Amelia y María (y un perro en círculos tratando de morderse la cola)

Es admirable encontrar un cuento como el de Mariana F. Maldonado, con la capacidad de trazar en pocas palabras la ansiedad, la monotonía y la fatuidad de toda una vida. La autora no se conforma con retratar la existencia de sus personajes, sino que ahonda en las pasiones y delirios cotidianos que los marcarán de forma permanente.  

Mariana F. Maldonado

 

No sabía por qué, pero cada vez que él pensaba en agua, lo hacía también en ahogamiento. Cada vez que pensaba en fuego, pensaba en quemarse vivo. Cada que pasaba por su cabeza la palabra enfermedad, sentía un sofocamiento que le recorría el espinazo y que le bajaba hasta los pies, obligándole a quitarse apresuradamente los calcetines y a meterse en la regadera para darse un chapuzón en agua fría; esto último indicaba, según sus propios presagios y dilucidaciones, que el fin estaba cerca. No sabe por qué, pero ya había pasado varios días preso de sus propias obsesiones. Emilio no podía delimitar en dónde estaba el principio, y sentía que el final le taladraba la cabeza con el objetivo de partírsela en dos.

Guard - Heiko Muller
«Guard» Heiko Muller

Continuó asistiendo al trabajo, caminando de un lado a otro. Pero en su mirada era fácil observar que la luz, que no había existido del todo nunca, se había extinguido para siempre. Los ojos azules casi transparentes traslucían eso último que refulge en los ojos de aquellos cuerpos sin mirada a los que una mano anónima les cierra los párpados un momento antes de empaquetarlos para siempre en la morgue.

 

No se lo dijo a nadie porque ni siquiera él lo tenía suficientemente claro, pero la vida de Emilio Inu era un libro abierto y en blanco. Había repetido la historia de su padre y ni siquiera se había dado cuenta. Tenía menos de cuarenta y la historia era como un perro girando y tratando de alcanzarse la cola. Siempre de vuelta en un mismo punto y sin alcanzar a tocarse; porque era verdad que, aunque Emilio Inu siempre estuvo consciente de ser Emilio Inu, nunca llegó a creer que su yo estuviera lo suficientemente vivo para causarle escozor en su conciencia, por lo que pasó su vida despreocupado de vivirla del todo. Siempre era mirar por la ventana y abstraerse, como si en la libertad él escogiera no estar libre, como en una cárcel.

Se casó con Amelia a los 18 años porque, desde que lo conoció, ella decidió echar a un lado todo aquello que le enseñaron de niña sobre guardarse el cuerpo para la noche de bodas y porque él no pidió permiso para nada, lo hizo como si ya estuviera acostumbrado. Él sólo había estado con una mujer,  pero recordó esas veces que escuchaba a su padre hablar con amigos y se dio cuenta de que tenía bien aprendidas las lecciones. La llevó a un cuarto de hotel atrás del Teatro Metropólitan y, casi de manera sorprendente, las cosas no le salieron mal, ni esa vez ni las tardes siguientes que  llevó a Amelia al mismo lugar, temprano para tener el tiempo necesario y regresarla a casa de sus padres antes de las ocho.

 

Con el tiempo, ella se dio cuenta de que no podía soportar más la idea de las sábanas sucias, la ventana empañada, el jabón con cabellos que no eran suyos y decidió que lo mejor era buscar el camino de la unción y provocar un escenario que le conviniese más a su cuerpo esbelto, casi de niña. Le comunicó a Emilio con ese tono aflautado que, después de aquellos meses en los que una y otra vez habían revuelto las mismas sábanas, lo mejor era casarse en cuanto su sueldo les diera para ello. Y él, como nunca había tomado una decisión sino más bien se había dedicado a seguirle la pista a su vida, asintió y, enseguida, clavó esos ojos azul transparente en el culo de Amelia y comenzó a vivir la vida a su lado con una sonrisa dulzona.

 

Los años pasaron y el perro siguió dando vueltas una y otra vez queriendo alcanzarse la cola. Día con día, Emilio caminaba por la calle como si tuviera el corazón  atravesado de antemano, pero él nunca se hubiese percatado de ello. Los días no tenían nombre ni apellido ni ningún distintivo que les convirtiera en un motivo suficiente para abrir los ojos la siguiente mañana. Sin embargo, los abría, se levantaba, se alistaba, desayunaba, cruzaba la esquina de su casa y tomaba el camión que lo llevaría a la oficina.

Un día que caminaba al trabajo, preso de sus propias obsesiones sobre un fin que ya sentía le provocaba escozor en la cabeza, sintió una mano tocarle el hombro para preguntarle la hora. Una sonrisa blanca y una pregunta. Entonces detuvo abruptamente el camino, se recargó en la pared para no tambalearse y nada supo contestar de lo que le habían preguntado porque, para ese momento, el tiempo había dejado de importarle. No se había dado cuenta hasta entonces, pero desde hacía muchos años ya no miraba al reloj más que lo indispensable y se había abandonado a robarle de manera constante una dosis de oxígeno al mundo. Se sostuvo con una mano en la pared, balbuceó algunas palabras que no cobraron ningún sentido y la sonrisa de María se le clavó en algún lugar que no supo precisar pero que le cimbró muy hondo.

 

María en el baño; María en el cine; María empinada, recibiéndolo, jadeando y sin decir una palabra; María boca arriba, boca abajo, con las piernas enzarzadas en su cintura; María preguntándose cosas que él nunca se había preguntado, como la hora. María preguntándole qué había hecho durante los últimos años además de comer frío, coger sin ganas y mirarle el culo a Amelia por las mañanas cuando ella le hacía de desayunar, antes de irse al trabajo. María no era María porque él ni siquiera le había preguntado su nombre, pero esa mujer de cabello castaño, largo y rizado, de ojos grandes y de piel oscura, que le había tocado el hombro para preguntarle la hora, tomaba formas etéreas y hasta entonces inimaginables.

 

Tan cerca y la nada; agua, ahogamiento; fuego, quemarse a sí mismo; enfermedad y escalofríos; la regadera sobre la cabeza con agua helada una y otra vez y aun así no lograba desprenderse de los dedos largos que le preguntaron en un susurro algo tan nimio como la hora. Algo a lo que no supo responder. No supo contestar porque el tiempo ya no lo gobernaba o porque no tenía reloj de pulsera o porque lo cogió con el alma rondándole y amenazando con salir de su cuerpo a la mínima provocación. Pero ya en la oscuridad, con el cuerpo de Amelia al lado respirando casi imperceptiblemente, pensó en que era de madrugada y volvió a sentir ese sofocamiento que antes no tenía nombre pero que hoy tomaba forma. Fue entonces cuando veinte años le cayeron encima de forma tan irrevocable que apenas pudo dejar escapar un sollozo ahogado entre la almohada.

«Antares» / Heiko Müller
«Antares» Heiko Müller

El perro continuó dando vueltas. Los días se hicieron meses y cada mañana en la caminata hacia el camión que lo llevaría a su oficina, ese atravesar la esquina en la que había sido asaltado por aquella mujer para preguntarle la hora, se volvía cada vez más una losa imposible de cargar. El agua se volvía ahogamiento y Emilio comenzó a no probar bocado. El fuego se convertía en un calor casi insoportable y Emilio se volvía cada vez más renuente a vestirse e ir a trabajar por las mañanas. Los veinte años de matrimonio con Amelia le habían caído tan pesados que apenas lo dejaban despegarse de la cama cada mañana. Su piel cada vez se pegaba más al espinazo y a las costillas mientras Amelia le preguntaba si otra vez no iba a probar bocado antes de irse a la oficina. Sus ojos azul transparente se clavaban cada vez por más tiempo en el techo. Tenía menos de cuarenta años. El tiempo comenzaba a cobrar sentido.

 

Esa mañana, apenas al abrir los ojos, pensó en levantarse de la cama de nuevo para caminar hacia la esquina en la que le habían preguntado la hora, pensó que tendría que hacer algo para aliviar ese sofocamiento que le acercaba, según sus pensamientos, cada vez más a la muerte. Pensó que debería apostarse en la esquina a ver si encontraba a María. Pensó que debería comer mejor y preocuparse por llegar a los cuarenta con más músculo y más hambre.  Pensó que debería, que se debía mucho.

Pero se dio cuenta de que ya era tarde, que aunque quisiera, no podría apurar sus pasos hacia esa esquina porque todo le dolía, y que si se encontraba a María, no sabría qué decirle. Se dio cuenta de que se quedaría mudo frente al tiempo que ya se le había evaporado entre los poros, que treintaiocho años podían servir para cambiar al mundo o para abrir los ojos, comer frío, coger sin ganas y volver a empezar.

Suspiró y miró a través de esa ventana que a veces le daba la ilusión de sentirse libre.

Le llamó a su jefe y le avisó que, nuevamente, se encontraba enfermo y no llegaría a trabajar. Se levantó al baño, se frotó la cara con jabón y agua fría y se encaminó a la cocina, porque Amelia ya le había lanzado un grito para avisarle que el desayuno estaba hecho.

Mientras bajaba las escaleras, alcanzó a ver a su mujer agachada en una de las alacenas debajo del fregadero de la cocina. Le clavó los ojos azules y cansados en el culo a Amelia mientras ella estaba empinada buscando el pocillo para hervir café y esbozó una mueca que podría haber sido una sonrisa.


 

Mariana F. Maldonado

Estudió periodismo en la Carlos Septién García. Tiene a su cargo tres secciones financieras en el periódico más antiguo de México. Ama contar historias, y si son de amor, mejor. Más en www.yoenelamr.com

 

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