La mujer que vivía en una cama

El cuento de Cristina Romo es un relato misterioso. La presencia de algo extraño dispara los miedos, los sueños y las historias más extravagantes. Pero lo verdaderamente sombrío es la indiferencia de la gente, la normalización del sufrimiento ajeno. Quizás la única salida esté en asimilar aquello que parece fuera de nuestra realidad.

 

Cristina Romo

 

Debajo de mi casa hay una señora que vive en una cama. La veo por la ventana cada vez que me asomo. Ya estaba allí cuando yo llegué. Creo que a nadie le parece algo extraordinario. Nadie sabe cuándo llegó ni cómo trajo esa cama. Los vecinos están tan acostumbrados a ella que han optado por estacionar los carros a su alrededor. La primera vez que la vi, creí que estaba enferma y le ofrecí mi ayuda desde la ventana, pero como que no me oyó. (Hasta donde sé nadie la ha oído hablar, pero tampoco he visto que alguien le hable). Me dio pena y avisé a la policía para que se la llevaran. “Ah, la de la cama”, me dijo el policía, “no, ella es de ahí”. Como no hubo modo de que los convenciera de otra cosa, alguien quiso consolarme con el cuento de que alguna vez intentaron moverla, pero que la cama se puso tan pesada que ni la grúa pudo con ella… según que porque tenía el sueño muy pesado…

Y sí al principio quería ayudarla y todo, pero la verdad es que desde que se me ocurrió quejarme con los vecinos, la gente empezó a mirarme del mismo modo en que yo veía a la mujer de la cama. ¡No es una idea mía!, hasta me llegó una señora a quejarse de mí: “¿cómo ves a la necia de la cama?” “La que está de necia con lo de la cama soy yo”, dije y dejé de intentar mover a la mujer. Pero la que fue dejando de moverse de la ventana fui yo. Los primeros días casi sentía su frío en las noches, por eso empecé a arrojarle cobijas desde mi casa. Pero ella se quedaba allí, ¡quieta!, inmóvil bajo la montaña que yo apilaba sobre su cuerpo. Por eso me dio por creer que estaba muerta. Era lógico. Así que me relajé y empecé a esperar a que se descompusiera el cadáver para que se la llevara el SEMEFO. Y sigo esperando, porque ni se mueve ni se descompone.Gabriella Barouch

La gente que pasa por la calle a veces me viene con chismes. Algunos dicen que nadie ha intentado forzarla a nada porque todos están convencidos de que es una bruja cataléptica, ¿o deprimida?… No sé… La cosa es que les da miedo que un día se pare de la cama y ninguno de los que la haya molestado la cuente. Por absurdo que parezca, ¡ellos la creen capaz de tragarse a los que quieran sacarla de la cama! (Y aunque yo no creo en esas cosas, estuve tentada a dejar de espiarla desde que me hicieron esa advertencia). Bueno, la verdad es que son puros inventos. Nadie sabe exactamente por qué todos están convencidos de que es mejor no acercarse y la ignoran.

Fuera de todas elucubraciones, lo más evidente es que a la mujer se le salieron los patitos de la fila. Aunque parece que a los vecinos les encanta la cosa de que es una bruja; cuando pregunté por la salud mental de la señora, alguien sacó de no sé dónde que ella vivía en la casa donde yo vivo. Esta historia es algo así como un cuento de ogros: la mujer de la cama tenía tres hijas, hubo una plaga de piojos, las niñas se infestaron y ella quiso arreglar el problema sin tener que cortarles el cabello. (¡Pobres!, no hay nada más horrible que niñas pelonas). Así que les llenó la cabeza de insecticida, se las cubrió con una bolsa para que la sustancia hiciera lo suyo (como todo buen tratamiento capilar) y las mandó a dormir. Las niñas amanecieron muertas… El que me contó esto tampoco sabía cuándo pasó ni por qué la mujer se salió con todo y cama a la calle. “La habrá sacado para que se oreara”, le dije yo y estuvimos de acuerdo. Suponiendo que esto fuera cierto, parece comprensible que se haya quedado pasmada, lo que no se entiende es por qué nadie ha movido un dedo para mover toda su humanidad. Se me hace que aquello del sueño pesadísimo ha de ser cierto. Habrá pasado muchas tormentas en esa cama, me imagino que un día de esos le dio por creer que vivía dentro de los charcos de la calle y se quedó allí, quieta, con el agua hasta el cuello, viviendo en la ciudad del charco…

Desde aquí puedo ver su ciudad de agua, desde aquí alcanzo a ver con sus ojos. Nosotras no vivimos en una cama, andamos por calles de limo donde nos salen al paso ángeles con mensajes urgentes ¡y tenemos tiempo de escucharlos!, vamos por donde las piedras se hacen aves y alzan el vuelo, los gnomos nos guiñan los ojos al pasar y a veces vemos hadas en jardines diminutos. Por acá no se muere entre las cobijas, las verdaderas brujas han sido recluidas en cubos de cristal que se exhiben en los cruceros… y las niñas que se comió el ogro vuelven a la vida.

 


Gabriella Barouch
Ilustraciones de Gabriella Barouch

 


Cristina Romo (La Paz, B. C. S., 1979).

Estudió Letras españolas en la Universidad de Guanajuato, Letras mexicanas en la UNAM y Literatura hispánica en El Colegio de México. Combina la escritura creativa con la docencia, la investigación y la maternidad.

 

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