«Esbozo de un autorretrato» y otras crónicas

Alejandra Durán


Esbozo de un autorretrato

Hoy sé que me gustan los gatos. No pude descubrirlo antes porque a mamá le asustaban y me convenció fehacientemente de que a mí también. Soy floja, eso lo he confirmado en días recientes después de un año de disfrutar los placeres pecaminosos de no hacer nada. Soy torpe en las cosas de la vida, todas esas que la escuela no te enseña: ahorrar, administrar, tener una plática madura, tomar decisiones, saber decir que no o que sí, hablar de lo que sientes.
Quisiera no ser profesora. Me gusta mucho más aprender que enseñar. Aunque lo intento, me falta paciencia y, la verdad, vocación. No me gusta ver a los ojos ni sentirme observada. Me estreso todo el tiempo. He ido entrenando a mi memoria para que olvide detalles que me lastiman, lo malo es que cuando están superados, por más que quiera rescatar alguna información para cierto fin, ya no está.
Creo que tendré Alzheimer, esta enfermedad ha estado presente en mi familia materna desde hace unos años y es algo que aseguro que va a sucederme. Me da miedo que en esa etapa de mi vida lo único que recuerde sean esas cosas lastimosas que “he olvidado”. La mente es cruel. No me gusta verme al espejo en las noches porque le temo a la oscuridad y a estar sola en hoteles o casas desconocidas. Tampoco soy fan de observar mi reflejo de día, pues cuando lo llego a hacer y me gusto, me choca que una selfie no lo respalde.
Sigo siendo insegura, ahora de cosas nuevas. Siento que no he disfrutado mis años jóvenes, de veinteañera, y que ahora que empiezan a irse lo hacen muy rápido sin darme tiempo para sentirme sexy ni jacarandosa una sola vez. Creo que simplemente no será.


Cavilaciones a futuro

Hace un tiempo que dejé de llorar por todas partes. Fui aprendiendo a administrar paulatinamente las lágrimas evitando que se dejaran llevar por la tentación más insignificante. Me hubiera gustado perseguir las que había derramado, meterlas en un frasco de color pastel y olvidarlas en el refri para descubrirlas años más tarde en el fondo y regar con ellas las plantas que vendrían después.
      Sentí que había salido de un encierro en el que las palabras de madre habían retumbado por meses haciéndome creer que deseaba cosas que no quería y que debía ser de una forma que yo no deseaba. No obstante, en esa experiencia supe que el morir temporalmente de amor sí es de familia y se transfiere de formas que no pretendo descifrar.
      Tras 20 años de no verse, Carmelita y su esposo se habían reencontrado en el velorio de S. Mi madre no los dejó hablarse. Carmelita se quedó llorando más por ese encuentro frustrado que por la muerte de su cuñada. Se guardó todo el llanto para contarme lo acontecido tres días después. Al estar ahí, escuchando su relato, pude ver sus lágrimas y gestos al recordar a su primer y único amor. Me reconocí. Me estaba viendo. Fue como viajar al futuro y mirarme allí con sesenta años encima contándole a alguien la historia de mi corazón herido, ese que ni el tiempo ni el llanto pudieron sanar. Me di cuenta de que éramos iguales y que probablemente la intensidad de la partida no tiene cura ni disminuye con los años. Sigo invadida del terror.


Da la vuelta y vámonos…

Es otra de esas tardes en que no quisieron jugar contigo. A lo lejos distingues la música que suena en la consola de la abuela. Boleros, por supuesto. Ella canturrea metida en la cocina. Hace calor. Observas el piso amarillento de la casa, te gusta porque tiene esas manchitas de colores que parecen pequeñas basuritas eternas. Sobre éstas, los zapatos negros que no te gustan. Tienen ese cuero que atraviesa el empeine y que no deja lucir las calcetas blancas que estrenas. Te dejaron ponerte el vestido rosa. Te diviertes al pensar en el misterio que encierra su telilla transparente. Es fabuloso cómo deja ver aquellas flores de campos lejanos que esperas conocer algún día. Te sientes bien. Ya casi aprendiste a hacerte el moño tu sola, haz mejorado considerablemente.
      Lo que no te tiene muy contenta es el peinado. Odias las trenzas. Quisieras poder andar todo el día con el cabello suelto, chino, más corto o con los peinados sofisticados de liguitas que le has visto a las niñas de tu clase. Pero aquí eso está mal. Te han dicho que largo se ve bonito, que trenzado es lo mejor porque de lo contrario, se cortará tu cabello, enredará y la orzuela se apoderará de él irremediablemente.
      Tal parece que por ahora no hay nada qué hacer. Te sientas en el sillón a leer una vez más esa historia del chico que se siente solo. Si fuera real, seguro que podrían ser amigos.


Carta de otoño a S.

Hasta ahora no he podido hablarle de ti, mucho menos de las tardes que pasamos juntas. ¿Enseñarle fotos? Bah… E. prometió ser mi escucha confidente de los días en que habité tus calles. Sin embargo, olvidó que destinaría unos minutos para esos relatos sobre ti. Perdóname. Si el momento se diera, ten por seguro que le hablaría con detalle de la imagen que conservo de tu cuerpo. Sí, es justamente esa, la que más me gustaba y que quisiste enseñarme.
      Recuerdo cómo te extendías bajo ese cielo nublado cuya llovizna me hacía contemplarte desde unos ojos a medio cerrar. Recordándote me veo metida nuevamente en esas botas cafés jeep que me llevaron por tantos rumbos desconocidos aquellos meses. Volver a tu tiempo es eso, habitar el recuerdo desde dos botas cafés, desde un calzado que pisó, anduvo, se maltrató, mojó y terminó roto, listo para morir en un contenedor de basura.
      Volver a tu imagen me hacer sentir acogida, desde la distancia, por tus monumentos de color café viejo que siempre me hacían pensar en cómo lucías hace unos 800 años. Seguro desde ahí ya eras fabulosa. Pensar en ti y en el sabor que tu viento dejó sobre mi piel me inyecta nostalgia, pero, lo confieso, también ganas de volver a verte. Quizá esta vez pueda caminarte sin llorar a cada paso, sin fotografiar cada uno de tus detalles, simplemente vivirte a plenitud sin sentirme diferente por ser morena y baja. A lo mejor vuelva un día y confíe en mi lengua, en el idioma aprendido siglos atrás por hombres que seguramente algún tiempo te habitaron. ¿Te imaginas? Espero verlo.


Alejandra Durán (Puebla, México, 1992)
Es Técnico en Música, licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica y Maestra en Literatura Hispanoamericana por la Benemérita Universidad de Puebla. Actualmente se dedica a la difusión de la LIJ y a la gestión de proyectos musicales relacionados con el bolero y la música tradicional mexicana.

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