La noche que llegamos sin maletas

Este cuento de Sabina Orozco capta con naturalidad la atmósfera nocturna de la Ciudad de México, a través de personajes que parecen ir en busca de lo inmediato, de breves experiencias liminares que dejan sus propias marcas de insatisfacción.  

Sabina Orozco

Apestábamos a alcohol y no traíamos maletas. El recepcionista nos entregó las llaves. En el elevador presionamos el botón con el número seis. Ojalá fuera posible que las puertas de metal se abrieran y me aventaran a otro mundo, lejos de las personas que quise. Subir me recordó esa sacudida en el estómago al lanzarse de la tirolesa.

Una tarde, antes de eso, salí de la oficina por un café y pasé por el hotel. Desde una ventana, se asomaba un hombre desnudo. Tuve ganas de acostarme con un tipo así, que disfrutara mostrarse a los extraños. Me detuve con el café en la mano y lo observé. Entonces ocurrió. Su mirada se detuvo en la mía. Un pinchazo de emoción atravesó mi ombligo. Pero él se dio la vuelta y continué el rumbo, lamentando no haber recibido una señal que me invitara a subir.

Las puertas se abrieron. Nos dirigimos a la habitación 602. Tiré mi bolsa a una esquina. Me quité los zapatos de inmediato, me gusta tocar pisos alfombrados con los pies, como si mis pasos acariciaran a un perro gigante. Descorrí las cortinas: una serie de estrellas se alineaba, suelo olvidar que también existen en el cielo mugriento de la ciudad. Alfonso me echó contra el vidrio. Cerré los ojos mientras nos besábamos; imaginé que él, ayudando a desvestirme, se convertía en el otro de aquella tarde. Giré hacia la calle: la banqueta, vista desde ahí, lucía lejana y desierta. La respiración de Alfonso me entibiaba el cuello, el sudor de su pecho se pegaba y despegaba a mi espalda. De pronto, me hice a un lado.

—¿Qué pasó? —dijo.

—Sentí que iba a caerme.

—Estás hasta la madre, Romi.

—Mira quién habla.

Agarré mis rodillas, intentando mantener el equilibrio.

—Vamos a dormir —dije.

Tuve la impresión de que el colchón flotaba sobre un río caudaloso. Enterré las uñas en las sábanas. La habitación se volvía borrosa, el vértigo me golpeó el estómago. Las paredes perdieron color y en su lugar apareció la avenida de hacía unas horas. Me descubrí afuera del bar, pronunciando una frase ya dicha.

—Amo tu camisa.

—Te la regalo —bromeó él, acercándose para morderme la oreja y meter su mano en la bolsa trasera de mi pantalón.

Salíamos cada tanto, con el pretexto de ir por un cigarro.

—¿Y si nos tomamos una chela en tu depa? —dijo Alfonso.

—Se está quedando mi prima, no la voy a mandar al sillón —mentí.

De regreso a la mesa, pagué y me despedí de los de la agencia.

—¿Cómo te vas, nena? —preguntó Mildred.

La palabra “nena” me repelió, sobre todo en boca de alguien con quien apenas cruzaba un saludo en la oficina.

—En uber. De hecho está llegando —contesté, mirando el gato que ocupaba la pantalla de mi celular.

Mildred tomó a Alfonso por el hombro.

—¿Tú sí te quedas?

Caminé a la esquina de la cuadra. Esperé unos minutos tallándome los brazos.  Mi suéter era demasiado delgado. Los oídos me zumbaban y, por un instante, consideré volver a casa, pero cambié de opinión al verlo andar hacia mí, tambaleante.

—Ojalá alguien se hubiera llevado a Mildred desde hace rato —se quejó Alfonso.

—¿Se dio cuenta?

—Ya qué… ¿a dónde jalamos?

Señalé al frente:

—Por ahí debe haber algo abierto.

Conforme recorrimos las calles, las encontramos más solas. En una ocasión, lo besé y le di un empujón sin querer. Alfonso cayó contra el portón de una cochera.

—Perdón —reí.

—Me quieres matar.

—No eres tan importante.

Sabina Orozco - Cuento

Él se incorporó apenado, como si la caída hubiera sido torpeza suya. Un par de cuadras adelante, distinguimos las luces de un establecimiento. Para nuestra mala suerte era un oxxo. Luego, había un hotel al que entraban un hombre y una mujer rubios; él cargaba a una niña de pelo oscuro.

—¿Te imaginas que no sean sus padres, que la hayan robado? Podría estar sedada —me referí a la pequeña—. Qué horror despertar en cama ajena, con desconocidos.

Alfonso me dio una nalgada.

—Deja de decir tonterías.

Caminamos un poco más y, a la vuelta, aparecieron los focos del letrero de un bar prendiéndose y apagándose.

—Cerramos en media hora —advirtió el mesero.

Alfonso pidió dos mezcales mientras nos sentábamos.

—¿Desde cuándo te gusta el mezcal? —dije.

—Desde siempre.

—Ajá.

El mesero trajo los caballitos servidos hasta el borde.

—¡Salud! Porque hoy ya no te portaste mamona conmigo. Cuando entré a la agencia pensé que te caía mal —dijo Alfonso—. Casualmente te ponías los audífonos cada que iba a tu cubículo.

—No quería problemas con Mildred.

—Eso qué. Ya ni andamos.

—Le sigues gustando, se nota.

Alfonso sonrió.

—¿Mateo nunca te dijo que haces caras de niña chiquita?

Acabé el resto de mi caballito de un trago. Alfonso pidió otros mezcales.

—Te dan miedo los cumplidos, ¿verdad? —insistió.

—Me dan pena ajena los tuyos.

—¿Sabes? Cuando andaba con Mil y despertaba antes que ella, pensaba en lo guapa que era. Nunca se lo dije. Quizá lo nuestro habría mejorado si hubiéramos sido más sinceros.

—Si quieres practicar tu sinceridad todavía la alcanzas, seguro no se ha ido de dónde estábamos.

Él se puso serio, me miró a los ojos por segundos que percibí eternos. Lo recordé mirándome de la misma forma la vez que me había invitado a comer a un restaurante coreano cerca de la oficina o cuando me prestó un libro de publicidad de la década de los veinte que yo no lograba conseguir por ningún lado.

—Me gustas —dijo.

El mesero trajo la cuenta sin que la pidiéramos.

—¿Cómo te vas a regresar? —pregunté.

—Duerme conmigo.

—Mi depa no es una opción.

—No digo que vayamos ahí.

Entramos al hotel donde habíamos visto a la pareja con la niña.  Al pedir una habitación, el recepcionista nos vio de arriba abajo. Le dio una hoja a Alfonso para que la rellenara y pidió que pagáramos. Alfonso extendió su tarjeta. Aguanté la risa. Él tomó un tríptico: “Tours por la Ciudad de México”, se leía en la hoja.

—Mira, amor. Podemos ir a Coyoacán mañana.

Su actuación era estúpida, quién podría creérsela. Tomamos el elevador. A medida que subíamos la luz se debilitaba. A punto de llegar a nuestro piso, la oscuridad nos golpeó.

Me tallé los ojos. Al abrirlos, la jaqueca y el sol traspasando el vidrio me recibieron en la habitación. A mi lado, Alfonso seguía dormido. Bebí la botella de agua puesta en el buró. Nuestra ropa se hallaba alrededor de la cama. Revisé mi celular, muchos contactos posteaban en Facebook sobre un reciente temblor al sur del país. La piel me picaba. Entré al baño y bajo la regadera, me froté la piel con fuerza cerciorándome de haber despertado.

—Alfonso —lo llamé, ya vestida, junto a la cama.

Él bostezó, estirando los brazos

—Voy abajo, ¿quieres algo?

—No —balbuceó.

Sabina Orozco - Cuento

Las noticias del sismo me hicieron preferir las escaleras y no el elevador. En el lobby, compré un suero sabor uva de la máquina expendedora. En lugar del recepcionista que nos había atendido estaba una señora mostrándole trípticos a los huéspedes.

Volví a la habitación, Alfonso hablaba por teléfono aún en la cama.

—Oye, te marco al rato —dijo antes de colgar y, dirigiéndose a mí—: Tenemos que irnos.

—El check out es a la una. Faltan casi dos horas.  Voy a hablar a la oficina para avisarles que estoy enferma y hoy hago home office.

—Yo debo terminar un proyecto urgente, sí necesito caer a la chamba. No hagas cara de niña berrinchuda.

—Es la única que tengo, imbécil.

—Bájale un chingo, Romina.

Entró al baño y cerró la puerta. Su ropa seguía en la alfombra. Comenzó a escucharse el sonido de la regadera. El teléfono de Alfonso vibró encima de las sábanas; “Mil”, aparecía en la pantalla. Colgué, deseando que del otro lado de la línea ocurriera un incendio.

Me paré tras la ventana, preste atención a los autos y a la gente. En la banqueta, estaba la pareja que habíamos visto en la noche. La niña, en medio de ellos, los tomaba de la mano. Pegué la cara al vidrio, ninguno alzó la cabeza. Pararon un taxi y desaparecieron en el tráfico del jueves. Si las camas de los hoteles pudieran hablar contarían las mejores historias, tendrían anécdotas acerca de familias de visita por la ciudad, de solitarios que viajan por trabajo o personas ebrias que apenas se conocen y pasan la noche en la misma habitación.

El teléfono vibró de nuevo. El vapor del baño escapaba debajo de la puerta.  Recogí la camisa de Alfonso, me la puse encima de la blusa. Guardé el suero y el resto de su ropa en mi bolsa, di un portazo al salir. Bajé las escaleras corriendo.

Afuera del hotel percibí un aire distinto, tal vez más frío o contaminado. Crucé la calle y esperé, dándole tragos al suero, en el sitio donde la pareja había tomado un taxi. Me invadió la sensación de haberme detenido ahí antes, igual de cansada y sedienta. De repente, arriba, él apareció desnudo. Una especie de latigazo arrojado desde mis entrañas me cimbró cada poro.

Alfonso ponía las manos en la ventana, como si tratara de pedirme algo.

* * *

 

Sabina Orozco - Cuento


Sabina Orozco (Oaxaca, 1993)

Narradora. Estudió Letras Hispánicas en la UAM-I. Actualmente es becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas.

One response to “La noche que llegamos sin maletas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s