Más allá de Bosco y Mr. Whiskers: sobre Las Voces (Marjane Satrapi, 2015)

“Las voces” encara con valentía las hipocresías de nuestro entorno. Para ello, se adentra en el alma de su protagonista: nos muestra sus momentos más nobles y nos deja burlarnos de los más absurdos. Lo que descubrimos ahí dentro es difícil de definir: hay sombras y luces; risas y cantos de ángeles que nos guían a nuestro final.  

Héctor Rojo

 

Jerry.— ¿Te gustan las trivias?

Fiona.— Sí, ¿por qué?

Jerry.— Tengo una buena. Veamos… hay un montón de ángeles en la Biblia, pero sólo cuatro de ellos tienen nombre, tres de los cuales son Miguel, Rafael y Gabriel, ¿quién es el cuarto?

Fiona.— No te estás poniendo religioso conmigo, ¿verdad, Jerry?

Jerry.— No, esto… eh… esto es divertido; vamos, adivina: ¿quién es el cuarto?

Fiona.— No lo sé… ¿el ángel Freddy?

Jerry.— Oh no. No es Freddy. Tú lo conoces. Tú sabes su nombre, te lo prometo. Estás olvidando un detalle. Estás olvidando que él es un ángel.

 

Existen pocas cosas más placenteras que inclinar el delicado equilibrio sobre el que descansa la normalidad de nuestras vidas. De vez en cuando buscamos medios para burlar los controles que han conformado durante milenios el funcionamiento de nuestra psique. En parte, esto explica la fascinación que provocan los desequilibrios mentales, su aparente beatitud, su virtuosismo para ciertas actividades, lo esclarecedor de algunos de sus razonamientos  o de sus intuiciones artísticas; pero, en su lado menos glamoroso, las diferencias en el comportamiento de alguien a quien se considera loco respecto del resto nos permiten observar hasta dónde la convivencia de las personas está basada en evitar e intentar corregir esos desórdenes.

Las voces (Marjane Satrapi, 2015) juega con los vaivenes de la locura de Jerry, tomando como muestra el momento que va desde su intento de reintegración a la vida social hasta su hundimiento definitivo. La película es una especie de proyección estilística de su protagonista; ambos confunden y desconciertan, pues siempre hay algo espeso moviéndose bajo su apariencia jovial. Las realidades que se muestran desde la perspectiva de Jerry crean un desenfreno de registros cinematográficos que nos llevan (con una fuerte ironía) de la estética edulcorada del kitch a las siniestras escenas de homicidios y descuartizados. En el inicio de la película, la acción se desarrolla en escenarios coloridos en donde el rosa salta aquí y allá como leitmotiv de una historia que parece encaminarse hacia una consabida comedia cursi con toques de humor. La música se alía para introducirnos en este primer despiste del que saldremos expulsados repentinamente. Uno de los elementos que señala el diálogo entre géneros es la presencia de las mascotas parlantes, ese perro bonachón llamado Bosco y Mr. Whiskers, el sombrío gato. Hemos visto hablar a tantos animales en el cine que esto no nos sorprende del todo, aunque solemos encajar mucho mejor estas característica en otro tipo de cintas. La farsa empieza a hacer acopio de recursos.Las-voces-1-704x400

Hay que prestar especial atención a los detalles que nos van mostrando algo enrarecido en el comportamiento de Jerry, como la voracidad con la que se come las sobras de pizza y de hamburguesa en dos escenas distintas. Una personalidad grotesca comienza a asomarse en ciertos elementos todavía no muy explícitos. El binomio de armonía y confusión se vuelve más consistente y significativo conforme conocemos las personalidades de Bosco y Mr. Whiskers: el compañerismo del perro se enfrenta al nihilismo cínico del gato, creando un canal perfecto para el discurso interior de un hombre que se debate entre el abandono de sí mismo y las pequeñas motivaciones que le ofrece su entorno para aferrarse a su nueva vida. Son sus mascotas quienes mejor describen la pirotecnia que habita la cabeza de Jerry.

Después de una serie de acontecimientos criminales, descubrimos que el lado luminoso que hemos visto hasta ese momento existe sólo en la mente del protagonista, quien ha desatendido las prescripciones de su psiquiatra. Al dejar de tomar sus medicamentos, Jerry percibe el mundo como un constante anuncio de televisión, armónico y alegre, aséptico incluso mientras descuartiza a sus víctimas; mientras tanto, al ingerir las medicinas, su realidad se convierte en un infierno cargado de suciedad y desorden en el que no puede conversar con sus mascotas, pues las voces provienen de sus pensamientos. Cuando vemos este mundo por primera vez, todo el sentido de la película cambia para los espectadores. Por ejemplo, al día siguiente, cuando el efecto de las pastillas ha pasado y todo ha vuelto a ser bello, Jerry saca del refrigerador la sonriente cabeza de Fiona y platica con ella, le hace mimos y le convida del cereal que está desayunando. La escena en sí misma es graciosa, pero al reparar en el hecho de que vemos una fantasía creada por la mente de Jerry y que en realidad la cabeza de Fiona está pudriéndose, todo aquello toma un cariz tétrico. De aquí en adelante lo que miremos tendrá esta doble sensación, conscientes de que la ilusión mental de Jerry oculta una realidad oscura.

El asesinato de Fiona desata la complejidad de la narración y abre un camino que desciende sin posibilidad de retorno. Hasta entonces todos los problemas de Jerry podían considerarse menores en comparación con el hecho de convertirse en un criminal, pues desde ese momento no hay manera de que su historia termine fuera de la cárcel o del manicomio. Su juventud está acabada, como ya lo estuvo su niñez, y todo lo que ocurre en adelante sólo retrasa ese final. Esta peripecia se subraya, primero, cuando Jerry deja de tomar las pastillas y, al despertar de una siesta, se encuentra con el abismal silencio de sus mascotas, con su casa llena de sangre y con la cabeza cercenada de Fiona en el refrigerador; y, en segundo lugar, por el breve idilio con Lisa (a la postre su segunda victima), que le proporcionará “el mejor día de su vida” haciéndole olvidar por unos días lo tormentosa que ha sido su existencia antes de conocer el amor. El elemento trágico en estos sucesos radica no sólo en las peripecias que nos llevan por estados de ánimo contrastantes, sino también en la sugerencia implícita de que, si hubiera encontrado antes a alguien que lo arrebatara de su soledad, quizás no habría cometido el asesinato y cabría la posibilidad de una rehabilitación. Jerry descubre que es falsa aquella afirmación de Mr. Whiskers (es decir, su propio pensamiento) de que matar es más placentero que el sexo, y esto es sin duda un síntoma muy positivo para alguien que busca integrarse a la vida corriente.

Es justo durante la breve relación con Lisa que la visión optimista de Jerry se hace más efusiva, lo que crea un contraste aún mayor con el secreto que esconde en su departamento, en donde las huellas de su crimen son perceptibles apenas se cruza el umbral.  En el cuadro formado a partir de estos dos universos, la el imaginario cinematográfico juega un papel protagónico al presentar diferentes estereotipos estéticos que proyectan las variaciones de carácter del protagonista. Estos elementos son desconcertantes no porque seamos conscientes de su procedencia heterogénea, sino porque en verdad introducen con fuerza al espectador en pequeñas burbujas románticas, cómicas, de suspenso, etc. Uno de los registros con mayor peso es el creado a partir del optimismo fantasioso de Jerry, mismo que ocupa la pantalla con la bisutería más superficial. Comenzando por el imprescindible uso del color rosa, asociado hoy con una felicidad ingenua y escapista —es de llamar la atención su uso como color institucional del gobierno de la CDMX y el arraigo cada vez más fuerte en el discurso de la moda—, Satrapi rescata la cursilería de estas producciones audiovisuales burdas; sólo que, en vez de buscar un acarreo masivo de espectadores o clientes, consigue desmontar, mediante su uso irónico, el descaro con que los directores adoptan tendencias vendedoras (a tono con sus historias convencionales) para crear auténticos comerciales disfrazados de películas. En Las Voces vemos, por ejemplo, una rebanada de pizza con un salami en forma de corazón (así lo ve Jerry, pues empieza a enamorarse), un recurso verosímil en cualquier anuncio de televisión, pero que en este filme contrasta de inmediato con la manera en que Jerry devora aquel bocado.  Héctor Rojo - Malabar editorial

El protagonista transforma su entorno a partir de su estado anímico de la misma manera en que todos lo hacemos. Es cierto que la gran mayoría de las personas no se comportan como este personaje, pero la diferencia es sólo de grado. Todo el mundo escucha voces, dice la psiquiatra hacia el final de la película para tranquilizar a Jerry, y esto, aunque no es del todo cierto, al menos entronca con la idea actual de que no sólo los locos sufren este tipo de alucinaciones: «En la imaginación popular, […] las voces alucinatorias son casi sinónimo de esquizofrenia: una idea de lo más falsa, pues de las personas que oyen voces, muy pocas son esquizofrénicas». (Oliver Sacks, Alucinaciones). La madre de Jerry, quien padecía la misma enfermedad —o una muy parecida—, llamaba «ángeles» a las voces que sólo ella podía escuchar. Gracias a años de terapia, Jerry es un poco más consciente de que no son ángeles, y sin embargo, le gusta dejarse convencer por esa parte suya en donde Bosco y Mr. Whiskers platican con él en un mundo al que accede cuando deja de tomar los medicamentos, permitiendo que lo seduzca la armonía de la que cree ser testigo y parte. Durante la segunda sesión que vemos con su terapista (la Dra. Warren) se produce uno de los diálogos más memorables en la película:

Dra. Warren.— ¿Sigues tomando los medicamentos?

Jerry.— Generalmente.

Dra. Warren.— Debes tomarlas todos los días… sin falta.

Jerry.— Lo sé, lo sé, pero…

Dra. Warren.— Pero ¿qué?

Jerry.— Los medicamentos, eso alivia las cosas y está muy bien, ¿cierto? pero, a pesar de que hubo malos momentos…

Dra. Warren.— Muy malos momentos.

Jerry.— …muy malos; también hay momentos de inspiración y belleza en que todo el mundo tiene sentido y la elegante mecánica secreta de Dios y el Hombre es revelada en sus múltiples dimensiones, y el universo se presenta ante mis ojos y es un lugar bendecido.

Dra. Warren.— Dejaste de tomar tus pastillas por completo ¿cierto?

Jerry.— Por completo.

Preferir un mundo armónico en lugar de uno deprimente es algo que cualquiera tiene la posibilidad de hacer, incluso tomando fármacos en casos extremos. El padecimiento de Jerry se asemeja al de un esquizofrénico, pero lo que la película muestra es bastante parecido a la vida ordinaria, invertido y exagerado hasta conseguir un tono fársico: trabajos tediosos que adornamos con pequeñas fiestas de empleados, gente solitaria que intenta humanizar a sus mascotas, música y mariposas alrededor nuestro cuando nos sentimos enamorados. Con toda la gracia y el horror que contiene, con sus episodios románticos y patéticos, el asunto de Las Voces es más el de la existencia cotidiana que el de las enfermedades mentales. Las características del protagonista sirven para crear una hipérbole de la vida, y muestran la fragilidad de la línea que nos separa del infierno terrenal.

Jerry no es malo, pero su ensimismamiento lo hace desconocer ciertos parámetros de comportamiento y, una vez que se encuentra con experiencias como las del asesinato o el amor, éstas lo conducen a estados de euforia que pretende alargar en su excéntrica persecución de placer. El debate interior representado por Bosco y Mr. Whiskers, lejos de ser el del bien contra el mal, escruta dos posibilidades, una tendiente al egoísmo y la satisfacción inmediata, y otro a la conciliación con su entorno y a la búsqueda de estabilidad emocional. Bosco es un amigo incondicional, cálido y siempre positivo, ya sea con las pequeñas victorias cotidianas o en sus contrariedades. En cambio, el gato lo incita a cometer más homicidios, argumentando que no es por maldad sino por instinto, igual que el sexo o que permanecer vivo aun cuando no hay escapatoria de sus problemas. Sin embargo, no hay conciliación entre estas perspectivas. Existen pocas cosas más placenteras que inclinar ligeramente el delicado equilibrio sobre el que descansa la normalidad de nuestra vida cotidiana, pero sólo son dichosos quienes consiguen volver a su hogar con la conciencia tranquila después de una noche (o varias) de tentar sus propios límites.

En una última consulta intensiva que es «como 10 años de terapia», la psiquiatra conforta a Jerry con argumentos desesperados -la tiene secuestrada- que acaban por ser efectivos: «estar solo en el mundo es la raíz de todo sufrimiento; pero, Jerry, tú no estás solo». La segunda de estas afirmaciones es falsa; Jerry está aislado porque su percepción es diferente a la del resto de las personas. Nunca se sintió parte del mundo, pues nunca logró compartir con sus semejantes la manera de interpretar su entorno, de convivir en él y de adaptarse, quedando apartado de las ambiciones, los sueños, las creencias y los gustos de los demás. La estética de la felicidad, recreada en la película desde la perspectiva de Jerry, nos recuerda al lenguaje publicitario o al cine reconfortante porque, en gran medida, coincide con la escenografía confeccionada y difundida por los medios de comunicación para hacernos sentir parte de algo, vivos y cargados de ilusiones, y hacer del mundo un producto más digerible. Las Voces pasa de un enfoque a otro, de un género a otro, de ciertos registros convencionales a unos más bien desconcertantes; casi siempre resuelve las expectativas de la trama con secuencias disparatadas que mezclan momentos de horror con la comedia más boba e hilarante y, al final, termina sembrando una sensación de extrañeza en el espectador. ¿Es alegre o triste? ¿Es cómica o trágica? ¿La historia es devastadora o constructiva?

Después de plantear a Fiona la trivia con la que inicia este texto, Jerry atropella accidentalmente a un venado; baja del auto, le corta el cuello para evitar que siga sufriendo y, entonces, mira Fiona y le da la respuesta de la trivia: «El cuarto ángel es Lucifer. Lucifer es un ángel.» Cada quien puede decidir si la respuesta es angustiante o luminosa.

Héctor Rojo
Escena final de Las Voces.

 

Héctor Adolfo Rojo Jiménez (Ciudad de México).

Estudió Literatura en la UAM-I. Escribe poesía, narrativa y ensayo. Poemas suyos han aparecido en el Periódico de Poesía de la UNAM y otras revistas digitales. Próximamente se publicará un relato suyo en el libro conmemorativo del 4º Premio Bengala/UANL. También ha publicado ensayos sobre cine en la versión digital de la revista Cuadrivio.

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