Resonancias

Lo poemas que compartimos a continuación apuestan por una oscuridad vivificante. Su lenguaje, más que mostrar, sugiere mediante la plasticidad y el ritmo de cada palabra, en un juego que roza el erotismo y la contemplación religiosa por igual.

Dannya Ayala


Volverá entonces el polvo a la tierra, como antes fue, 

y el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio.

Eclesiastés 12:6-7


I

Quiero nombrar el silencio en medio de esta afonía,

tantas veces deseé desanudar mi garganta, pero el hilo de plata ya estaba roto y el cuenco de oro quebrado,

afonía causada por la ausencia que he aprendido a predecir, como si pisara las huellas que antes dejé en esta misma vida.

“Acuérdate de tu creador”, dijeron.

Una vez leí que se enciende un cirio cuando bailas en la lengua del diablo. Ardió.

Acuérdate de tu creador, y con él nombra el silencio.

El hilo de plata ya está roto, y el cuenco de oro quebrado.

Entonces comprendí: ante lo inminente elegimos deliberadamente juntar las palmas y rezar.


II 

La persecución inicia siempre en la punta de las lenguas,  baja en espiral entre los ecos de las voces, entre susurros silenciados con miradas.

Como presas surcamos los caminos del azar. Nos entrelazamos, guiados por el tacto y la respiración. Volvimos nuestros cuerpos dos bestias que buscan el silencio, pero no fue suficiente y creamos un lenguaje parecido al de los ciegos.

Mi cuerpo. 

Si esto tampoco es suficiente, entonces toma mi voz, conviértela en ave, hazla semilla y siémbrala en el prado que se pinta de rojo cuando pretendo silenciarme.

Quiébrala, espárcela entre las hojas de papel que acompañan las mañanas compartidas con ella, o con él, o conmigo.

Aquí estoy, no me calles. 

Aquí estoy.


III

Mi abuela me enseñó: los templos se pisan con certeza para asegurar que las plegarias son escuchadas.

He llenado tu suelo con mis lágrimas. Arrodillada canté y esperé, y esperé. Esperé.


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