Plexuspace
El proceso creativo desata en Emmanuel Vizcaya todo un mundo de posibilidades que se transforman mediante la escritura. En esta crónica de tono ensayístico asistimos a algunas de las maravillas de esa transformación.
Emmanuel Vizcaya
Iztapalapa, madrugada de julio del 2009, tengo 20 años y todavía no estoy loco. En mis constantes esfuerzos por sentirme escritor, llevo siete obsesivas noches escribiendo y reescribiendo un cuento que no logro acabar. El final está trunco. Llevo también varias semanas durmiendo poco, estresado por las entregas de la universidad, tomando diariamente un litro de café y un litro de coca cola con escasas comidas. En este momento son las 3 a. m. y tengo horas pegado a la computadora. Releer las apenas tres páginas de extensión que casi me sé de memoria ya me provoca dolor de cabeza.
La historia del cuento tal vez es plana, pero quiero confiar en ella: un día, un tipo anónimo sale de casa para dar un paseo y, antes de llegar a media calle, repentinamente su cuerpo se hincha, desgarra su ropa, se vuelve redondo y se convierte en un ojo gigantesco que despega a gran velocidad hacia el espacio; desde allá, el tipo, acostumbrándose con rapidez a su nueva condición, disfruta viendo y espiando todo cuanto puede ver y espiar a través de sus nuevos “superpoderes”; entonces, en tres o cuatro párrafos reflexiona sobre las criaturas terrenas y lo que siente al respecto.
Y ya. De eso se trata. El final está complicado.
Mi taza de café lleva horas vacía aunque sigo haciendo el gesto automático de dar el último trago como un tic nervioso. Para entonces aún vivo en casa de mis padres y su hora de dormir comienza antes de la medianoche. Los ronquidos de mi padre siempre me han perturbado y en esta situación de bloqueo creativo parece que me miden el tiempo como un reloj de aire que atraganta sus fuelles.
No puedo más. Apago la computadora y voy hacia la cocina por un vaso de agua. El refrigerador chirría bajo la luz amarillenta. El agua sabe enrarecida, el ambiente se percibe enrarecido. Regreso al cuarto y me meto a la cama. Cierro los ojos por trámite porque sé que el sueño tardará en llegar. La noche es insoportable: dentro de mis ojos cerrados sigo viendo el monitor encendido; sigo viendo al tipo que se hincha y desgarra su ropa para elevarse; sigo viendo al gran ojo que nos mira a todos desde arriba. Pero de pronto, algo adentro de mi pecho se rompe como de un cristalazo y derrama una sustancia helada por todas mis entrañas. Abro los ojos de golpe. El líquido está congelando mis músculos con una velocidad increíble. Me levanto a tropezones, tambaleante, exhalando el hielo.
Voy a la cocina atravesando el pasillo giratorio. Busco el vaso de agua que dejé a la mitad pero el vaso ya no está, en su lugar hay un objeto cilíndrico que no reconozco y que no se parece a nada que haya visto antes. El refrigerador tampoco hace su peculiar sonido, sino que es sustituido por un aparato igual de extraño que emite vibraciones ininteligibles. Todos los elementos de la cocina que cuelgan de las paredes me parecen amenazantes. Los ronquidos de mi padre ya no son los de mi padre, ahora son de una criatura con las vías respiratorias obstruidas, luchando por llevar oxígeno a sus células. Desconozco las características humanas de mi padre. No puedo comprender nada. Apenas puedo mantenerme en pie.
Atravieso la sala a oscuras y hago un esfuerzo por asomarme a la ventana. Siento que en cualquier momento voy a hincharme, a desgarrar mi ropa y a subir sin frenos al espacio. Este miedo es terrible. A través del cristal veo la calle vacía y luce distinta, no solitaria, más bien desolada. Siento que me separo del mundo y que mis pies vacilan entre el suelo y el aire y que en cualquier momento me convertiré para siempre en algo irreconocible.

Es entonces que miro una de las plantas del patio y, de alguna forma que no entiendo, eso me contiene unos segundos. Me quedo hipnotizado mirando su estructura, la forma de las hojas, la simetría de sus tejidos y creo que eso es lo único que logro comprender un poco. No sé cuál es el mensaje, si acaso hubiera alguno, pero siento que la planta me habla; la simple sensación de que puedo captar algo, asir algo con la mente en medio del caos, tranquiliza mi respiración. Pienso en la belleza, sólo en la belleza de la planta, su geometría, su configuración natural, su afortunada presencia.
El calor vuelve poco a poco a mi cuerpo y mis músculos empiezan a descongelarse. Quizá han transcurrido sólo unos diez minutos desde que dejé la cama pero a mí me saben a horas. Pasa algo: si dejo de mirar la planta, si le quito los ojos de encima, el frío y la sensación etérea vuelven como un látigo, así que mejor me quedo ahí un buen rato. No sé en qué momento otra criatura desconocida, que supongo es mi madre, se levanta al baño y me encuentra descalzo, absorto frente a la ventana. Me pregunta si me pasa algo pero no respondo. Como su somnolencia es más profunda que sus ganas de insistir, se va y me deja en paz, lívido y volátil. Siento que todavía no puedo pensar ni moverme con libertad y me quedo parado hasta el amanecer.
Como es de esperarse, toda la mañana y la tarde siguientes las paso fatal por la falta de sueño y por los recurrentes episodios de angustia que me provoca recordar la madrugada, como flashes. Así pasan quince días espantosos, de constante temor y taquicardias por enloquecer, por convertirme en algo alucinante como el personaje de mi cuento mediocre con el que estoy a todas luces obsesionado. Mis padres insisten en hacerme revisar por un médico, impulsados por su obvia consternación, y el diagnóstico arroja que acabo de inaugurarme en mi trastorno de ansiedad generalizada, manifestado en crisis de angustia, auspiciadas en esa ocasión por preguntas que no tienen respuesta. Casual, nada que no hubiera sentido alguien a los 20 años; nada que no pudiera detonarse a estas alturas; nada para alborotarse de más. Albricias.
A todo efecto, el dichoso cuento sólo fue un detonador, un pretexto para obsesionarme, para preguntarme por el futuro, para ponerme a prueba, para desear saberlo todo, para vencer las incertidumbres. Entonces caigo en cuenta de lo absurdo y altamente pretencioso que resulta creer que lograré (lograremos) saber de qué manera acabarán las cosas, que tengo (tenemos) una influencia indiscutible sobre ellas, o que venceré (venceremos) ante la indeterminación de la vida. Cuando decido volver a la computadora semanas más tarde, después de muchos replanteos, las tres páginas a interlineado sencillo del cuento se reducen a media cuartilla, a sólo lo necesario, a la pregunta nuclear y primigenia, y así por fin puedo acabarlo.
Aproximarnos a cualquier final es aproximarnos más a la incertidumbre de lo que viene que a la certidumbre de lo que fue. ¿Cómo empezar algo, cómo enfrentarlo? ¿Cómo terminar, cómo saber que llegó el momento? ¿Cómo saber lo que vendrá después? Son las clásicas preguntas que podrían reventar el frasco de nitrógeno del pecho. Tal vez lo mejor sea sólo pensar en el ejemplo de aquella planta, en la belleza en general, en el proceso de construcción y destrucción de las cosas. El mismo fundamento que articula un árbol, articula un rostro, articula un lenguaje, articula un texto: unidad sobre unidad, partícula sobre partícula, nada sobre nada. Pensar en eso que nos aterrice para evitar lanzarnos al vacío. Como dice Raúl Zurita dolorosamente, saber que “la vida es hermosa, incluso ahora”. Hasta el día de hoy, ese anclaje en el mundo me sostiene de un hilo de acero.
Emmanuel Vizcaya
(Ciudad de México, 1989)
Ensayista, narrador y poeta. Su obra suele explorar temas como la tecnología, los mundos alternos, la transformación del lenguaje y la ficción especulativa. Destacan en sus publicaciones la trilogía poética NEO/GN/SYS (Proyecto Literal / Mantarraya Ediciones, 2014), el libro de narrativa breve Aerovitrales (Cuadrivio, 2015), el cuaderno de sueños Cielo de radares (Herring Publishers, 2020), el poemario Los Zentros (Sindicato Sentimental, 2022) y en España el compilado La memoria de los meteoros (Medusa Books, 2022). Fue uno de los fundadores de la revista digital [Radiador] Magazine. Con frecuencia imparte talleres de escritura creativa y produce ROTTTOR, un proyecto de experimentación sonora y música electrónica. Actualmente es beneficiario del programa «Jóvenes Creadores 2024-2025» del SACPC en la especialidad de Ensayo Creativo.

