La estética de la caída en «Los cantos de mal dolor»

Irma Sabina Orozco Sandoval

Universidad Autónoma Metropolitana

 

La obra de Isidore Ducasse, mejor conocido como el conde de Lautréamont, generó reacciones radicales desde sus primeros tirajes, obteniendo el rechazo o la aprobación del público. El grupo surrealista, encabezado por André Breton, releyó Los cantos de Maldoror (1869) con el entusiasmo de quien hace una bandera de un lienzo olvidado: aquellas escenas, construidas alrededor de 1868 bajo la estética demoníaca surgida de la pluma del autor montevideano, influyeron de manera contundente en la producción artística del siglo XX.  Salvador Dalí, por ejemplo, realizó una serie de ilustraciones basadas en la lectura de aquel libro. Además, en sus primeros textos, privan las imágenes de canibalismo entre los amantes, reminiscencias de la prosa lóbrega y genial del literato franco-uruguayo: “Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio y los dos sufriremos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme… con mi boca unida a tu boca”,[1] rezan las primeras páginas de Los cantos de Maldoror, mientras que en “Me como a Gala”, de Dalí, se enuncia: “Gala / te beberé / porque no eres otra / que esta mesa y esta bragueta carnales / de mi sed”.[2]

Los cantos de Maldoror

Entre los hombres marcados por Lautréamont se encuentra una figura soterrada: Juan José Arreola. Los cantos de mal dolor, conjunto de textos publicados a partir de 1959 y modificados en número y orden hasta 1972,[3] evidencian desde el título la presencia de Ducasse en la creación del jalisciense. Judith Buenfil Morales ofrece un panorama general del libro:

…conformado por veintiocho relatos breves, es un ejercicio memorial del autor, en el que varias voces de textos anteriores instituyen el coro que va tejiendo la totalidad de la obra y que desde el título exige una competencia especial del lector para adentrarse en el juego intertextual de homenajes, citas y alusiones que se reconstruyen. Los textos recorren historias de varios amorosos: Adán, Leonardo da Vinci, un melancólico romántico, un león viejo y desprestigiado, un Quijote, entre otros personajes.[4]

 ¿Qué asunto vincula a Lautréamont y Arreola, pertenecientes a tiempos y geografías tan diferentes? Existen numerosas respuestas a tal interrogante, sin embargo, habrá que elegir una entre ellas: la gravedad.

El “Canto primero” del poeta francés relata lo siguiente:

Cuando [Maldoror] besaba a un niño de rostro rosado hubiera querido rebañarle las mejillas […], y muy a menudo lo hubiera hecho, si la Justicia, con su largo cortejo de castigos, no lo hubiera impedido cada vez. No era mentiroso, confesaba la verdad, y se decía cruel. Humanos, ¿habéis oído? ¡Se atreve a repetirlo con esta pluma que tiembla! Así, pues, existe un poder más fuerte que la voluntad… ¡Maldición! ¿Querría la piedra sustraerse a las leyes de la gravedad?[5]

Las líneas referidas hacen de la maldad una fuerza pesada e inexorable. Párrafos adelante, se interpela a la grandeza del mar:

Viejo océano de olas de cristal […] eres un inmenso azul aplicado al cuerpo de la tierra […]. Así […] un soplo prolongado de tristeza, que se creería el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando inefables huellas, sobre el alma profundamente conmovida, y, sin que siempre se advierta, evocas el recuerdo de tus amantes, los duros comienzos del hombre en los cuales tiene conocimiento del dolor, que no le abandona jamás [las cursivas son mías].[6]
Salvador Dalí - Maldoror
Ilustración de Salvador Dalí

La presencia del océano, gigantesca y milenaria, genera en el hombre la consciencia de su  naturaleza efímera e insignificante, lo orilla a abismarse en su condición, en su propensión al dolor. Cioran apunta, con respecto a la finitud humana:

Inútil intentar asirme a los segundos […]. Sólo podemos actuar si nos sentimos llevados y protegidos por ellos. Cuando nos abandonan, nos falta el resorte indispensable para llevar a cabo cualquier acción […]. Indefensos, sin apoyo, afrontamos así una inusitada desgracia: la de no tener derecho al tiempo. […] Lo que distingo en cada instante es un jadeo, y su exterior, no la transición hacia otro instante. Elaboro tiempo muerto, me revuelvo en la asfixia del devenir. Los otros se precipitan en el tiempo: yo he caído en el tiempo.[7]

Acudo al filósofo rumano porque, a pesar de haber vivido en una época posterior a Lautréamont, la sombra del belicismo siempre subraya la fragilidad de la existencia. La obra de ambos está determinada por París y las guerras.[8] Resulta importante añadir que Los cantos de Maldoror relacionan continuamente  a la figura femenina con el engaño y la perfidia:

Las lágrimas están buenas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal: aquella que ama mucho traiciona antes o después…[9]

El presentimiento angustioso de la caída descrito por Cioran y patente en el estilo de Ducasse es reformulado por Arreola. Sin embargo, esta vez, el motivo de la precipitación hacia el vacío no es la idea del término de la vida, sino el efecto de imán ejercido por los personajes femeninos sobre el hombre: el deseo reviste la pesadez de un yunque y la mujer se sitúa, cual origen del sufrimiento, en el ámbito del Mal, su intención radica en dirigir a su víctima hacia una suerte de acantilado sentimental. En la advertencia de “Loco dolente”, leemos lo siguiente con respecto al peligro de los artilugios femeninos:

En vez de acogerlas con la benevolencia de antaño, música de laúd y otras zalamerías, el Comité se propone llevar a los tribunales por el delito de suplantación de persona a todas las mentirosas, y pone en entredicho desde ahora a los psiquiatras, cirujanos plásticos y demás profesionistas que intervengan en la superchería.[10]

El nacimiento del dolor ocasionado por el desboque se sitúa en tiempos míticos. El autor de La caída en el tiempo comenta:

Si todo lo que se ha concebido y emprendido desde Adán es o sospechoso o peligroso o inútil, ¿qué hacer? ¿Desolidarizarse de la especie? Sería olvidar que nunca se es tan hombre como cuando duele serlo. Y cuando ese pesar se apodera de uno, no hay modo de eludirlo: se vuelve tan inevitable y tan gravoso como el aire…[11]

Cioran designa a Adán y Eva protagonistas del principio de la tragedia de la consciencia existencial; Arreola también lo hace, pero en el ámbito del conocimiento amoroso, catastrófico siempre: “Alguien me ofrece al pie de un árbol la fruta envenenada”[12], se declara en “La noticia”. Y también: “Pero el habitante y la deshabitada no pudieron vivir separados. Poco a poco, idearon un ceremonial lleno de nostalgias prenatales, un rito íntimo y obsceno que debía comenzar con la humillación consciente de Adán”[13], se expone en “Tú y yo”. De acuerdo con Felipe Vázquez, lo trágico en la obra arreoliana implica:

una hybris, un destino que, poseído por la desmesura, transgrede sus propios límites; y al desatar potencias que lo obseden, lucha por salvarse sin saber que en él opera la fuerza que lo abistma. Es un fatum soberbio cuyo desenlace es la muerte violenta, el castigo eterno o, en un plano espiritual, una desgarradura metafísica por cuya hendidura nos despeñamos.[14]

Arreola y Ducasse

Cuando se habla de asuntos graves, se entiende que quien los experimenta se halla devastado a causa de un peso intangible pero rotundo. Newton establece que la gravedad se explica por “la fuerza centrípeta, […] aquella en virtud de la cual los cuerpos son atraídos, empujados, o de algún modo tienden hacia un punto como a un centro”.[15]  Gracias a este principio, los planetas giran alrededor del sol y las galaxias perviven hasta la fecha. Por tanto, la gravedad es vital e inevitable. El amor, en Los cantos de mal dolor, también cumple con ambas cualidades: la especie no podría perpetuarse sin el vínculo entre hombre y mujer. Empero, el yo lírico suele lamentarlo, pues al impulso amoroso corresponde el vértigo engendrado por la atracción. Naufragar, ahogar, hundir y sepultar son términos que abundan en el libro de Arreola.

En todos los textos, sin excepción, se recurre al campo semántico de la caída: “El golpe fue tan terrible que para no caer, tuve que apoyarme en la historia”;[16] “Amor mío: todas las carnicerías y las pescaderías del mundo me han enviado hoy en tu carta sus reservas de materiales podridos. Naufrago en una masa de gusanos aplastados”;[17] o: “Ella siempre encontró la manera de perder el equilibrio, arrastrándome otra vez en su caída al piélago atrayente”,[18] escribió el jalisciense a lo largo de las veintiocho creaciones que componen esta suerte de homenaje y planto al mismo tiempo. La celebración de la felicidad pasajera, propia del encuentro y el terror hacia el despeñadero de la pasión, se alienan en una obra donde el autor magnetiza a los lectores conduciéndolos al precipicio. El creador deja caer parte de sí en la obra; el lector permite que las historias lo cimbren y lancen a la experiencia estética con la fuerza de un objeto soltado desde las alturas.        

* * *

 

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NOTAS

[1] Lautréamont, “Canto primero” en Obra completa, trad. Manuel Álvarez Ortega, Akal, Madrid, 1988, p. 57.

[2] Salvador Dalí, “Me como a Gala”, trad. Joán Hernández en Obra completa, v. III, Ediciones Destino-Fundación Gala-Salvador Dalí, Barcelona, 2004, p. 245.

[3] Vid. Judith Buenfil Morales, Cantos de mal dolor: El juego de ausencia y disolución en los relatos breves de Juan José Arreola, Tesis de maestría, Universidad Veracruzana, 2011, pp. 30-31.

[4] Ib., 2011, p. 31.

[5] Lautréamont, op. cit., p. 47.

[6] Ib., p. 71.

[7] Émile Cioran, La caída en el tiempo, trad. Esther Seligson, Monte Ávila Editores, Caracas, 1977, pp. 139-140.

[8] Lautréamont sufrió la invasión de los prusianos a París en 1870. Vid. Maurice Saillet, “Cronología” en Lautréamont, op. cit., pp. 5-6.

[9] Ib., p. 53.

[10] Juan José Arreola, “Loco dolente” en Narrativa Completa, Alfaguara, México, 2002, p. 109.

[11] Émile Cioran, op. cit., 1977, p. 26.

[12] Juan José Arreola, op. cit., p. 116.

[13] Juan José Arreola, “Tú y yo” en op. cit., p. 131.

[14] Felipe Vázquez, “El arte de sonreír al filo del abismo” en Juan José Arreola, la tragedia de lo imposible, Conaculta-Verdehalago, 2003, México, p. 31.

[15] Isaac Newton, “Definición V” en Principios matemáticos de la filosofía natural, v. I, trad. Eloy Rada, Alianza, Madrid, 2004, p. 123.

[16] Juan José Arreola, “La noticia” en op. cit., p. 116.

[17] Juan José Arreola, “Balada” en op. cit., p. 129.

[18] Juan José Arreola, “Luna de miel” en op. cit., p. 138.


Bibliografía

Buenfil Morales, Judith, Cantos de mal dolor: El juego de ausencia y disolución en los relatos breves de Juan José Arreola, Tesis de maestría, Universidad Veracruzana, 2011.

Cioran, Émile,  La caída en el tiempo, trad. Esther Seligson, Monte Ávila Editores, Caracas, 1977, pp. 139-140.

Conde de Lautréamont, Obra completa, trad. Manuel Álvarez Ortega, Akal, Madrid, 1988.

Dalí, Salvador, Obra completa, v. III, Ediciones Destino-Fundación Gala-Salvador Dalí, Barcelona, 2004.

Newton, Isaac,“Definición V” en Principios matemáticos de la filosofía natural, v. I, trad. Eloy Rada, Alianza, Madrid, 2004, p. 123.

Vázquez, Felipe, “El arte de sonreír al filo del abismo” en Juan José Arreola, la tragedia de lo imposible, Conaculta-Verdehalago, 2003, México, p. 31.

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