Noctívagos

Entre atmósferas hostiles y angustias psicológicas, Iván Tula nos traslada a una realidad que se transforma poco a poco, sin que podamos notarlo hasta que ya es demasiado tarde. El resultado es un cuento que transita con humor por pasajes oscuros y que nos lleva a un desenlace digno de las mejores historias de horror.   

 

Iván Tula

–Pinche gato de mierda –grité por la ventana mientras lanzaba mi gastada chancla del ocho y medio hacia la espesa bruma de las azoteas vecinas.

Las dos veces anteriores que había visitado la colonia, durante el día, en busca de un lugar para rentar, tuve la impresión de que era un barrio humilde, sereno y familiar. Había percibido en el ambiente un ligero aroma a gato, pero nada fuera de lo común, ni muy alejado al olor a perro de la colonia Condesa, al hedor a cenizas de humanos de la colonia Granjas Esmeralda o al tufo de aguas paralíticas de Xochimilco. Pero lo cierto fue que, pese a esa percepción olfativa, nunca imaginé que aquella primera noche en el pequeño y agrietado departamento color verde lechuga se tornaría insoportable y tortuosa.

Esta era, sin duda, una de las peores noches de mi vida. Exceptuando, claro, la madrugada de dos semanas atrás, cuando me separé de Alejandra y decidí irme para siempre con una maleta y una bolsa negra de consorcio, la cual se desfondó unas pocas cuadras adelante dejando un reguero de libros, calzones y carritos de colección a media calle.

Pero, regresando a mi relato central, he de contarles que la causa de mi arrebato olímpico de lanza chanclas fue que los maullidos del gato no habían cesado en toda la madrugada. Los “miaus” flotaban por las cornisas y por la negrura de la estratosfera: perdidos, ásperos y desafinados. Tal vez el cansancio que cargaba en mis espaldas intensificaba la molesta situación resultante de una jornada larga de mudanza, trabajo, abogados y una furiosa ex dispuesta a dejarme sin sueldo, sin hija y sin paciencia. La descripción podría ser amplia y detallada pero lo cierto era que, esos maullidos, gruñidos o cómo se llamaran, lograron arruinar mi día que, aunque todavía no comenzaba, ya se presentaba arduo y fatigoso. Y así, unas horas más tarde, tuve que ir a trabajar.

Regresé de mi jornada laboral con un agotamiento total. No poder pegar un ojo hizo que cada minuto del día se volviera pesado e insufrible. El plan de comenzar a abrir cajas y acomodar las cosas de la mudanza en los nuevos lugares asignados pasaría a segundo término. Siendo las nueve p. m. priorizaría recuperar el sueño que había perdido o, mejor dicho: que me habían robado la noche anterior.

Apenas apoyé la cabeza en la almohada, los párpados cayeron como dos pesadas cortinas metálicas. Lamenté que los oídos no se me cerraran del mismo modo, ya que en ese preciso instante el fastidioso felino cantor comenzaba su retórico concierto nuevamente.

Abrí los ojos con dificultad; parecían estar henchidos de una rasposa arena, pero logré sobreponerme al lagrimoso ardor. Todavía somnoliento, me dirigí a la ventana y bufé con todas mis fuerzas intentando intimidar a aquel torturador invisible. El sonido cesó por un momento, pero, antes de que pudiera volver a acurrucarme en mi cama, los maullidos volvieron a hacerse presentes.

Envuelto en mi gruesa bata de toalla y con una poderosa linterna de cuatro pilas alcalinas grandes, salí a la azotea en busca de quien desde ahora se convertiría en mi peor enemigo. El olor a gatos navegaba muy intenso entre las azoteas e intenté utilizar el afelpado cuello de la bata como cubre bocas.

El potente haz de luz comenzó a indagar y escudriñar los silenciosos rincones oscuros de las escaleras de emergencia y los balcones vecinos sin detectar al inoportuno concertista. Un extraño impulso se apoderó de mí. Apagué la linterna a modo de desafío y, precisamente en ese instante, el extraño maullido sonó justo arriba de mi cabeza entre los peldaños y barrotes de la estropeada escalera que llevaba hacia la azotea del edificio. Encendí la luz apuntando por encima de mi cabeza con la misma velocidad que un cowboy desenfunda su arma en un duelo de esos polvorientos, pero sólo vislumbré una fugaz sombra que se perdía por la cornisa y que volvía a quedar completamente muda. Durante toda la noche, el gato y yo la pasamos entretejiendo un insólito juego de luz y silencio, oscuridad y maullido, luz y silencio, oscuridad y gruñido.

A la tarde siguiente, luego de otro largo día laboral, me dirigí a la tienda de deportes del centro comercial cercano a la oficina. El anciano detrás del mostrador percibió inmediatamente que algo no estaba bien en mi semblante. Creo que lo advirtió en la explosión y el enrojecimiento de mis vasos sanguíneos oculares que, para ese momento, parecían una telaraña purpúrea que abrazaba toda la zona esclerótica de mis ojos. Así mismo, el don confirmó sus conclusiones al observar las notorias ojeras de un color gris cadavérico que surcaban mis huesudos pómulos.

–Necesito una pistola mata gatos.

El viejo frunció el entrecejo y me barrió de arriba abajo evitando ser sutil. Era evidente que mi pedido lo había ofendido.

–No ha pensado mejor darlo en adopción– resopló el encanecido hombre.

Luego de una larga explicación sobre mis inquietas noches, regresé a casa con un pequeño estuche de madera que contenía una pistola de diábolos PK-62-L marca Mendoza y un paquete de cien municiones metálicas. Mientras cabeceaba en el transporte para no dormirme, detecté que me escoltaba una desvelada mueca triunfante.

Cargué la pistola con una munición y la dejé ya lista junto a la linterna. Si bien casi moría del sueño, algo dentro de mí parecía estar ávido y muy despierto.

Iván Tula actor

Esta vez los gruñidos parecían tener un reverberación. Ya no sabía si era mi cabeza jugándome una mala pasada, o si ahora se empecinaban en torturarme una pandilla de felinos aulladores. Llevaba dos noches sin poder pegar un ojo, pero hoy estaba decidido a terminar con aquel suplicio.

Al encender la luz y proyectarla en la espesa noche, varias sombras se disiparon entre las desoladas azoteas. Aquello confirmó la teoría de que ya no me enfrentaba a un solo gato, pero, luego de analizar minuciosamente el entorno, dudé. La luz de la linterna, sumado al reflejo de la luna, y el farol parpadeante de la acera, lograban proyectar sobre los muros sombras múltiples de cualquier objeto que allí estuviese. Pistola en mano, me quedé en la azotea a la espera del perturbador sonido. De tanto en tanto algo parecía moverse en la oscuridad, pero mis cansados ojos habían perdido enfoque, claridad y velocidad. Continuamente se cerraban mis ojos por el peso de los párpados cansados, y era entonces cuando me sobresaltaba por el lacerante maullido que parecía burlarse nuevamente de mí.

Tras varias municiones disparadas en vano y una veintena de cigarros baratos en mis pulmones, la luz del amanecer me alcanzó nuevamente insomne, tenso y malhumorado.

Mientras desayunaba apresuradamente para salir al trabajo, una nueva idea me vino a la mente. Esta vez sería más sencillo y no debería lidiar con ningún vendedor de armas defensor de los derechos de los animales (lo cual, por cierto, me parecía lo más incongruente del mundo, pero bueno, qué podemos esperar de un planeta donde el sistema hace de la insensatez y la incongruencia una moda).

Esa tarde pedí salir más temprano de la oficina. De regreso a casa compré un paquete mediano de comida para gatos, esa sería la fatídica carnada que me permitiría librarme por completo del o los insolentes felinos.

Con tres días sin dormir, mi organismo parecía pasar a una nueva etapa: ya no sentía tanto el cansancio como tal, sino que había empezado a percibir todo más lento y distante, como si me encontrara dentro de una película que avanza en slow motion. Ya no añoraba dormir, sino exterminar esa plaga sonora que pretendía arruinar aún más mi ya complicada existencia.

–…No, amor, papá todavía se está organizando con la mudanza, pero prometo que el sábado voy por ti y vamos a ver los bonsáis… ¿Un gatito? Parecía magia gitana, mi hija me decía por teléfono que quería un gatito de mascota. Luego de hacerle entender que eso era algo que tenía que platicar con su mamá, me despedí y regresé a la concreción de mi nocturno y brillante plan. Distribuí la comida en 5 pequeños tupper de plástico flexible y delgado que había comprado a la salida del trabajo en esas tiendas de todo por veinte pesos y los coloqué en lo que supuse eran lugares altamente estratégicos de las azoteas.

Esa noche, lámpara y pistola de municiones en mano, percibí algunas sombras vagabundas y noctámbulas, pero en concreto no vi a ningún gato. Si bien esa noche no maullaron, yo tampoco había podido dormir por estar en constante guardia. Mi cabeza no había dejado de proyectar imágenes de gatos de distintas razas, tamaños y colores: era como si imaginar al felino que cazaría me trajera una paz anticipada.

Esa mañana caminé rápidamente con la mirada baja para evitar la luz solar. Nunca había sido un hombre de lentes de sol; he de confesar que ese accesorio se me figura petulante, por eso decidí buscar las baldosas del suelo como refugio focal a mis lastimados ojos.

Varios metros adelante, justo antes de llegar a la parada del autobús, y sin darme cuenta, tropecé contra un vecino que aparentemente pasaba distraído. El sacudón nos obligó a cruzar miradas rojizas por un momento y seguir como si nada nuestro camino. Me pareció notar algo raro en su enmudecido andar, algo que podía significar una explicación rebuscada: aquel vecino andaba sonámbulo, o completamente aletargado. Mientras esperaba el autobús, y en un intento de no sentirme un loco paranoico, quise creer que él tampoco había podido dormir bien por los maullidos nocturnos de los gatos.

Con cuatro días sin dormir mi visión de la realidad comenzaba a desdibujarse, los clientes parecían hablar en idioma gatuno y los mismos compañeros de la oficina se comenzaban a deshumanizar para adquirir aspecto y rasgos felinos.

–Vas a tener que firmar nuevamente los documentos porque el licenciado Robles cambió los porcentajes… –indicaba Lupita mientras arrojaba los folders en mi escritorio y se alejaba balanceando una sensual y peluda cola blanca de gata angora.

–¿Por qué no te tomas unos días? Traes una cara de miedo –Me decía Gilberto, luciendo un puñado de ridículos bigotes gatunos en su rostro, mientras me dejaba una taza de café sobre la mesa.

–Tómese una semana, usted no está bien, López. Arregle sus problemas familiares y luego ya se reincorpora… –Sentenciaba el licenciado Robles, justo antes del horario de salida, mientras yo no podía dejar de mirar como rascaba con su pluma una de las pequeñas orejas triangulares y peludas que tenía en su cabeza.

Esto ya no estaba nada bien. Mi cerebro empezaba a trastornarse o a generar algunos químicos extraños debido a la falta de sueño.

Antes de llegar a casa, pasé por una papelería y compré una docena de cartulinas negras y un par de rollos de cinta canela para cubrir cualquier fuente de luz que pudiera ingresar a la casa. Aprovecharía mis días de asueto laboral para dormir durante la mañana y la tarde, horario que seguramente no les apetecería a los gatos para fregar con sus cantaletas.

Quise verme astuto y, como seguramente esa noche los gatos tampoco me dejarían dormir, en vez de acostarme comencé a transformar el viejo departamento en una caverna oscura. La idea era que, apenas saliera el sol en la mañana y los felinos se alejaran de mi ventana, yo me tiraría a dormir en casa emulando, de manera obligada y artificial, la plácida y oscura noche.

Casi todo salió según lo previsto. Durante la madrugada tuve que asomarme varias veces a la azotea a disparar algunas municiones y fumar ansioso algunos cigarros.

Dije: “casi todo salió según lo previsto”, porque en cuanto salió el sol y me arropé en mi cama listo para perderme en los dominios de Morfeo, una tropa de albañiles, plomeros, y pintores se aglutinaron en el departamento 13, que estaba sobre el mío, para hacer las remodelaciones y arreglos pertinentes a nuestro próximo nuevo vecino.

Los martillazos en la loza parecían cuchillas afiladas en mis oídos. Tanta era la molestia e incomodidad que tuve que levantarme para fumar.

Con mi cigarro en la mano caminé de un lado al otro por el oscuro departamento. Por un momento pensé en salir a pedirles silencio, pero era absurdo hacer callar a unos trabajadores a las nueve de la mañana. Lo más probable era que me dijeran que habían empezado con la luz del sol para no molestar a los vecinos en la noche o la madrugada, que era cuando todos descansaban.

Los trabajadores entraban y salían del edificio, se gritaban indicaciones, e incluso, por momentos, ponían el radio a todo volumen amenizando mi vigilia con unas canciones de los Ángeles Azules.

El olor a gato invadió mi departamento… tuve la extraña sensación de que emanaba de mi cuerpo.

Pasadas unas horas me percibí parado frente a la puerta sin hacer nada, sólo mirando el vacío, como perdido en mis pensamientos. Lo único que podía visualizar eran imágenes de gatos. Cada vez que sonaba el martillo, el taladro o la sierra, yo emitía unos maullidos de reproche, como si fuera un gato molesto y fastidiado por tremendo alboroto.

Para cuando llegó la noche y los trabajadores se fueron, yo ya estaba inmerso en mi papel de felino, incluso creo haberme movido por el departamento brincando sobre la mesa y algunas de las cajas de la mudanza. Realmente estaba empezando a perder conciencia de mis actos, me venían vagos recuerdos de lo que había hecho o estaba haciendo.

El celular, que había quedado sobre la mesa de la sala, comenzó a sonar. De un salto salí de la gran caja de cartón donde estaba metido quién sabe por qué. Por un momento tuve un golpe de lucidez y pensé en mi hija, tal vez necesitaba algo. Con un fuerte impulso, brinqué de la caja hacía arriba de la mesa y tomé el teléfono, pero no pude responder por más que mi mente trataba de pensar con lógica.

–¿Papá?… ¿Bueno?… ¿Papá, estás ahí?

–Miau, miau…

Malditos gatos. No sólo habían arruinado mis noches y me habían hecho perder el sueño, ahora me arrastraban a una maldición mucho más tenebrosa. Mi mente me forzaba a comportarme como un gato.

Brinqué de la mesa y corrí al baño, debía de obligarme a despertar de esta alucinación. Abrí la regadera, pero cuando intenté meterme bajo el agua para provocar una reacción de choque en mi cuerpo y despertar de esta pesadilla, descubrí que mis reflejos frenaban y encrespaban mi cuerpo ante las diminutas gotas que salpicaban mi rostro y mis manos. Arrinconado en el pequeño baño, comencé a quitarme esas gotas de agua que parecían quemar mi piel con la lengua. Mi boca ahora parecía una toalla seca y áspera de motel barato.

El miedo comenzó a abrasarme por completo. Caminé con sigilo hacia la sala, nuevamente restregándome en la pared, como en busca de protección y seguridad. Mi visión parecía haberse cubierto por una bruma lechosa que opacaba y anulaba algunos colores, como el rojo; pero el espectro era más amplio, ahora podía observar con facilidad lo que sucedía en toda la sala sin enfocar nada en particular. De un brinco volví a meterme en la gran caja de la lavadora. Quién sabe por qué ese lugar me confería una tranquilidad y seguridad abrazadora. Con mis uñas comencé a rasgar el cartón para tratar de calmar el torbellino de ansiedad que llegaba como por oleadas.

Pasadas unas horas, comencé a escuchar aquellos fastidiosos maullidos en las azoteas. Era evidente que la noche había llegado. Los vellos de la nuca y de los brazos se me encresparon, estaba decidido a ir por ellos. Esta vez no se me escaparían.

La noche estaba más oscura y fresca que de costumbre. Las sombras parecieron esconderse otra vez ante mi presencia. Sin intelectualizar, comencé a maullar como uno de ellos, buscando, tal vez, un canal de comunicación que los atrajera hacia mí. Me moví entre la oscuridad de las azoteas vecinas maullando insistentemente. Un impulso casi eléctrico me hizo trepar velozmente por la escalera hasta lo más alto del edificio. Caminé por las cornisas con una seguridad total, los líquidos del oído que me brindaban el equilibrio parecían haber multiplicado su efecto, y de un momento a otro me vi brincando de barda en barda con una ágil y completa confianza, mientras mi garganta articulaba pequeños maullidos desafinados que parecían estimularme y alentarme.

Cuando, gracias a una media docena de brincos, salí de detrás del murallón descascarado del gran edificio contiguo, pude tener una vista panorámica del barrio. Allí estaban, esparcidos por todos lados como una plaga, maullando lastimosamente como un coro de niños regañados con las cabezas agachadas.

La incógnita se develaba ante mis ojos (ahora gatunos): un centenar de vecinos adormilados, envueltos en sus batas, también deambulaban y brincaban maullando por los techos, iluminados por el siniestro manto color ámbar que ungía la pequeña luna.

En ese momento una chancla voló desde la ventana del departamento 13, el que estaba justo sobre el mío, y la voz del vecino nuevo amenazo:

–Pinche gato de mierda.

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