La nariz roja
El cuento de Jonathan Pérez Juárez registra sin misericordia la ambivalencia primordial de la vida, cifrada en los últimos instantes de una historia de amor.
Los invitamos a compartir este juego de emociones que, como toda gran historia, reserva su mayor intensidad para el final.
Jonathan Pérez Juárez
¿Cuál es el colmo de un payaso? Casarse con alguien con depresión.
Me aferro a contar chistes hasta que caigo en cuenta de que me falta la nariz roja de Isaac. Reviso la caja que llevo en brazos y no la encuentro, debió resbalar en algún punto al bajar la escalera. Subo de nuevo por ella, y aunque mis rodillas truenan en cada escalón, prefiero enfocarme en esta molestia de huesos que en el dolor que me traerá su muerte. Por alguna razón la pena no llega, como si yo fuera una vacacionista que, sentada en la orilla de la playa, espera la llegada de un huracán.
Sé que es una tontería hacer este viaje de nuevo por un accesorio de plástico, pero la depresión no me dejará levantar de la cama si dejo algo suyo a la vista. Por eso saqué sus cosas del cuarto, sus pelucas multicolores, libros, zapatos enormes, pinturas, las metí en cajas y las dejé en el patio del primer piso, donde no las pudiera ver. Nunca imaginé pasar así las bodas de oro, guardando cada rastro de su existencia en pequeños cubos de cartón.
Eran las diez de la mañana cuando me llamaron del hospital. Él llevaba unos cuantos días internado, y pensé que la llamada era para decirme que lo daban de alta, pero me dijeron que horas antes tuvo complicaciones cardiorrespiratorias y había muerto. No fui a reclamar el cuerpo, no llamé a nadie, no lloré. Lo único que pude hacer fue recoger sus cosas.
Estar casada con un payaso tiene sus ventajas y sus desventajas. Al inicio me dijo muy romántico que no me asustara, pero que su mirada era para mí. Acto seguido, se quitó un ojo de cristal y me lo dio. Le pregunté cómo lo había perdido y me contó que tuvo una pelea callejera. En el camión, en la fila del mercado, en cualquier lugar y en cualquier situación, aprovechaba para sacarse una broma de quién sabe dónde. Me hizo reír incluso en los días en los que las sábanas se volvían un pantano que amenazaba con tragarme.
Me detengo luego de varios escalones para recuperar el aliento y, mientras tanto, observo las paredes donde cuelgan los cuadros con el dibujo de la lata de sopa Campbell. No estoy segura de poder deshacerme de las decoraciones que adornan nuestra casa. Si los muros blancos y vacíos combinaban con mi sentir, para él eran un reto. Por más que me parezca rara, aprendí a tomarle cariño a la pintura de Perros jugando Póker de la cocina. Ahora que lo pienso, aprecio ese cuadro por dejarme contemplar el mundo desde el ojo de Isaac.
Dentro de la caja también están sus solicitudes de empleo. Él practicó la actuación por su cuenta, soñaba con montar sus propios guiones. Gracias a la falta de estudios ni siquiera le dieron el puesto de maestro de teatro. Incluso intentó entrar al Circo Rolex pero no lo contrataron. Aunque animar fiestas no era el trabajo más elegante, dejaba algo de dinero.

Retomo mis pasos y vuelvo a subir la escalera. Nos conocimos cuando remendé su vestuario. Era muy guapo sin maquillaje, pero con peluca tenía su encanto. Nos vimos por varios meses, compartió conmigo sus lecturas de Emilio Carballido y Alejandro Casona, me contagió su amor por los libros, tanto que comencé a leer los poemas de Rosario Castellanos por mi cuenta. Se le hizo difícil sacarme una risa al principio. Más tarde dijo que eso fue lo que le atrajo de mí. Confesó que tenía miedo de que lo rechazara por su empleo.
Entrelazar nuestros dedos me daba inseguridad por mis nudillos maltratados de costurera. Una vez se lo hice saber y desde entonces me besó las manos a diario. Luego de tres años de noviazgo nos casamos. Nunca tuvimos hijos porque él se había hecho la vasectomía luego de perder una apuesta en una partida de cartas. Yo dejé de ser costurera independiente y conseguí trabajo en una fábrica de sillas de ruedas donde cosía las fundas de los asientos. Ahí logré sacar mi casa con los puntos del Infonavit.
Él, por otro lado, vendía tan bien su personaje que a ratos parecía amar su profesión. Siempre aspiró a más pero nunca estuvo bajo ningún reflector deslumbrante. Cuando llegábamos a la casa, él de los cumpleaños y yo de la fábrica, contábamos cómo nos había ido. Una vez a Isaac lo abofeteó un niño y le tiró el ojo del cristal al piso. En otra ocasión la máquina de coser me atravesó la uña hasta la yema del dedo. Compartir el agotamiento era casi un consuelo. Si de algo me arrepiento es del “juego” que teníamos.
—Leticia, un día de estos se me detendrá el corazón en plena calle —profetizaba él.
—Nomás no caigas en lodo, que cuesta quitar esas manchas de la ropa.
Semanas después yo pronosticaba:
—A lo mejor me da una embolia mientras preparo el café.
—No te olvides de cerrar la llave del gas antes, chaparra.
Para un extraño, esta forma de hablar podría parecer macabra, pero ambos estábamos conscientes de que no nos haríamos más jóvenes. La mejor forma de reconciliarnos con la muerte fue hablarle de tú a tú, siempre con humor. Ahora me pregunto si nuestras palabras no invitaron a la desgracia a comer con nosotros en la mesa, pues no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir.
Desde hace varios meses él no encontraba trabajo ya que los empleadores daban prioridad a los más jóvenes. Dejó de comer y la tristeza hizo un nido en su pecho. Al poco tiempo le dio neumonía, por lo que fue mi turno de hacerlo sentir mejor. Me ocupé de hacer tés y llevarle pastillas a deshoras en la madrugada. Le agradezco a mi depresión por hacer tregua y dejarme estar ahí para él. Como su tos no mejoraba, tuve que pedir una ambulancia. Cuando lo llevaron al hospital temí que “un día de esos” fuera, precisamente, aquel día.
Qué más quisiera yo que se tratara de una broma. Tengo miedo de caer en este abismo que cargo a todos lados ahora que estoy sola. Como costurera arreglé miles de prendas, pero me fue imposible hilvanar los retazos de mi alma. Estaba confeccionada de manera torpe, como si su único fin fuera el de ser deshechada.
Me doy cuenta de que llegué casi al final de la escalera. Un chiflido resuena dentro de mis oídos, es la llegada del huracán. Miro hacia abajo con la piel chinita por el vértigo. Isaac pintaba mi mundo con tantos colores, sin él veré solo en escala de grises, prefiero quedarme ciega de una vez, antes de que la luz se apague poco a poco.
Sin querer se me escapa una risa por una imagen que salta en mi mente, la de una carcamana igual a mí con su dentadura por los aires al caer de la escalera. Eso me enseñó él, a convertir las tragedias en comedias. Nunca seré la misma sin Isaac, pero él no hubiera querido que el destino se burlara de mí, no se trataba de negar sus chistes, sino de reírme con él. Y lo iba a lograr, una carcajada a la vez.
Noto algo, lo que tanto estaba buscando. Subo los escalones que me faltan. La tomo con el brazo que tengo libre y la miro un momento. Aprieto la nariz contra mi pecho. Lo hago con tanta fuerza que resbala de mi mano. En mi intento por atraparla suelto la caja y se vuelca lo que hay en su interior, no puedo aferrarme al barandal así que ruedo por las escaleras hasta que todo se ilumina en los segundos de vida que tiene un relámpago.
*
Al volver a abrir los ojos me doy cuenta de que estoy en el suelo, al pie del primer escalón, donde comencé. Escucho la puerta abrirse y veo su silueta.
—Isaac, ¿eres tú? Creo que acabo de morirme pero hice un desastre.
La nariz rueda hasta sus pies. Él la toma, se la pone, y me ayuda a levantarme del piso. Me besa las manos.
—No te preocupes, chaparra. Tenemos todo el tiempo del mundo para limpiarlo.

Jonathan Pérez Juárez
(1999, Tijuana).
Licenciado en Lengua y Literatura de Hispanoamérica por la UABC. Fue alumno del diplomado de Escritura Creativa de la UNAM. Asistió a la Master Class de Narrativa de Alberto Chimal en la residencia de escritura Under The Volcano en Tepoztlán. Colabora en diversas plataformas como Casapaís, Círculo de Poesía, Punto de Partida, Armas y Letras, Este País y Gaceta Queer. Escribió el guión del cortometraje ‘Juguetes para niñes’, seleccionado en el Festival Internacional Los Video Nasties. Participó en el XI Encuentro de Narrativa Breve “Edmundo Valadés”. Se desempeña como periodista.
