Cazadora

Libertad Pantoja


Mis hermanos fueron de cacería al monte. Regresaron con las varas de cazahuate llenas de pollitos grises colgados de las patas. El Diablito, el mozo más chico de la casa, que es apenas dos años mayor que yo, les venía ayudando a cargarlas. 

Le pregunté a Pancho, al que más quiero de mis dos hermanos, para qué eran esos pollos. Él dijo que aquellos eran los pollitos para los frijoles que íbamos a comer en la noche. Él y Camilo se limpiaron las botas en el tapete de la sala y pasaron de largo los sillones donde yo estaba sentada. Detrás de ellos, el Diablito entró corriendo a la cocina por un taco. Los seguí. Vi cómo dejaron las varas recargadas en el muro de piedra de la cocina para que echaran los pollitos a la olla. 

Yo también quería cazar, pero mi papá no me dejaba ir con ellos al monte, decía que estaba muy chica y que el monte no era lugar para las niñas. Ese día decidí cazar mis propios pollos en el segundo patio, que era muy grande y donde siempre había animales. El pozo y la fuente atraían a muchas clases de pollitos, y pensé que de seguro ahí lograría cazar unos incluso más grandes y gordos que los que habían atrapado mis hermanos. 

La primera semana fracasé. Lala me estuvo molestando, pidiéndole a la tutora que se quedara más tiempo, llevándome a las clases de bordado y preguntándome a dónde iba cuando yo ya estaba por salir de cacería. ¿Al segundo patio? Ahí nomás están los guajolotes, mejor juegue en el pasillo que está fresco, niña. Y me tenía que ir al pasillo de los helechos a jugar y a planear cómo iba a pescar a los pollitos en cuanto me dejara en paz Lala. No había forma de escabullirme por la cocina, Estelita era amiga de Lala y le habría dicho en cuanto me viera pasar corriendo por ahí. Así estuve hasta que, el siguiente sábado, Lala se fue con Estelita a visitar a su mamá y mis hermanos salieron de cacería otra vez. En casa sólo estábamos mi papá, las cocineras, los mozos y yo. 

A la hora de la siesta, me salí al segundo patio. Me aguanté el sueño porque se acercaba la hora de comer –la casa ya olía a frijoles hirviendo– y agarré un costal grande. Mis hermanos se habían llevado los rifles. Pensé en usar la pistola de mi papá. Desistí porque capaz que me zurraba si se enteraba que la agarré. Me robé un puñito del maíz quebrado del que Estela usaba para el pozole y fui a la puerta del segundo patio. El Diablito sí guardó los guajolotes, así que pude salir sin miedo. Aventé parte del puño y me escondí detrás del huele de noche. No bajó ningún pollito. La tierra estaba muy caliente. Se me ocurrió echar parte del puño en la sombra. Entonces sí bajaron dos coquitas bien gordas. Cuando empezaron a comer les aventé encima un costal. Sólo logré atrapar una. 

Estelita me había dicho que para cocinar las gallinas y los guajolotes había que romperles el cuello, luego cortarlo para que se les saliera la sangre. Así metida en el costal para no verle los ojos, agarré la coquita con una mano; con la otra busqué su pico y rápido le jalé la cabeza a un lado como me había dicho Estela. Primero me dio miedo. Pensé que no había funcionado porque la coquita se seguía moviendo a través de la tela. No tardó en quedarse quieta. Entonces la saqué y fui por más maíz. Un solo pollito no iba a alcanzar para nadie.

Cuando ya tenía seis coquitas, tomé una vara de cazahuate de las que cortó el Diablito para que mis hermanos usaran de bastón en el monte. Amarré uno a uno los pollitos a la vara con mi hilo de bordar y entré a la casa. Fue entonces cuando me di cuenta de que se me había olvidado ponerme el sombrero. Decidí que no importaba, yo ya era una cazadora. Un cazador puede decidir si usan o no sombrero. 

A la entrada de la cocina vi la olla enorme de frijoles hirviendo y decidí echar las coquitas de una vez para que los frijoles estuvieran listos cuando regresaran mis hermanos. Sabrían que sus idas al monte ya no eran necesarias, yo podía atrapar más y mejores aves que ellos dos juntos. Arrimé el banco de Estelita hasta la estufa. Aunque olían bien, a manteca y hoja santa, los frijoles siempre huelen y saben mejor cuando tienen pollitos. Tomé cada uno por las patitas y los dejé caer en la olla. Cuando terminé, subí a mi cuarto a dormir la siesta. 

Soñé que brincaba alto, muy alto de un lado para el otro, hasta casi volar y tocar las nubes y atrapar aves con mis propias manos. Luego volvía a caer a la tierra. Las voces de mi papá, de Pancho y de Camilo gritaban mi nombre, me impedían terminar de despegar vuelo. Me menearon de un lado al otro hasta que me despertaron. 

Mariquita, ¿por qué tienes la cara toda roja?, fue lo primero que dijo mi papá. Hice un ruido raro porque todavía no acababa de despertar y papá me dijo: contéstame cuando te hablo. ¿Sabes de dónde salieron los pájaros que están en la olla? Yo no entendí a cuál olla se refería, mi mente seguía en el vuelo, en las aves que iban por las alturas junto conmigo. En la olla de frijoles, Mariquita, dijo mi papá. 

Yo los cacé, dije muy orgullosa dejando de frotarme los ojos. Soy una cazadora. El rostro de mi papá enrojeció, se veía enojadísimo, peor que la vez que dejé salir a los guajolotes del segundo patio. Ahora sí, ahora sí vas a ver lo que es amar a Dios. ¿Cómo se te ocurre? ¿Qué eres tonta?, me dijo. 

De inmediato, Panchito me protegió. No le pegues, papá. No lo hizo por maldad, le pidió. ¿Cuál no lo hizo por maldad? Si manchó de tierra la cocina y echó a perder los frijoles. Encima estuvo manoseando el maíz quebrado. Y para colmo, mira cómo se asoleó, ¡ve nomás! En dos días va a estar bien negra, le contestó Camilo. Maldito Camilito, siempre me delataba. 

Pancho siguió tratando de defenderme, hasta me prometió que un día me llevarían a cazar de verdad, pero desistió porque mi papá y Camilo estaban convencidos de que su promesa era una tontería. Me hundí en las cobijas, recordando lo que había hecho. Era cierto lo que decía papá: había ensuciado la cocina y había agarrado maíz. Pensé que aquello habría estado bien si mis pollitos nos hubieran alimentado. Estelita tenía la culpa, nunca me había dicho que los pollos tenían que desplumarse. Jamás le pregunté cómo se preparaban. Entonces me sentí muy tonta, era obvio que en los frijoles no había plumas. Quise explicarlo, pero mi papá ya estaba ondeando frente a mí la vara de cazahuate en la que yo había colgado a los pollitos. La vara de la primera vez que me atreví a ser cazadora. 


Deja un comentario