septiembre, 2015.


Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995). Narrador y ensayista, es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde imparte clases. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Confabulario de El Universal, La Jornada Semanal, Letras Libres, Literal, Crítica y La Palabra y el Hombre. Cuentos suyos aparecen en varias antologías, entre las que destacan: Latinoamérica en breve (UAM-X, 2016), Dejar huella. Perros de papel, de la memoria, de la imaginación (Ediciones Cal y Arena, 2017) y Desierto en escarlata. Cuentos criminales de Ciudad Juárez (Nitro/Press, 2018). En 2015 fue becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa. Parte de su trabajo académico y literario se ha traducido al inglés y al francés. Está a cargo del Taller de Creación Narrativa de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, fue editor de narrativa en Cuadrivio y actualmente es jefe de redacción de la revista Punto de partida de la Dirección de Literatura de la UNAM. En 2019 se publican sus libros de cuentos Pasos en la casa vacía y Los niños vuelven de noche, este último en el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s